La Archidiócesis de Madrid conmemora hoy el primer aniversario de la muerte del obispo auxiliar José Antonio Álvarez con una Misa en el Seminario Conciliar.
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La Archidiócesis de Madrid celebra este 1 de octubre el primer aniversario de la muerte de José Antonio Álvarez, obispo auxiliar de la diócesis, fallecido en la madrugada del 1 de octubre de 2025. A las 20:00 horas, el Seminario Conciliar de Madrid acogerá una Misa funeral en su memoria, con la que la Iglesia madrileña agradece a Dios el ministerio de quien hizo del «Sígueme» evangélico el eje de su vida episcopal.
El lema episcopal de Álvarez no era adorno protocolario. «Sígueme» orientó cada decisión vocacional de su vida. El cardenal José Cobo lo subrayó en las homilías funerarias: el «sígueme» del Evangelio se había cumplido plenamente en quien respondió con prontitud y fidelidad a cada solicitud recibida.
En la homilía de corpore insepulto, el arzobispo afirmó: «Hoy sentimos que este 'sígueme' ha alcanzado la plenitud: Jesús te ha llamado de nuevo no para una misión en la tierra, sino para entrar en la Vida definitiva». Con esa formulación teológica, la Iglesia madrileña expresaba cómo entendía la muerte de Álvarez: no como un final, sino como la culminación de una vocación.
El mismo día de su muerte, la catedral de la Almudena acogió una primera Eucaristía en su memoria. El cardenal José Cobo evocó el afecto del presbiterio hacia él, recordando su labor tanto como obispo como rector del Seminario Conciliar.
Dirigiéndose a su madre, Ángela, presente junto a su familia, el cardenal le dijo: «Puedes estar orgullosa de tu hijo». En esa misma homilía, el arzobispo subrayó el cariño y el respaldo de la Iglesia madrileña, con el lema «sígueme» como hilo conductor de toda su existencia.
Al día siguiente, el cardenal Cobo presidió la Misa corpore insepulto, a la que asistieron 32 obispos y más de 500 sacerdotes. Una cifra que hablaba por sí sola del lugar que Álvarez ocupaba en la estima de la Iglesia madrileña y de otras diócesis.
Sus compañeros de curso, con quienes había celebrado las bodas de plata sacerdotales, portaron el féretro hasta la cripta de la Almudena. En la homilía, el arzobispo recurrió a la parábola del sembrador para trazar el retrato de Álvarez: alguien que sembró con dedicación y confió en que Dios haría fructificar lo plantado.
«Eso ha sido nuestro hermano José Antonio», afirmó el cardenal, destacando su vida de entrega y sacrificio. La imagen del sembrador conectaba la tarea pastoral de Álvarez con el misterio evangélico: el siervo siembra sin controlar la cosecha, y esa confianza fue rasgo distintivo de su ministerio.
El cardenal Cobo describió a Álvarez como un hombre de «cercanía, misericordia y esperanza», con capacidad para no juzgar, para abrir caminos y para mirar hacia Cristo Resucitado con esperanza. «Lo que Dios quiera» era una frase que repetía con frecuencia, expresión de su fe y de su abandono en el Señor.
Ese perfil pastoral dibuja a un obispo cercano, misericordioso y esperanzador. Virtudes que, ante la secularización y la crisis de credibilidad que atraviesa la Iglesia contemporánea, testimonian que sacerdotes y obispos pueden vivir su vocación de manera auténtica y coherente.
El 23 de octubre, la catedral de la Almudena volvió a acoger una Misa funeral en su honor. El cardenal Cobo explicó que la diócesis se congregaba «después de unos días de silencio y serenidad». En su homilía, despidió a un hombre que sirvió a la Iglesia con sencillez y entusiasmo, y subrayó su «corazón evangelizador» y su firme confianza en Jesús.
Cobo pidió que nadie «pasara página» sin más, recordando que «la vida y la muerte de los nuestros dejan huella y que es necesario tiempo para reflexionar sobre nuestras prioridades y continuar con la labor que él inició». Una reflexión que va más allá del obituario: es una llamada a examinar cómo la Iglesia madrileña continúa la obra que Álvarez dejó iniciada.
José Antonio Álvarez Sánchez nació en Madrid el 3 de agosto de 1975. Se licenció en Teología por la Universidad Eclesiástica San Dámaso en 1998 y fue ordenado sacerdote el 18 de junio de 2000, comenzando su ministerio en parroquias de Madrid.
Años después cursó un máster en Discernimiento Vocacional y Acompañamiento Espiritual en la Universidad Pontificia de Comillas, entre 2008 y 2011, formación que lo preparó para el acompañamiento espiritual y la orientación vocacional. A lo largo de su ministerio ejerció como vicario parroquial y capellán universitario, entre otros cargos en la diócesis.
El Papa Francisco lo nombró obispo auxiliar de Madrid el 23 de abril de 2024, y recibió la consagración episcopal el 6 de julio de 2024. En la Conferencia Episcopal Española integraba la Comisión Episcopal para los Laicos, Familia y Vida desde el 9 de julio de 2024. Su episcopado fue breve pero intenso, compaginado con el cargo de rector del Seminario Conciliar.
Un año después de su muerte, la Iglesia madrileña no recuerda a Álvarez como una figura histórica lejana, sino como una presencia que interpela a quienes siguen en camino. Su lema «Sígueme» permanece vigente: no como eco nostálgico, sino como desafío a que la diócesis continúe respondiendo a su vocación con la misma generosidad que él demostró.
Las palabras del cardenal Cobo sobre la necesidad de reflexionar antes de pasar página apuntan a que su muerte fue ocasión para que la Iglesia madrileña revisara sus prioridades. La celebración de hoy, en el aniversario, es tiempo para renovar el compromiso de proseguir la labor evangelizadora que Álvarez vivió y modeló durante su ministerio.
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