Hay personas que llegan a la Iglesia como una brisa suave y otras como un vendaval de gracia. El Cardenal S. John Henry Newman fue ambas cosas: un hombre profundamente sereno y, al mismo tiempo, un auténtico revolucionario. Su visión del papel de los laicos no solo fue adelantada a su tiempo: sigue siendo hoy una llamada urgente para nosotros.
En los últimos días hemos sido testigos, una vez más, de cómo ciertos medios de comunicación manipulan noticias relacionadas con la Iglesia Católica para generar titulares sensacionalistas que dañan su imagen. Que el Arzobispado de Madrid haya apartado a la hasta ahora Superiora de las Hermanas del Amor Misericordioso ha sido el pretexto perfecto para que algunos vinculen injustamente esta decisión con los retiros de Emaús y Effetá, sin que exista ninguna relación entre ambos.
Voy a escribir un libro. O una trilogía, si la trama da para tanto.
Como aficionado al lenguaje que soy, hace unos días leí un artículo de la Constitución de la República Bolivariana de Venezuela que me dejó noqueado. Se trata del artículo 41 del capítulo II de dicha Carta Magna, redactado según las reglas del lenguaje inclusivo. En concreto, me refiero a la regla que quiere forzar al masculino plural (-os) para que solo sirva para el masculino pero no para el femenino, que exigiría una forma propia (-as) y que hace que todo sustantivo o adjetivo acabe teniendo que desdoblarse en dos formas, una para cada género.
Algunos obispos y sacerdotes evitan condenar con claridad el aborto o la eutanasia. Hablan de estas realidades con una frialdad que espanta, como si fueran “cuestiones sociales complejas” en vez de crímenes contra la vida humana. Pero cuando llega el momento de aplaudir los postulados de ciertos movimientos ideológicos —por ejemplo del activismo LGTBI—, entonces sí aparece el entusiasmo, los gestos públicos, las bendiciones “pastorales” y los discursos inclusivos.
La reciente noticia del encarcelamiento de unos cristianos protestantes chinos me ha llevado a pensar un poco acerca de la secularización y de uno de sus mitos más extendidos. En concreto, me refiero a la creencia en la viabilidad de la utopía correspondiente, es decir, en la posibilidad de una sociedad totalmente secularizada.
Hoy, 21 de julio, se cumple un aniversario que nadie celebra con alegría pero que todos deberíamos recordar: el día en que la Compañía de Jesús fue suprimida por el Papa Clemente XIV, en 1773. No fue una corrección fraterna, ni una reforma, ni siquiera una depuración espiritual. Fue una ejecución política con sotana. Un crimen institucional disfrazado de prudencia pastoral.
Estoy de veraneo en Asturias, tierra verde y hermosa donde la lluvia no molesta y la sidra se bendice casi sola. Y entre caleyas, montes y fabada, he peregrinado con mi familia al Santuario de Covadonga, lugar que todo católico español debería pisar al menos una vez en su vida. Allí comenzó la Reconquista —la de verdad, no la pastoral inclusiva con globos— y allí sigue resonando, aunque muchos no quieran oírla, la voz de la Virgen que sostiene a España cuando todo lo demás se tambalea.
En la actualidad, observo con preocupación una creciente relajación en la forma de vestir de muchos fieles al asistir a las ceremonias litúrgicas en las iglesias católicas. Esta tendencia, que responde en parte a una cultura cada vez más informal, pone en riesgo el valor del pudor como manifestación externa de respeto, humildad y reverencia ante lo sagrado.
España vive días agitados. Los últimos disturbios en barrios obreros, los enfrentamientos en plazas y la tensión en redes sociales nos muestran algo más que un problema de orden público: estamos ante una fractura cultural y emocional profunda. Muchos la llaman “islamización”, otros “crisis migratoria”. Y la percepción popular es clara: “Siempre son ellos”.
