El padre Juan Carlos Vasconez es sacerdote, exempresario y profesor de Moral en el seminario de Guayaquil, con una trayectoria marcada por el diálogo entre fe, cultura y vida profesional. Su experiencia previa en el mundo empresarial y su labor formativa le permiten ofrecer una mirada cercana y realista sobre los grandes desafíos espirituales y humanos de nuestro tiempo.
En esta entrevista en exclusiva con Iglesia Noticias, reflexiona sobre el discernimiento vocacional, la centralidad de la oración en la vida cristiana, la amabilidad como virtud transformadora y el diálogo con quienes piensan distinto sin perder la identidad. También aborda el compromiso en el matrimonio y la vocación, la integración de la fe en la vida profesional, los retos éticos actuales en torno a la cultura de la vida y las oportunidades que ofrece el mundo digital y las comunidades cristianas para acercar a las personas a Dios.
Padre, usted tuvo una trayectoria profesional exitosa como empresario antes del sacerdocio. ¿Cómo fue el proceso de dejar todo eso atrás para seguir la llamada de Dios?
Soy miembro del Opus Dei desde que tengo 16 años, por lo que ya vivía el celibato desde muy temprano y, en ese sentido, no supuso un cambio radical. Mi trayectoria profesional estuvo siempre ligada a lo que había hecho primero en la universidad, con mis compañeros de pupitre, con quienes comenzamos una empresa que empezó a tener bastante alcance. Fuimos creciendo mucho, llegamos a tener alrededor de 100 empleados, y eso hace que la perspectiva de “brillar” en el mundo profesional resulte siempre muy atractiva.
Cuando llegó el momento de plantearme el sacerdocio, pesaba el hecho de haber construido muchas cosas. Sin embargo, la pregunta correcta no era tanto qué dejaba, sino a quién escogía. Por eso nunca lo viví como un desprendimiento, ya había escogido antes, y volver a escoger es siempre algo bueno. De hecho, es muy propio del cristianismo volver a escoger a Cristo una y otra vez a lo largo de la vida.
¿Qué consejo daría a quienes quieren profundizar su vida espiritual pero no saben por dónde empezar?
Creo que el punto central de la vida espiritual es la oración. Solo cuando una persona tiene un contacto real con Dios, cuando se pone delante de Él y le dice con verdad: “Creo firmemente que estás aquí, que me ves y que me oyes”, comienza todo. Esa actitud de adoración, reconocerse criatura delante del Creador, puede darse ante el Santísimo, en la acción de gracias después de la Misa, durante un retiro o en unos ejercicios espirituales.
La experiencia de fondo es siempre la oración. Cuando existe esa experiencia, el alma crece, cuando falta, la vida espiritual se vuelve muy superficial. Yo diría que la oración es el “001” de la clase inicial, los “basics” necesarios para poder tener una vida interior un poco más profunda.
Usted habla con frecuencia de la amabilidad. ¿Qué fuerza transformadora tiene esta virtud y cómo puede cambiar la vida de las personas hoy?
Me parece que esta es una de las grandes pérdidas de la modernidad. Todos somos tolerantes, pero poco amables. El cristiano tiene que aprender a ser amable, es decir, a ser fácil de amar. No solo por no ser violento, sino porque se preocupa realmente por el otro.
Solo se ama aquello que procura un bien, y un bien profundo. Ese es el centro de la amabilidad que yo predico: querer de verdad el bien del otro. Y uno quiere el bien del otro porque Cristo quiere el bien del otro, entonces eso me lleva a hacer lo mismo. Sin ese paso, todo queda como algo falso, externo, pura apariencia. En cambio, cuando el centro de la amabilidad es Cristo que ama a los demás, todo adquiere mucho más sentido y mucha más fuerza.
¿Cómo dialogar con quienes piensan distinto sin perder la propia identidad?
Me parece fundamental el diálogo, pero para dialogar primero hay que conocer las categorías del otro. Hace unos días estaba viendo Stranger Things, la quinta temporada, y en mi casa alguno me decía: “¿Qué estás viendo?”. Más allá de que me guste o no, si quiero dialogar con las personas del mundo actual tengo que ver la serie. Si no compartimos categorías, no podemos compartir nada.
Si uno se aísla, no puede hablar ni tender puentes. Por eso, lo primero es estar en la misma sintonía, acudir a las mismas fuentes, para poder poner ejemplos y mirarse a los ojos diciendo: “Ah, tú también la viste”. Eso une y permite conversar.
La identidad no se pierde cuando uno está convencido de la propia identidad. Volvemos a la importancia de la oración: si existe esa veracidad de ponerse delante de Dios, de abrirle el alma e intentar escucharle, aunque uno esté en ambientes difíciles o contrarios a la fe, las convicciones podrán verse probadas, pero nunca con una fuerza capaz de arrancarlas. Por eso, para todos los evangelizadores, la oración es fundamental.
¿Cómo pueden las comunidades cristianas ser un verdadero espacio de acogida?
Aquí tenemos una iniciativa en la Iglesia de San Josemaría que se llama el podcast La Plena. Fue muy interesante porque empezamos preguntando a los chicos qué querían hacer para atraer a otros jóvenes, y surgió la idea de un podcast en vivo. “Decir la plena” significa decir la verdad.
