
Un cura debe hablar de Dios. Un obispo también,cClaro que sí. Pero hablar de Dios no es callarse cuando la sociedad se desordena. Es justo lo contrario.
Jesús Sanz Montes, obispo de Oviedo, ha dicho algo que hoy parece imperdonable: que la migración debe regularse y que no todo vale. Lo llamativo no es lo que ha dicho. Lo llamativo es la reacción: todo el mundo puede opinar de política, menos un obispo. El mismo derecho para todos… salvo para quien lleva mitra.
Las críticas no han venido, curiosamente, del interior de la Iglesia ni desde posiciones que compartan su visión moral. Han llegado sobre todo desde sindicatos como Comisiones Obreras y colectivos de marcado perfil progresista, organizaciones legítimas en el debate público, pero ajenas al ideario católico. No es un reproche: es un dato. Resulta paradójico que quienes nunca aceptan a la Iglesia cuando habla de moral, ahora le exijan silencio cuando habla de sociedad.
Además, Sanz Montes no está solo. Monseñor Munilla ha dicho algo similar: la migración no se puede gestionar de cualquier manera, ni con improvisación, ni a golpe de eslogan. Defender la dignidad de las personas no es incompatible con reconocer los límites, los derechos y las necesidades reales de una sociedad concreta.
Porque sí: todas las personas importan, pero también importan la cohesión social, el empleo, los servicios públicos y la convivencia. Hacer las cosas mal, deprisa y sin consenso no es más humano; suele ser simplemente más irresponsable.
Y como colofón, el Gobierno ha optado por el real decreto, evitando el debate parlamentario porque no hay acuerdo suficiente. Gobernar a decretazos nunca ha sido señal de fortaleza democrática. Menos aún cuando la iniciativa nace de Podemos, un partido que tampoco se caracteriza precisamente por compartir la visión antropológica o social de la Iglesia.
Quizá el problema no sea que un obispo hable de migración. A lo mejor el problema es que diga lo que algunos no quieren oír...