Esta semana, el arzobispo de Valladolid y presidente de la Conferencia Episcopal Española, Luis Argüello, ha declarado —en tono sereno y pedagógico— que “no se expresa mayor respeto en la comunión por comulgar en la boca que por comulgar en la mano”. Según él, ambas formas, debidamente autorizadas y practicadas según las normas, son igualmente reverentes. También admite que la forma de comulgar en la boca es la normativa universal, pero afirma que, si la Conferencia Episcopal autoriza la comunión en la mano, ambas prácticas son válidas y dignas.
Desde hoy y hasta el veinte de julio el Papa León XIV pasará unos días de descanso en Castel Gandolfo. Con esta decisión el Santo Padre retoma una tradición antiquísima – nos remontamos a 1646 con el papa Urbano VIII - en la que los papas se retiraban a esta villa situada a veintiséis kilómetros del Vaticano en sus días estivales. No sería novedad si no fuera porque su antecesor, el papa Francisco, dejó de ir, dejando a Castel Gandolfo sin la visita veraniega de un sumo pontífice desde hace más de doce años.
Escribo esta entrada poco después de haber visto en You Tube un debate acerca de la divinidad de Jesucristo entre un imán y un pastor protestante. En sí, el formato y el tono del debate son bastante positivos y hasta modélicos, pero no tanto me lo parecen las ideas y argumentos de ambos ponentes, que creo que hacen aguas por varios puntos. En concreto, da la impresión de que ambos dominan bastante bien las escrituras y las citas bíblicas y coránicas, pero también que andan un poco perdidos en todo lo referido a la Trinidad y a la Cristología. A este respecto se me han ocurrido algunas sugerencias, dirigidas sobre todo a quienes tenemos amigos musulmanes que puedan estar interesados en conocer mejor nuestra fe. Algunas de estas ideas proceden también de las charlas y libros de Nabel Qureshi, quizá uno de los más famosos conversos al cristianismo. Así, creo que al hablar con estos amigos nuestros
La Diócesis de Barbastro-Monzón lo llama “desprendimiento generoso”, pero, si uno se toma la molestia de leer la propuesta, se da cuenta enseguida de que generoso no tiene nada. En realidad, es un regateo con condiciones que roza el chantaje emocional y parece más bien el berrinche final de quien ve que ha perdido el control de Torreciudad y quiere, como sea, imponer su última palabra.
En las últimas semanas, el mundo ha temblado. Donald Trump, con su estilo ya conocido de decisiones unilaterales y espectaculares, ha ordenado bombardeos sobre instalaciones nucleares iraníes en Fordow, Natanz e Isfahán. La noticia cruzó fronteras y ha encendido todas las alarmas: ¿nos encontramos ante el umbral de la Tercera Guerra Mundial? Parece que no pero…
El Congreso de los Diputados ha aprobado una proposición de ley impulsada por el PSOE que penaliza con hasta dos años de cárcel a quienes practiquen o faciliten las llamadas "terapias de conversión", es decir, cualquier intento de ayudar a una persona con atracción al mismo sexo o confusión de identidad a vivir en conformidad con su biología o su fe. Padres, médicos, psicólogos o educadores que intenten orientar, acompañar o aconsejar en este sentido podrían enfrentarse a penas de prisión e inhabilitación, incluso para ejercer la patria potestad. El Partido Popular, lejos de oponerse, ha respaldado esta medida junto al PSOE, Sumar, Junts y otros partidos de izquierda, quedando Vox como el único grupo que votó en contra. Esta traición ideológica no se limita al ámbito nacional: en distintos puntos del país, el PP ha demostrado su sintonía con el activismo LGTB, como en Elche, donde recientemente presentó y logró aprobar una moción de apoyo explícito al colectivo LGTBIQA+, con los votos favorables de PSOE y Compromís. Esta deriva del supuesto partido conservador consolida su papel como gestor obediente del consenso progre, perpetuando leyes autonómicas de imposición ideológica en escuelas y centros sanitarios, y participando activamente en la propaganda del "orgullo".