Comenzamos siendo 22, y en la última reunión del martes pasado asistieron más de 120 chicos. ¿Por qué funciona? Porque lo primero es preguntarles qué les interesa, y lo segundo es darles espacio. Esta actividad la manejan ellos. Es verdad que entre esos 22 iniciales estaban los más piadosos y apostólicos, pero cuando son ellos quienes hacen las cosas, funciona.
Si lo hubiera hecho yo, no habría sido así ni habría tenido ni la cuarta parte del éxito. Los jóvenes atraen a los jóvenes. Un sacerdote mayor tiene pocas posibilidades de mover corazones jóvenes; para los jóvenes, se necesitan jóvenes.
¿Qué oportunidades ve en el mundo online para acercar a las personas a Dios?
Todas. Hay mucha gente buscando contenidos de calidad, y especialmente buscando alegría. Me he dado cuenta de que cuando el mensaje es acusador o negativo, la gente huye. En cambio, cuando lo que hay detrás es alegría, risas y cercanía, como debió ser Jesús, la respuesta es distinta.
En el Evangelio, Jesús pocas veces dice cosas duras; la mayoría de las veces cura, acompaña, llora con sus amigos, está con la gente. Eso es lo que debemos tener claro en el ámbito online: trabajar de forma que la gente se sienta identificada, cercana, y luego quiera profundizar.
Después viene la parte más estructural, esto funciona como un embudo. Primero atraes con un mensaje humano y empático, y luego los llevas por un camino de formación. En Hablar con Jesús estamos creando una plataforma con cursos sobre oración, Sagrada Escritura y explicación de la Misa, para que quienes se sientan atraídos puedan profundizar en su vida espiritual.
¿Cómo afrontar el miedo al compromiso, ya sea en el matrimonio, en la vocación o en decisiones de largo plazo?
Es una pregunta muy de fondo. A veces vivimos como si la vida durara eternamente, cuando en realidad pasa muy rápido. Vale la pena hacer compromisos de los que uno no quiera salir nunca, incluso cuando a veces tenga ganas de hacerlo.
Hay que predicar mucho más sobre esto. En mi iglesia, por ejemplo, si viene una chica de 25 años a casarse, yo personalmente la acompaño, sin obligarla a largos cursos grupales, para formar bien a la pareja. Dentro del grupo de La Plena también buscamos que surjan matrimonios, que se descubra la vocación a la entrega en un ambiente de alegría.
También hay vocaciones al celibato: tengo una chica que pertenece al orden de las vírgenes aquí en Guayaquil, vive su consagración con alegría, toca la guitarra y adora al Señor. Hay muchos carismas en la Iglesia, y lo importante es que cada uno descubra su camino y vea que vale la pena. Para eso hacen falta acompañamiento y un ambiente adecuado.
¿Qué significa integrar la fe en la vida profesional y no dejarla solo para el domingo?
La fe tiene que estar en todas partes. Tengo un chico que trabaja en una gran empresa internacional de logística y que, al sentarse a trabajar, pone un crucifijo al lado de la computadora. Otro compañero, que se consideraba más religioso, se sorprendió al verlo, porque él nunca manifestaba su fe por vergüenza.
Manifestar la fe puede ser disruptivo, dependiendo del ambiente, pero no es algo de lo que tengamos que avergonzarnos. Al contrario, nos da una identidad más fuerte. Tenemos que ayudar a que la gente esté segura de lo suyo, que lo viva con alegría. Cuando uno vive así su fe, provoca una reacción positiva en quienes lo rodean.
¿Qué aporta la moral cristiana a la búsqueda humana de una vida buena, bella y verdadera?
Soy profesor de moral en el seminario de Guayaquil y veo que necesitamos hablar más de moralidad, de lo que está bien y de lo que está mal. En un ambiente hipersexualizado, muchas personas incorporan conductas que son pecados sin tener una conciencia clara de ello.
Hay que hablar con claridad: la pornografía es pecado, la masturbación es pecado, el abuso del alcohol, el comer en exceso, no ayudar al prójimo… Cuando uno sabe que algo está mal, puede esforzarse por hacer el bien. Si dejamos de hablar de estas cosas por miedo a perder gente, dejamos un campo enorme para que el enemigo siembre. Hay que hablar con buena doctrina, con caridad, pero también con audacia.
¿Qué crisis o desafíos éticos identifica hoy en la sociedad?
La mayoría están relacionados con la cultura de la vida: la eutanasia, el aborto… Son realidades muy duras. Tenemos iniciativas de acompañamiento a mujeres que quieren abortar, seguimiento personal y ayuda concreta. También trabajamos en el ámbito legal, especialmente en libertad de conciencia y objeción de conciencia.
Todo esto tiene que ver con la vida y la dignidad humana, que hoy están muy atacadas. Por eso es necesario profundizar en los conceptos y formar laicos profesionales capaces de dar esta batalla de forma constante, veraz y bien fundada, frente a la cultura del descarte.
Para terminar, ¿qué mensaje final quiere dejar a quienes nos leen?
Que no tengan miedo. No tengan miedo de salir, de hablar, de decir. Ustedes no tuvieron miedo de empezar este nuevo medio de comunicación como un servicio a la Iglesia. Si queremos hacer lo que Cristo nos pide, no hay que tener miedo: hay que estar disponibles para que el Reino de Dios se haga presente.
