
Recientemente, el obispo de Málaga, José Antonio Satué, ha generado una gran polémica con sus declaraciones sobre la homosexualidad, publicadas en una entrevista con Málaga Hoy. En la misma, afirmó que "ser homosexual no es pecado", lo cual, desde un punto de vista doctrinal, es correcto. La Iglesia siempre ha enseñado que la inclinación homosexual en sí misma no constituye pecado, sino que es la acción, el acto, lo que es moralmente cuestionable.
Sin embargo, el problema no radica en lo que dice, sino en lo que omite. La afirmación de Satué, aunque cierta en su formulación técnica, carece de la claridad necesaria para una enseñanza completa sobre el tema. No se hace mención de la llamada a la castidad que la Iglesia propone para todas las personas, independientemente de su orientación sexual. Y, lo más importante, se omite la llamada a la santidad, que es lo que realmente define la vida cristiana.
El Evangelio es para todos, es cierto. Pero esa afirmación no debe ser vacía, no debe despojarse de lo que realmente implica. Ser cristiano no significa simplemente ser acogido tal como se es; ser cristiano implica un proceso de conversión, de dejarse transformar por la gracia de Dios. El Evangelio nos llama a todos a la santidad, no a una santidad genérica, sino a una santidad que exige sacrificio, purificación y, en este caso, la castidad, que es una virtud cristiana universalmente aplicable.
El obispo, al centrarse únicamente en la no discriminación, en la acogida emocional, se queda en la superficie. Al no mencionar que la Iglesia, en su enseñanza auténtica, también llama a la conversión, al esfuerzo por vivir según la ley de Dios, está generando una confusión peligrosa. Porque, si bien la Iglesia nunca ha sido ni será un lugar de condena, sí es una escuela de conversión y crecimiento espiritual. Y este mensaje se diluye cuando se omite lo esencial: que todos estamos llamados a la santidad y a vivir conforme a la moral cristiana, independientemente de nuestra orientación sexual.
Cuando un obispo habla en los medios, tiene la responsabilidad de ser claro, preciso y coherente con la doctrina. El obispo Satué, al no completar su enseñanza, no solo ha dejado un vacío doctrinal, sino que ha generado una confusión innecesaria. La verdad del Evangelio no puede adaptarse a las sensibilidades culturales, por muy bien intencionadas que estas sean. Si lo que se predica no es la verdad completa, estamos falseando el mensaje.
Y es que, como pastores, los obispos no están llamados a ser populares, sino a ser fieles. Fieles a la enseñanza de la Iglesia, fieles al Evangelio. Porque la verdadera caridad no consiste en afirmar lo que la cultura dicta, sino en proclamar la verdad, por dura que esta sea, con la firmeza y el amor que solo la doctrina católica puede ofrecer.
El obispo Satué tiene una responsabilidad muy grande: no puede simplemente sintonizar con la cultura dominante. Su tarea es proclamar con claridad lo que la Iglesia ha recibido de Cristo. Y en temas como este, donde la confusión reina, la claridad doctrinal es la única forma de guiar a las almas hacia la verdadera libertad en Cristo.
La Iglesia no discrimina a las personas, pero tampoco puede renunciar a enseñar lo que es moralmente verdadero. El obispo Satué ha dejado pasar una oportunidad para reafirmar esa enseñanza con la fuerza que se espera de un sucesor de los apóstoles. La enseñanza de la Iglesia sobre la sexualidad, y especialmente sobre la homosexualidad, debe ser explícita y firme, como todo lo que toca a la santidad. Al no hacerlo, Satué ha puesto en riesgo la comprensión clara de la fe, y en su intento de ser inclusivo, ha dejado a los fieles sin el respaldo doctrinal que tanto necesitan.
La llamada a la santidad es la clave, no solo para las personas homosexuales, sino para todos. Porque el Evangelio no es solo para ser acogidos, es para ser transformados. El obispo de Málaga no debe perder de vista esa distinción fundamental. La santidad exige sacrificio, exige conversión, exige vivir de acuerdo a lo que Cristo ha enseñado. Y ese es el mensaje que un obispo debe transmitir, con claridad y sin ambigüedades.