La semana pasada monseñor Luis Argüello —presidente de la Conferencia Episcopal Española— y César García Magán —su portavoz— lanzaron una reflexión que en cualquier foro civil habría pasado desapercibida: un adelanto electoral podría “desbloquear” la situación política en favor de los más vulnerables. Pero Jesús Bastante y Religión Digital convirtieron esa reflexión pastoral en un montaje de “injerencia eclesial”, aliñado con “fuentes cercanas” y “filtraciones exclusivas” que solo sirven al espectáculo progresista de sotana.
La Conferencia Episcopal Española (CEE) ha creado una Oficina de denuncias de delitos de odio y ofensas por motivos religiosos. Esta iniciativa surge en respuesta a la reforma legislativa promovida por el gobierno socialista del PSOE en coalición con Sumar, que busca derogar el artículo 525 del Código Penal, eliminando la protección penal frente a las ofensas contra los sentimientos religiosos. Según el Ejecutivo, esta medida pretende proteger la libertad de expresión y suprimir los llamados "delitos de opinión". Sin embargo, asociaciones religiosas y juristas advierten que esta reforma dejará a los creyentes en una situación de indefensión frente a ataques públicos contra sus símbolos y creencias.
A ver si lo he entendido bien: los obispos españoles abren la boca para decir que, quizá, lo que convendría a España —así, en genérico— es un adelanto electoral, y Félix Bolaños, en un rapto de histeria institucional, les escribe una carta como si fueran una célula terrorista. ¡Peligro! ¡Los mitrados piensan! ¡Opinan! ¡Y lo que es peor: no están de acuerdo con el Gobierno! Qué escándalo.
La opinión generalizada de muchos de nuestros contemporáneos es que los jóvenes de hoy en día están alejados de Dios, llevan a cabo una vida ajena a lo que dicta la Iglesia y claramente se ha dado una involución de la vida cristiana de forma general en la socieda Es cierto que el ambiente actual es menos cristiano y piadoso socialmente que lo que podía ser la España de los años setenta del siglo pasado, pero también es verdad que hoy hay muchos jóvenes que dan testimonio de su fe en Jesucristo en medio de su familia, amigos o compañeros de clase y de trabajo. Con naturalidad, sin sobresalir ni hacer cosas raras o llamativas.
Amo la misa tradicional. El silencio solemne, el latín que resuena, el rito que parece más oración que espectáculo. Es verdad: me conmueve. Pero justo cuando estoy a punto de abandonarme a la gracia, aparece el personaje. El custodio de la sacristía eterna. Ese que frunce el ceño si no llevas mantilla, que mide tu ortodoxia por el tipo de encaje que usas, y que convierte lo bello en búnker.
Reconozco que el Papa León XIV no deja de sorprenderme positivamente. En la audiencia del pasado 28 de mayo el Santo Padre se centró en la parábola del Buen Samaritano, relato que muestra la verdadera compasión cristiana ante el sufrimiento del prójimo. Y el Papa habló y sorprendió… ya lo creo.
Vivimos tiempos en los que la estrategia lo invade todo. Todo se convierte en cálculo, equilibrio de fuerzas, reuniones interminables, estructuras, y documentos bien redactados. Pero entre tanto plan, tantas mesas y tantas declaraciones, apenas se habla de Dios. Apenas se reza. Y sin embargo, rezar funciona.
En la capilla de la Conferencia Episcopal Española —ese discreto oratorio en la sede de Añastro donde nuestros pastores celebran misa en cada plenaria— Cristo resucitado guía la barca de la Iglesia, rodeado de los apóstoles, mientras una red rebosa peces como símbolo de las almas salvadas. Todo bellamente mosaiqueado, todo muy simbólico… todo obra de un tal Marko Ivan Rupnik.
