
Dedicado a las victimas del accidente ferroviario de Adamuz y sus familias. Cuando humanamente no se explica el dolor, un cristiano no tiene más que rezar. Yo escribo esta historia como una suerte de homenaje.
Al principio había ruido. Un ruido grande, como cuando el mar se enfada en los dibujos, pero más cerca. Mucho más cerca. La niña pensó que el tren había tosido muy fuerte. Los trenes también se ponen malos, pensó. Mamá le había dicho que no pasaba nada, que ya quedaba poco para llegar.
Después, el suelo dejó de ser suelo.
Todo se volvió oscuro y rápido. Las cosas no estaban donde debían. El asiento ya no era un asiento. El aire empujaba. La niña gritó, pero no oyó su voz, como cuando sueñas que corres y no avanzas. Cerró los ojos muy fuerte porque así, a veces, las cosas malas se van.
Cuando los abrió, el tren estaba quieto.
Demasiado quieto.
No hacía su ruido de siempre. No vibraba. Era un tren callado, y eso le pareció raro, porque los trenes nunca se callan. El aire estaba espeso. Olía a algo que no conocía. Le dolía un poco la cabeza, como cuando te despiertas de una siesta larga.
—Mamá —dijo, bajito.
Mamá estaba allí. Seguía sentada. El pelo le caía por la cara, como cuando se inclina para buscar algo en el bolso. La niña pensó que se había quedado dormida en una postura incómoda.
—¿Mamá, ya hemos llegado? —preguntó en un susurro.
No se movió.
La niña estiró la mano y tocó su brazo. Estaba frío. No frío de invierno, sino frío de cosa que no responde. Retiró la mano rápido, como cuando tocas algo que no te gusta. Algo dentro de ella hizo un ruido seco, como cuando se rompe un lápiz.
Miró a papá. Papá tampoco se movía. Tenía los ojos cerrados, pero no como cuando duerme en el sofá. Estaban cerrados de otra manera. Demasiado quietos. Demasiado lejos.
—Papá… —probó—. Ya está.
Esperó.
Nada.
El silencio empezó a crecerle por dentro. Un silencio grande, que le subía desde la barriga hasta la garganta. Notó que le temblaban las piernas. Pensó que estaban jugando a esconderse, pero era un juego raro, sin risas, sin “¡ya voy!”.
—Mamá —dijo otra vez, un poco más alto.
Nada.
Entonces entendió algo sin saber explicarlo. No sabía la palabra. Nadie se la había enseñado. Pero su cuerpo sí lo sabía. El mundo había cambiado y no iba a volver atrás.
No lloró fuerte. Ni gritó.
A veces los niños no lloran cuando el miedo es demasiado grande, porque el cuerpo se queda quieto para no romperse.
Se acercó un poco más. Tocó la cara de mamá. No era la cara de siempre. No estaba enfadada, ni cansada, ni contenta. Era una cara quieta, como las fotos antiguas de la bisabuela que cuelgan en el pasillo.
—Despierta… —dijo, como si decirlo bien pudiera arreglarlo.
Nada.
Pensó que quizás estaba castigada. O que quizás había hecho algo mal. Pensó que, si se portaba bien, todo volvería.
Pero nada volvió…
El miedo se convirtió en otra cosa. Algo más hondo. Algo que no corre ni grita, algo que se queda. La niña se hizo pequeña por dentro. Muy pequeña. Supo que no debía estar allí. Que eso no debía verlo nadie, y menos ella.
Se giró. Buscó una salida. Buscó aire.
Antes de irse, miró una última vez. No para entender, sino para grabarlo sin saber que lo estaba grabando. Como cuando miras algo bonito sabiendo que se va a acabar, solo que esto no era bonito…
—Os espero —dijo.
No sabía por qué dijo eso.
Se deslizó por un hueco del vagón. Se manchó las manos. No le importó. Fuera, el mundo estaba torcido. Los árboles parecían inclinados, como si también se hubieran caído. Olía a hierro y a humo y a algo que no tenía nombre.
Tenía frío. Tenía miedo. Tenía seis años.
Caminó sin saber a dónde. El tiempo se hizo lento. Muy lento. Como cuando la profe explica algo difícil y el reloj no avanza. No lloraba. Aún no.
Vio una luz. Luego otra. Voces. Pasos. Alguien se agachó a su altura.
—Hola, pequeña.
La voz era como a una manta que la cubría a modo de abrigo.
Le cogieron la mano. Era una mano grande y caliente. Se aferró como se agarran los niños cuando cruzan una calle.
—Ya está —dijo la voz—. Ya está.
Pero no estaba todo. La niña lo sabía, aunque no sabía decirlo.
Más tarde hubo camas blancas y palabras difíciles. Preguntó dónde estaban. Los adultos tardaron mucho en contestar. Al final alguien la abrazó muy fuerte, y la niña entendió sin entender.
Esa noche soñó que el tren volvía a ser un tren. Mamá sonreía. Papá le guiñaba un ojo. Se despertó con lágrimas que no sabía que tenía.
Ahora hay días buenos y días raros.
Días en los que juega.
Días en los que el silencio vuelve.
Pero también hay manos que no la sueltan. Voces que dicen su nombre. Gente que le enseña que seguir respirando también es una forma de ser valiente.
La niña tiene seis años.
Y sin saberlo, camina llevando dentro una historia demasiado grande.
Pero sigue caminando…
