En alguna mesa de despacho eclesial alguien debió de pensar que faltaba un concepto capaz de abrazarlo todo: la fe, la familia, el reciclaje, la economía doméstica, la moral sexual, la cesta de la compra y, si se tercia, el uso razonable del autobús. Y apareció la fórmula mágica: ecología integral. Suena bien. Muy redondo. Tan redondo que dentro cabe casi cualquier cosa.
Este fin de semana he asistido a la misa de clausura de un retiro de Effetá, y mientras observaba los rostros de quienes acababan de vivir la experiencia, entre lágrimas, abrazos y silencios difíciles de explicar, no podía evitar pensar en el debate que desde hace tiempo rodea a estos retiros. En los últimos años han proliferado en España y, con ellos, también las críticas.
Si una persona no ha tenido unos padres que la han educado en el amor y en la fe, tiende a caer luego en valores vacíos y engañosos. El hombre piensa que es libre, pero en el fondo está dominado por cadenas invisibles.
Hay recuerdos que no se aquietan con el paso del tiempo. No se suavizan ni se acomodan en la nostalgia. Permanecen, más bien, como una pregunta abierta. Así sucede, justo un año después de su fallecimiento, con la figura del Papa Francisco. Cuya memoria no invita tanto a la evocación complaciente, sino a la incomodidad de quien se sabe interpelado.
Hay algo que me produce una enorme compasión cuando pienso en muchos sacerdotes: vidas entregadas sin reservas, sin cálculo, sin ese refugio tan humano de reservarse parcelas propias. Vidas que no se protegen a sí mismas porque están volcadas en los demás.
La gran guerra en el Oriente Medio podría desencadenar una presión inmigratoria sin precedentes, principalmente desde el Irán, hacia países europeos.
Hay redacciones que trabajan con fuentes, contraste y un mínimo pudor profesional. Y luego están las que parecen funcionar con otra técnica: se lanza la pedrada, se espera el ruido y, si llega una demanda, ya se verá. La mancha corre, el prejuicio hace caja y el lector predispuesto queda servido con su ración de sospecha.
En un tiempo en el que el poder se mide en seguidores, votos y capitalización bursátil, conviene recordar que existen formas de autoridad que no se someten al vaivén de las urnas ni al dictado de los mercados. Resulta, por ello, profundamente irónico que el estadounidense más poderoso del planeta no habite en la Casa Blanca, sino tras los muros discretos del Vaticano. Y, sin embargo, ahí está la paradoja que parece incomodar a Donald Trump: que otro compatriota suyo, investido no de poder político sino de autoridad moral, ocupe la cátedra de Pedro bajo el nombre de León XIV.
Hay algo que no encaja con la versión que parecía ser oficial. Dios ha Muerto, dijo Nietzsche. En la sociedad nos repiten que Dios no tiene que estar en la vida publica. Que es algo a esconder… que hay que arrinconarlo. Sin embargo, la realidad parece que es otra… y se empeña en desmentir esa idea de que la Fe es cosa del pasado.
En la medida en que el hombre tiene fe, en esa medida tendrá la esperanza que trasciende este mundo y se fija en la eternidad de Dios. Viendo hoy el panorama humano, uno tiende a pensar que son pocos los que tienen esta suerte. Pero como no debemos juzgar a los demás, ni como grupo, cabe esperar que la misericordia inmensa de Dios abra las puertas del purgatorio y del cielo a millones y millones que a nosotros nos puedan parecer indignos.
El proyecto del Gobierno para blindar el aborto en la Constitución marca un punto de inflexión en la vida moral de nuestra sociedad. No estamos ante una simple reforma legal, sino ante algo más profundo: convertir en derecho lo que supone terminar con una vida humana en su etapa más indefensa.
En una rueda de prensa —de esas que deberían girar en torno a símbolos, ilusión y anuncio— se presenta el logo oficial de la visita de León XIV a España. Todo parece encajar: imagen, mensaje, expectativa. Y, sin embargo, entre los datos ofrecidos, se desliza una idea que pesa más de lo que aparenta.
En estos días, una no deja de escuchar que Torrente presidente “es la de siempre, pero con política”. Lo dicen con esa media sonrisa de quien ya sabe a lo que va. A mí, en cambio, me basta esa frase para decidir que no voy. Y, sobre todo, para inquietarme por otra cosa: la cantidad de católicos que sí irán… sin plantearse siquiera si les conviene.
La Semana Santa termina y, sin embargo, la verdadera fiesta acaba de empezar.
Hay algo que chirría. Y mucho.
Llega la Semana Santa y las calles se llenan. En Córdoba —y en media Andalucía— no cabe un alfiler. Trajes impecables, miradas emocionadas, silencios solemnes, incienso perfumando las calles... Todo parece perfecto. Todo parece fe. Pero no lo es.
Una entra en una iglesia y espera encontrar silencio, recogimiento, una lámpara encendida, el rumor de una oración quizá torpe pero sincera. Lo normal. Lo católico. Lo civilizado, incluso. No espera, desde luego, encontrarse con un número de vergüenza ajena servido entre aplausos, capote y contorsión de famoso jubilado, como si el presbiterio fuera una mezcla de plató de sobremesa y verbena con barniz solidario. Pero ya se ve que hay quienes confunden la casa de Dios con un salón de actos al que solo le falta una máquina de humo.
En algún despacho vaticano —papel bien alineado, prosa prudente, misericordia en dosis administradas— alguien ha recordado de pronto que la Iglesia aún sabe escribir frases con sujeto, verbo y doctrina. Y ya era hora.
La escena era de foto oficial, de pasillo enmoquetado, de sonrisas medidas y firmas solemnes para consumo público.
En España es gratis odiar a la Iglesia. Eso, en una democracia, es una vergüenza y a mí presonalmente me cansa...
La expansión de la burocracia estatal es uno de esos problemas que no hacen ruido, pero lo impregnan todo.
Hoy, 19 de marzo, Día del Padre, es una fecha que invita a algo más que una felicitación. Es una oportunidad para parar y pensar en una figura que, muchas veces sin hacer ruido, sostiene una de las realidades más importantes de nuestra sociedad: la familia.
Leon XIV se muda al palacio apostolico e instala allí su residencia habitual. Además lo ha hecho con sus colaboradores más cercanos. A algunos les parece sorprendente y a otros sencillamente les encanta.
