
Hay vidas que, incluso en medio de la tragedia, se convierten en una pregunta silenciosa para los demás. No hacen ruido, no buscan titulares, pero dejan una huella que obliga a detenerse y pensar qué es lo verdaderamente importante.
Natividad era la madre de Fidel. Murió en el trágico accidente de tren que segó tantas vidas de forma repentina. Su hijo ha contado que, en el momento del accidente, ella iba rezando el rosario. Ese dato, aparentemente pequeño, dice en realidad casi todo. No es solo cómo murió, sino cómo vivió.
Fidel lo ha expresado con una frase tan sencilla como definitiva: el amor de su madre era Jesucristo. No se trata de una devoción superficial ni de un consuelo piadoso ante el dolor, sino del eje que dio sentido a su existencia. Para Natividad, la fe no era un añadido, sino una relación viva, una certeza interior que la acompañaba incluso en el último instante.
Vivimos tiempos en los que buscamos desesperadamente seguridades. Queremos garantías de bienestar, de éxito, de estabilidad emocional. Y, sin embargo, nunca ha habido tanta gente con sed de amor, con hambre de cariño auténtico, atrapada en la ansiedad, la depresión o la soledad. Hemos multiplicado los medios, pero no siempre el sentido.
Natividad lo entendió. Comprendió que el corazón humano necesita un amor que no se rompa, que no dependa de las circunstancias, que no falle cuando todo lo demás se derrumba. Por eso, el amor de su vida era Jesucristo. Ahí se resume, en el fondo, la fe cristiana: no en normas ni en discursos, sino en que el amor definitivo de cada persona tenga un nombre concreto.
Desde esa fe, su hijo puede afirmar hoy que ella estará gozando con Aquel a quien amó en vida. Con Jesucristo. No como una evasión del dolor, sino como una esperanza que lo atraviesa y lo sostiene.
Y, sin embargo, frente al relato de un mundo que da la fe por agotada, siguen apareciendo signos discretos pero elocuentes de una vida cristiana viva. Esta misma tarde me ha ocurrido algo que me ha recordado a Natividad: al concluir la misa de siete y media en el Cerro de los Ángeles, se ha expuesto el Santísimo Sacramento hasta las nueve de la noche. Durante una hora entera, en la primera fila, un padre permaneció de rodillas junto a sus dos hijos —de unos diez o doce años—, en silencio, en adoración.
No había gestos extraordinarios ni palabras altisonantes. Solo una presencia fiel, perseverante, que impresionaba por su sencillez y su hondura. El ejemplo de oración y de fervor de aquel padre y de aquellos niños hablaba por sí solo.
Quizá algún día, cuando ese padre les falte, esos hijos puedan decir de él lo mismo que hoy dice Fidel de su madre: que el amor de su vida era Jesucristo. Porque, pese a todo lo que se nos dice, todavía hay muchas personas que siguen colocando a Jesucristo en la cima de su vida. Natividad fue una de ellas. Porque en eso, al final, se resume toda la fe cristiana.
