
En España es gratis odiar a la Iglesia. Eso, en una democracia, es una vergüenza y a mí presonalmente me cansa...
Mientras el ministro Fernando Grande-Marlaska mira hacia otro lado, o eso denuncian diversos sectores, ante la infrarrepresentación de ataques a cristianos en informes oficiales, la realidad se abre paso por sí sola. No hace falta estadísticas cuando hay hechos.
El pasado 19 de marzo, día de San José, en un hospital de Málaga, un sacerdote fue expulsado mientras intentaba algo tan subversivo como ver a su padre enfermo. No iba a celebrar misa ni a darle la unción de enfermos a un paciente desconocido, que tampoco pasa nada. Tampoco iba a predicar. Iba a ser hijo.
Pero ese hijo es sacerdote. Y ese día, por lo que sea, va vestido como tal.
Entonces todo se tuerce. Una enfermera decide que sobra. Que no puede estar. Que tiene que irse. Discusiones, tensión, malos modos… y al final, lo echan. No por lo que hace, sino por lo que es. Porque lleva alzacuellos. Porque representa algo que molesta. Y uno se queda pensando: ¿de verdad hemos llegado a esto?
¿De verdad hemos llegado a un punto en el que la identidad religiosa es motivo suficiente para expulsarte de una habitación de hospital? ¿En serio esto pasa en España y no pasa nada?
Aquí está el problema de fondo: hay religiones que merecen respeto automático… y otra, la católica, que parece merecer burla, desprecio o directamente expulsión. Y todo ello con la coartada de la modernidad, del progreso, de esa supuesta superioridad moral que solo funciona en una dirección. Tanta tolerancia proclamada… pero es selectiva…
Es la incoherencia elevada a sistema.
Se llenan la boca hablando de tolerancia, de diversidad, de derechos… pero cuando aparece un sacerdote, se acabó la tolerancia. Cuando aparece un católico visible, se acabó la diversidad. Cuando aparece la fe vivida, se acabaron los derechos.
Y no es una exageración. Es un síntoma de esta sociedad que se cree superior.
Pienso que cuando una sociedad empieza a señalar a alguien por lo que cree, cuando le incomoda hasta el punto de expulsarlo, cuando normaliza ese desprecio… esa sociedad está retrocediendo. Mucho.
No se trata de privilegios. Se trata de libertad. La misma que algunos reclaman para todo… menos para el catolicismo.
¡Ya está bien! Hoy es un sacerdote en un hospital. Mañana puede ser cualquiera que no oculte su fe.
