El Palacio de Vistalegre reunió a unas 6.000 personas, en su mayoría jóvenes, en «El Despertar», una cita que se salió de lo previsible. No fue un concierto al uso ni un acto político: la tarde avanzó entre momentos de silencio y reflexión, un bloque de conversación con distintas voces públicas y un cierre más festivo con música.
La propuesta se planteó como una experiencia por etapas. Primero, una invitación a parar y mirar hacia dentro; después, un espacio para hablar —y discrepar— sobre cuestiones que atraviesan a muchos jóvenes; y, ya al final, un tramo más ligero para cerrar la jornada en clave de convivencia.
El inicio puso el acento en la interioridad, con la intervención de Jacques Philippe. La organización enmarcó ese primer bloque con una idea guía: “Redescubrir el poder del silencio y el universo que llevamos dentro”.
En esa misma línea, se pidió apagar el móvil, una consigna sencilla pero significativa en un tiempo de pantallas. El gesto pretendía favorecer un clima de atención y recogimiento, como un paréntesis frente al ruido constante y la sensación de ir siempre con prisa.
Jacques Philippe dejó una advertencia sobre la forma en que se usa la distracción: “Está bien la diversión, y están bien las distracciones, a condición de no mantenernos siempre en esa actitud porque huimos de las cuestiones esenciales, porque rehuimos del contacto con nosotros mismos”. Y añadió una afirmación central en su intervención: el silencio “es el fundamento de la revelación”.
Tras esa primera parte, el acto giró hacia el diálogo, con la participación de Juan Manuel de Prada, Jano García, Juan Soto Ivars, René ZZ, Izanami Martínez, Antonini de Jiménez y Ana Iris Simón, entre otros. El formato buscó reunir miradas distintas para abordar asuntos de la vida pública y privada sin quedarse en consignas rápidas.
En ese bloque, Ana Iris Simón defendió la comunidad como “espacio ajeno al Estado que nos pertenece” y subrayó la necesidad de “valorar lo que nos ha sido dado en lugar de lo que hemos elegido”. Juan Soto Ivars lanzó una frase contundente al asegurar que la única distinción relevante separa a “buena gente e hijos de puta”, mientras que Jano García llamó a “abandonar el nihilismo” y a “volver a los valores cristianos”.
La conversación también tocó la precariedad y el horizonte laboral, con referencias a la transformación tecnológica. En ese punto, Juan Manuel de Prada advirtió: “nos quieren convertir en máquinas con pensamiento homogéneo, que les demos la razón como hace la IA cuando le repreguntas y que no nos emocionemos”. Y remató con un matiz sobre lo que, a su juicio, no puede delegarse en la tecnología: “las máquinas no pueden enamorarse, tener hijos, o defender ideas”.
El cierre llegó con música y un ambiente más distendido. Después de varias horas de intervenciones y conversación, el final mantuvo la lógica del conjunto: alternar reflexión y encuentro, como una forma de recuperar, al menos por unas horas, la experiencia compartida de estar juntos y escuchar sin prisas.
