En la fiesta de la Inmaculada me invitó a comer en su casa una parroquiana de 72 años. Allí fui con un trabajador de la curia y por allí apareció también otra parroquiana de unos 46 años. Menciono sus edades porque, por un lado, no van a leer este artículo... y porque ambas han vivido la época soviética.
La fe no se prueba en los momentos de brillo, sino en los de herida. Cuando se apagan los focos del sentimiento y el alma deja de sentir a Dios como una caricia evidente, empieza el verdadero examen. Ahí, justo donde uno sospecha que Dios se ha marchado, es donde San Juan de la Cruz señala la cercanía más feroz del Señor.
En una entrada anterior resumía el libro de Nabeel titulado Buscando a Alá, encontrando a Jesús en el que el autor describía su conversión al cristianismo y su relectura crítica del Islam.
Hay lanzamientos políticos que una contempla con la misma mezcla de fastidio y déjà vu que provoca ver a alguien empeñado en encajar dos piezas que jamás fueron hechas para juntarse. La nueva plataforma de Jóvenes Cristianos Socialistas-PSOE es exactamente eso: otro intento, tan torpe como pretencioso, de disfrazar de armonía lo que en esencia es una contradicción flagrante. Y lo irritante no es que pretendan mezclar cristianismo y socialismo moderno —allá cada cual con sus alquimias— sino que pretendan hacerme creer que semejante mezcla es natural, lógica y hasta “esperanzadora” para los jóvenes. A mí, que todavía mantengo dos dedos de frente y un mínimo de memoria.
Las alegrías vienen continuamente. Hay quienes, en tiempos otoñales, viven captando los virus de gripes, resfriados y alergias. Esos virusillos nos rodean e invaden sin permiso y sin que nos demos cuenta. Algó así pasa con las alegrías... pero al revés: están a nuestro alrededor, e incluso dentro de nosotros, pero con frecuencia no las percibimos, arrojándonos nosotros mismos a una vida gris de otoño mustio y desabrido.
A veces una piensa que ya lo ha visto todo en este país nuestro, tan dado a los sobresaltos legales y a las invenciones morales. Y de pronto llega Vitoria-Gasteiz, un juzgado, veinte y tantas personas con rosarios en el bolsillo y un fiscal convencido de que ha descubierto una nueva modalidad de delincuencia silenciosa. No es exageración: han sentado en el banquillo a ciudadanos cuyo gran atrevimiento consistió en rezar a la puerta de una clínica. Rezar. Ni empujar, ni increpar, ni levantar pancartas apocalípticas. Rezar en voz baja —alguno, incluso, con ese pudor antiguo que ya casi no se usa— y sostener un cartel que decía: “No estás sola, estamos aquí para ayudarte”. Qué violencia tan insoportable.
No deja de tener su gracia —negra, eso sí— que El País, diario tótem del progresismo laicista y adalid del relativismo moral, se nos haya puesto de pronto sotana y bonete para dar lecciones de rectitud a la Iglesia católica. Un medio que lleva décadas promoviendo todo tipo de descomposición cultural y moral —cuando no directamente justificando los abusos desde el discurso de la “liberación sexual”— ahora se nos presenta como defensor de las buenas costumbres. Curioso, ¿no?
La Iglesia parece haber encontrado su nuevo equilibrio doctrinal: corregir a la Virgen María y bendecir a Sodoma. Mientras desde Roma se recomienda retirar títulos marianos como “Corredentora”, “Medianera” o “Abogada” por considerarlos “confusos” o teológicamente “inapropiados”, un obispo en activo y con cargo de responsabilidad puede proclamar sin sonrojo que es “simplemente erróneo” negar a las parejas homosexuales el derecho a mantener relaciones sexuales, y nadie mueve un dedo.
Nos han vendido Halloween como una fiesta inocente, divertida, llena de disfraces, caramelos y calabazas sonrientes. Pero detrás de ese envoltorio de azúcar se esconde algo más: una enorme maquinaria cultural y comercial que, entre risas y sustos, nos aleja de nuestras raíces, de nuestra fe y de nuestra propia identidad.
Ayer me escribió un WhatsApp mi amiga Conchi, indignada. Había ido a misa a la Virgen del Camino, en León, y allí descubrió al nuevo modelo de sacerdote sinodal e inclusivo. “El Señor esté con vosotros y vosotras”, proclamó el fraile desde el altar, muy convencido de su aportación pastoral. Conchi, que no suele perder la compostura, me escribió en cuanto salió: “Faltó el vosotres, Aurora. Lo tenía en la punta de la lengua.”
Jóvenes que cambian el espectáculo por el sagrario, y curas que visten clergyman sin complejos.
La Iglesia anglicana está estallando por dentro. Y no se trata de una grieta menor: casi el ochenta por ciento de sus fieles se ha plantado ante el nombramiento de una “arzobispa” de Canterbury. El modernismo ha tensado tanto la cuerda que ya no queda más que oír el chasquido.
Durante un acto académico en la Universidad Lateranense de Roma, el periodista venezolano Edgar Beltrán fue agredido por Ricardo Cisneros Rendiles, empresario vinculado al régimen chavista. Según cuenta Iglesia Noticias, el hecho ocurrió cuando Beltrán preguntó al arzobispo Edgar Peña Parra sobre la participación del oficialismo venezolano en los actos por la canonización de siete nuevos santos, entre ellos San José Gregorio Hernández. Cisneros le arrebató el móvil, lo lanzó contra un escritorio y lo sujetó por la camisa, todo delante del prelado, que no reaccionó. Hasta ahí, el bochorno. Pero el absurdo alcanza el sacrilegio cuando uno descubre que el agresor fue, horas después, el encargado de proclamar la primera lectura en la misa de acción de gracias presidida por el cardenal Pietro Parolín.
El Papa León XIV bendijo un bloque de hielo de más de 20.000 años, extraído del corazón de Groenlandia, como signo para despertar las conciencias sobre el cuidado de la creación. Un gesto profético, cargado de simbolismo y de fuerza espiritual. Y, como era de esperar, no han faltado quienes se apresuran a criticar, insultar y despreciar al Papa, acusándole de ceder ante ideologías o de plegarse a lobbies internacionales.
Hay fenómenos que sólo el periodismo moderno puede producir. Por ejemplo, que cuando un gran diario o una televisión decide hablar de la Iglesia Católica, su “experto en religión” sea —inevitablemente— alguien que no acepta buena parte de lo que la Iglesia enseña. Es como si para analizar la medicina llamaran a un homeópata: entretenido, quizá, pero no precisamente fiable.
El cardenal Blase Cupich, arzobispo de Chicago, decidió premiar al senador Dick Durbin por su labor en defensa de los inmigrantes. Hasta ahí, todo parecía loable. Pero Durbin había sido un firme defensor del derecho al aborto, una postura que choca frontalmente con la enseñanza de la Iglesia Católica.
Justo Gallego levantó su catedral en Mejorada del Campo chapa a chapa, con bidones oxidados, vigas dobladas y ladrillos de desecho. No era arquitecto ni albañil de renombre, pero tenía algo más raro: fe. Sesenta años de fe convertidos en paredes, bóvedas y torres. Era un templo sin consagrar, sí, pero un templo al fin y al cabo. Cada metro cuadrado clamaba por la gloria de Dios y la Virgen. Y cuando ya no pudo más, Justo dejó su obra en herencia a Mensajeros de la Paz. No para que hicieran lo que les diera la gana, sino para que custodiaran lo que él había construido como ofrenda.
