Tras el descarrilamiento de un tren en Adamuz (Córdoba), la comunidad local y la Iglesia respondieron con un dispositivo de emergencia coordinado para atender a las víctimas.
El domingo 18 de enero, un tren de la compañía Iryo partió de Málaga a las 18:40 horas con destino Madrid, transportando a 317 pasajeros. Una hora después, los tres últimos vagones descarrilaron en una recta, invadiendo la vía contraria por donde circulaba un convoy de Renfe con destino Huelva. Los vagones del Iryo impactaron contra los dos primeros del Alvia, que cayeron por un terraplén de aproximadamente cuatro metros. Al cierre de esta edición, al menos 43 personas han fallecido y 37 permanecen hospitalizadas, varias en la unidad de cuidados intensivos. El ministro de Transportes, Óscar Puente, calificó el accidente de “extraño” y las primeras investigaciones apuntan a un desgaste en las soldaduras de las vías.
En Adamuz, localidad de 4.000 habitantes situada entre Sierra Morena y el río Guadalquivir, el párroco de San Andrés, Rafael Prados Godoy, regresaba tras una semana de ejercicios espirituales y planeaba asistir a la misa de tarde y descansar. Al no tener provisiones en casa, pidió comida a un bar local, donde el camarero le informó del accidente. El sacerdote contactó rápidamente con el grupo de WhatsApp de la Cáritas parroquial para convocar ayuda. En apenas una hora, varios vehículos se llenaron con víveres del economato parroquial y comenzaron a colaborar con el alcalde en la coordinación del dispositivo de emergencia, materializando así la idea de una Iglesia como “hospital de campaña”, tal como soñaba el difunto Papa Francisco.
El templo parroquial se encuentra alejado de la zona del siniestro, por lo que Juan Serrano, integrante del Coro Romero Virgen del Sol, propuso abrir la sede del coro, situada cerca del centro de operaciones municipal, para apoyar la respuesta local. A través de los grupos de catequesis, se movilizó a vecinos que aportaron mantas y agua. Serrano se encargó de preparar el espacio, encendiendo las estufas y asegurando la iluminación necesaria. En poco tiempo, un camión llegó con quince generadores y varios focos, reflejando la capacidad de coordinación y la disposición solidaria del pueblo.
El párroco relató que la población respondió con conciencia ante las bajas temperaturas y la gravedad del accidente, aportando agua, colchones y alimentos, incluso vaciando frigoríficos para alimentar a los afectados. Serrano añadió que recibieron tantas mantas que muchas personas del pueblo probablemente pasaron la noche sin frío.
Horas después, el obispo de Córdoba, Jesús Fernández, contactó con el párroco y se desplazó a Adamuz para acompañar a los pasajeros de ambos trenes y brindar apoyo a las familias, vecinos y equipos de emergencia tras una noche de trabajo intenso.
Pasados unos días, la comunidad de Adamuz comienza a recuperarse del impacto, tras haber respondido con solidaridad y entrega. El párroco, de 35 años y con experiencia pastoral que incluye misión en Perú, expresó su orgullo por la actuación conjunta de creyentes y no creyentes, que actuaron como “buenos samaritanos”. Destacó la participación de personas de todas las edades, incluso monaguillos, en el centro de operaciones.
El volumen de ayuda fue tan grande que el sacerdote tuvo que frenar a una comunidad de religiosas de un pueblo cercano que deseaba sumarse con sus aportaciones. Subrayó que la movilización no requirió órdenes de autoridades civiles ni eclesiásticas, sino que surgió espontáneamente del corazón de los vecinos, reflejando la actitud del buen samaritano: “sin que nadie te tenga que decir nada, inmediatamente, si piensas que puedes ayudar, ayudas”.
