En las misas solemnes, en las procesiones, en la adoración eucarística: el incienso aparece una y otra vez en la liturgia católica, con su humo lento y su olor inconfundible. Para muchos fieles, su uso resulta familiar pero poco explicado.
El incienso es una resina aromática extraída de ciertos árboles, principalmente del género Boswellia. Al quemarse desprende un humo perfumado cuyo uso en contextos religiosos y ceremoniales se remonta a la Antigüedad. En la liturgia católica se quema dentro de un recipiente metálico llamado incensario o turíbulo, que el sacerdote o el diácono balancea para expandir el humo.
Su presencia en el culto no es una invención cristiana. El Antiguo Testamento recoge ya el uso del incienso en el templo de Jerusalén, donde se ofrecía a Dios especialmente durante la oración. El cristianismo lo fue incorporando en los primeros siglos, conservando ese mismo simbolismo: una ofrenda que asciende hacia Dios. Hoy sigue presente en la misa solemne, las procesiones y la adoración eucarística.
Sus significados son varios, pero todos convergen en la oración y en la presencia de lo sagrado.
El más antiguo y constante de sus significados es el de la plegaria que sube hacia Dios. El humo ascendente representa las oraciones de los fieles elevándose al cielo. La imagen aparece en los Salmos con toda claridad: "Suba mi oración como incienso en tu presencia".
El incienso se usa también como gesto de honor. Por eso se inciensa el altar, el Evangelio, las ofrendas y los propios fieles. No es un elemento decorativo: expresa que aquello que recibe el incienso tiene un valor singular dentro de la celebración.
El olor, el humo y el gesto del incensario contribuyen a crear una atmósfera separada de lo cotidiano, un lenguaje simbólico que dispone al fiel para entrar en el misterio de la liturgia. Lo que ocurre en la misa no es algo ordinario, y el incienso lo subraya de forma sensible.
