
Empezar cosas es fácil. Lo difícil es terminarlas. Y más difícil todavía: entregarse del todo. Ya hablamos de la llamada que irrumpe en la juventud, de ese primer fuego que despierta preguntas grandes. Hoy toca ir un paso más allá. Porque no toda llamada que emociona está lista para convertirse en vida.
Un buen amigo mío me ha dicho que se va al seminario. Lo tiene clarísimo y yo le he dicho que lo piense bien. Que si le dicen que espere, que lo haga y que rece para verlo bien.
Las decisiones verdaderamente importantes no se toman con prisa. Ni con euforia. Ni con la adrenalina de lo nuevo.
Por eso los seminarios piden esperar. Un año. Dos. A veces más. No por desconfianza, sino por respeto a la vocación. Porque la ilusión inicial, esa que acompaña a cualquier proyecto, puede parecer vocación cuando solo es novedad. Y la novedad, cuando se apaga, deja al descubierto lo que de verdad hay.
La espera purifica y desenmascara; pone a prueba si uno quiere una experiencia… o una entrega.
Por otro lado, pasa exactamente lo mismo con el matrimonio. Se empieza con entusiasmo, con planes, con promesas que suenan sólidas porque aún no han sido golpeadas por la realidad. Pero amar no es empezar. Amar es permanecer cuando lo nuevo ya no lo es. Por eso decidir despacio es un acto de responsabilidad moral. Y, en el fondo, de humildad.
Quien acepta esperar está diciendo algo muy serio: no me fío solo de lo que siento hoy. Quiero saber si esto resiste el tiempo. Qué maravilla esas almas que llegan a Dios después de un discernimiento largo. A veces incómodo. A veces frustrante. A veces alargado más de lo que uno querría. Pero precisamente por eso, cuando se consuma, es firme como la roca. Creo que las vocaciones cocinadas a fuego lento son las sostienen la Iglesia real..
Porque empezar proyectos mola. Pero terminarlos, y vivirlos hasta el final, dice infinitamente más... Y solo quien ha sabido esperar, está de verdad preparado para entregarse
