El Secretario de Estado estadounidense subraya la influencia decisiva de la fe católica en la formación histórica de su país.
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Marco Rubio, Secretario de Estado de Estados Unidos, pronunció un discurso de envergadura en el que enfatizó el papel fundamental de la fe católica en la identidad y trayectoria histórica del país. La intervención se produjo tras su encuentro con el Papa León XIV y en medio de crecientes denuncias sobre discriminación anticatólica en instituciones estadounidenses, entre ellas la Oficina Federal de Investigación.
Rubio participó por vía telemática en el simposio titulado “Dotados por su Creador: el Catolicismo, la Declaración de Independencia y el Experimento Americano a 250 años”, celebrado con motivo del semiquincentenario estadounidense. Durante su intervención, citó la encíclica Longinqua Oceani del Papa León XIII, en la que se sostiene que “todos los hombres inteligentes están de acuerdo en que América parece destinada a grandes cosas”.
El Secretario de Estado subrayó que la presencia católica en territorio estadounidense antecede en siglos a la fundación de la nación. “El primer servicio cristiano en nuestro suelo fue una misa católica”, manifestó, refiriéndose a San Agustín en Florida, establecido por colonos españoles católicos en 1565, que constituye el “asentamiento permanente más antiguo de Estados Unidos”. Recordó asimismo que “santos católicos fueron martirizados en suelo americano mucho antes de que comenzara la Revolución”.
Rubio trazó un amplio panorama de la exploración católica del continente, indicando que “en misiones y asentamientos, fuertes en la naturaleza y puestos de comercio, los exploradores, soldados, sacerdotes y pioneros católicos consagraron este nuevo mundo a su antigua fe”. Puso de relieve que prácticamente cada región del actual territorio estadounidense fue explorada y cartografiada por católicos, quienes dejaron su impronta en topónimos como Maryland, San Luis, San Francisco y Santa Fe.
En su alocución, el Secretario de Estado se enfrentó a los prejuicios sobre la función de la fe católica en la vida estadounidense, aseverando que “algunos han sostenido que la fe católica es una importación extranjera a nuestro país”. Mencionó a Charles Carroll de Maryland, único católico entre los 56 firmantes de la Declaración de Independencia, y destacó la participación desproporcionada de católicos en la Guerra de Independencia. Citó una misiva de George Washington de 1790 en la que agradecía a los católicos su “parte patriótica” en la consecución de la independencia.
Rubio rechazó la tesis de que la fundación estadounidense supusiera una ruptura radical con la herencia cristiana anterior. “La Revolución no fue una ruptura radical con el pasado”, afirmó, sino más bien “una renovación de una herencia más antigua, adaptada a la experiencia única de un pueblo cristiano libre en un nuevo mundo”. Caracterizó a Estados Unidos como “un regalo”, territorio donde la Iglesia y la civilización que engendró renacieron, redescubriéndose en la naturaleza virgen.
En el cierre de su discurso, Rubio ofreció una reflexión de alcance teológico sobre la historia nacional, proclamando que “mirar la historia de esta tierra dorada es ver el rostro de Dios”. Su intervención ha generado resonancia entre los católicos por su afirmación rotunda y documentada de la aportación imprescindible de la Iglesia en la configuración moral y cultural de Estados Unidos, constituyendo uno de los testimonios públicos más relevantes de un alto cargo católico en la administración estadounidense en años recientes.
El discurso se enmarca en la audiencia privada que Rubio mantuvo con el Papa León XIV en el Palacio Apostólico el 7 de mayo, encuentro en el que ambos abordaron cuestiones relativas a la paz en Oriente Medio, preocupaciones humanitarias y las relaciones bilaterales entre la Santa Sede y Estados Unidos.
