
El nuncio apostólico ante la ONU aborda la urgencia de la dignidad humana como antídoto contra el racismo y las divisiones nacionalistas.
El 28 de septiembre de 2026, en una reunión de la Organización de las Naciones Unidas, el arzobispo Christophe-Zakhia El-Kassis, nuncio apostólico y Observador Permanente de la Santa Sede ante las Naciones Unidas, tomó la palabra para abordar el racismo y la discriminación racial. En su intervención, subrayó que la «dignidad dada por Dios a la persona humana es fundamental para construir una verdadera comunidad internacional donde se pueda alcanzar el bien común universal».
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El-Kassis abrió su discurso reconociendo una tensión de fondo en el orden internacional. Existe, dijo, una «aspiración hacia la unidad de la familia humana», pero esa aspiración no ha cuajado en la práctica. El motivo es preciso: hay fuerzas ideológicas que actúan en sentido contrario.
El nuncio las nombró sin rodeos: «ideologías materialistas y nacionalistas que contradicen los valores inherentes a la persona humana». El materialismo niega la trascendencia y tiende a reducir a la persona a mero factor económico; el nacionalismo cerrado levanta fronteras que quiebran la comunidad humana universal. Ambas corrientes minan la base sobre la que podría edificarse una unidad real.
Con una formulación directa y sin matices, El-Kassis declaró que «cualquier teoría o forma de racismo y discriminación racial es moralmente inaceptable». No existen zonas grises ni circunstancias que pudieran justificarlo. La posición vaticana es categórica.
Esta afirmación va más allá de la condena retórica. Al calificar algo de moralmente inaceptable, la Iglesia sitúa el racismo en la categoría de pecado grave, de violación directa de la ley divina y del derecho natural. No es una opinión política: es enseñanza moral que brota de la teología de la creación, pues todos los seres humanos han sido creados a imagen y semejanza de Dios.
El argumento central de la intervención es de naturaleza teológico-política: la dignidad humana no es un invento secular, sino un don divino. «La dignidad dada por Dios» no es relativa, negociable ni depende de la nacionalidad, la raza o el estatus social. Es inherente, universal e inviolable.
De esa dignidad fundamental se derivan consecuencias concretas. Para construir «una verdadera comunidad internacional», es preciso reconocer que todos sus miembros poseen igual dignidad. El bien común universal solo es alcanzable si se acepta que el bien de cada persona es inseparable del bien de la humanidad entera.
El-Kassis pidió a los países un ejercicio de reflexión colectiva. La exhortación tiene dos tiempos: primero, asumir la necesidad de «superar divisiones»; segundo, «trabajar juntos para construir un futuro más justo e inclusivo».
No es una propuesta ingenua de que las diferencias vayan a desaparecer. Es el reconocimiento de que las diferencias legítimas entre culturas, historias y sistemas políticos pueden coexistir dentro de un compromiso compartido por la dignidad de cada individuo. La unidad no exige uniformidad, sino acuerdo sobre los fundamentos.
El nuncio añadió que en ese futuro más justo se debe «respetar la dignidad de cada individuo sin distinción». La cláusula «sin distinción» rechaza toda jerarquía de dignidad. No hay personas de primera o de segunda categoría, ni dignidad para unos y negación para otros.
La intervención llega en un momento en que «la lucha contra el racismo y la promoción de la dignidad humana son temas de creciente relevancia». Movimientos sociales globales, instituciones internacionales y gobiernos debaten cómo responder a formas antiguas y nuevas de racismo sistémico. El asunto está lejos de ser marginal.
La Santa Sede se incorpora a ese debate no como observadora neutral, sino como actor moral con siglos de trayectoria en la defensa de la dignidad humana. Su presencia en la ONU expresa esa vocación de diálogo internacional en la que la Iglesia aporta una perspectiva ética enraizada en la teología y la tradición.
La intervención de El-Kassis se encuadra dentro de «los esfuerzos de la Santa Sede por promover el diálogo y la cooperación internacional en la defensa de los derechos humanos». No es una iniciativa aislada, sino expresión de una política vaticana coherente y sostenida en el tiempo.
Ese compromiso ha sido «reiterado en múltiples ocasiones por el Papa León XIV y otros líderes eclesiásticos». El Pontífice ha hablado en repetidas ocasiones sobre la dignidad humana, los derechos fundamentales y la necesidad de diálogo ante la violencia y la división. La voz del nuncio ante la ONU amplifica ese magisterio en un foro donde Estados y organismos internacionales pueden escuchar y actuar.
La conclusión implícita de El-Kassis apunta a algo que no admite negociación: la comunidad internacional debe hacer de la lucha contra el racismo y de la afirmación de la dignidad universal sus prioridades. No como cuestión accesoria, sino como el fundamento mismo del orden internacional.
La urgencia de esa exigencia nace de comprobar que las ideologías que niegan la dignidad universal siguen operando con fuerza. Mientras persistan el racismo, la discriminación estructural y el nacionalismo que fragmenta, la Iglesia mantendrá su voz profética para recordar que «cualquier forma de racismo es moralmente inaceptable» y que solo sobre el reconocimiento de una dignidad compartida puede edificarse el futuro que la humanidad necesita.
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