Vida Nueva, o cómo disfrazar de discernimiento lo que huele a manía

Vida Nueva, o cómo disfrazar de discernimiento lo que huele a manía

Aurora Buendía

Columnista de Opinión Crítica

Cayó en mis manos el último número de Vida Nueva y, la verdad, tampoco puedo fingir sorpresa. Una abre la revista con esa mezcla de curiosidad y prevención con la que se mira una cazuela sospechosa en la nevera: quizá esté mejor de lo que parece, pero lo normal es que confirme lo que ya temías. Y sí, las sospechas se confirmaron otra vez. Aviso a navegantes.

Porque Vida Nueva tiene una virtud involuntaria: se delata sola. No hace falta leer demasiado. A las pocas páginas ya asoma ese tono inconfundible de superioridad pastoral, de progresismo eclesial con pretensiones de moderación, de revista que reparte carnés de catolicidad dialogante mientras mira por encima del hombro a media Iglesia. Y cuando una publicación católica empieza a hablar como si la Iglesia hubiera sido inventada anteayer en una mesa redonda de expertos, conviene echar mano del subrayador.

El ejemplo más descarado está en su tratamiento de Amoris laetitia. No se conforman con defender una determinada interpretación del texto. No. Eso sería demasiado sobrio. Ellos prefieren pontificar que “Amoris laetitia ya es magisterio y tradición” y despachar a los críticos como “grupos ultraconservadores”. Así, con toda la pachorra. Como quien no quiere la cosa. Como si discutir una nota a pie de página sobre el acceso a la comunión de divorciados vueltos a casar no fuera una cuestión seria, sino una excentricidad de cuatro señores con mantilla mental.

Y aquí está la trampa, bastante burda por cierto. En cuanto una revista eclesial llama “ultraconservadores” a quienes discrepan, ya no está debatiendo en términos doctrinales, sino ideológicos. Ya no responde a argumentos: etiqueta. Ya no discute: coloca pegatinas. Ya no razona: clasifica. Es el recurso de siempre, solo que con incienso de fondo. Si hay “ultras” a un lado, el medio que escribe se reserva para sí el papel de sensato, abierto, misericordioso y estupendísimo. Vamos, la vieja jugada del progresismo clerical: ellos ponen los nombres y, casualmente, también se adjudican el centro moral del tablero.

Pero no se vayan todavía, que aún hay más.

En este número aparece también el ya consabido entusiasmo por el liderazgo de la mujer en la Iglesia, formulado en términos muy reveladores: no como colaboración generosa, ni como reconocimiento de carismas, ni como desarrollo orgánico dentro de la tradición, sino como revisión de estructuras, reformulación de competencias y superación de lo que presentan como simples “concesiones”. Es decir, el paquete ideológico entero, pero servido con modales vaticanos. Muy fino todo. El titular ya lo resume sin sonrojo: “El liderazgo de la mujer en la Iglesia no es una ‘concesión’”.

A esto se suma el inevitable incienso ofrecido a la sinodalidad, esa palabra que en determinados ambientes se pronuncia ya con unción casi sacramental. La revista habla de la “Iglesia sinodal que estamos construyendo” como quien habla de una obra maestra en marcha y no de un proceso cargado de ambigüedades, tensiones y bastante propaganda interna. Qué descanso debe de ser vivir en un mundo donde todo está tan claro, tan discernido y tan convenientemente orientado hacia el mismo lado.

Y por si alguien todavía no hubiera captado el clima, el número regala también esa simpatía tan característica hacia el diálogo entre la Doctrina Social de la Iglesia y los marcos liberal-progresistas. Porque, al parecer, el catolicismo solo se vuelve “plural y fecundo” cuando empieza a hablar el idioma de su adversario cultural. No cuando convierte, no cuando corrige, no cuando resiste. No. Cuando se adapta. Qué casualidad más persistente. Ese modo de enfocar el cristianismo no rompe abiertamente con la doctrina, desde luego; simplemente la reencuadra para que no moleste demasiado a los salones contemporáneos. Y así todos tranquilos. Bueno, todos no.

Luego están esos detalles que retratan mejor que cien editoriales. En sus “Notas al pie”, Vida Nueva se permite hablar de una supuesta “deriva jansenista” presente hoy en parroquias y casas de espiritualidad, y remata la faena con una pulla contra quienes acentúan una “doctrina rígida y antiprotestante”. Ahí lo tienen: la caricatura hecha consigna. Si alguien subraya la doctrina, malo; si defiende la piedad eucarística sin psicologismos, sospechoso; si no baila al son del sentimentalismo pastoral, entonces ya solo falta acusarle de vivir en el siglo XVII. Muy edificante todo. Y muy revelador también.

Pero donde la revista se retrata con más ganas es en el asunto de los retiros y métodos de impacto. Aquí es donde el número adopta ese tono de señorita escandalizada que mira por encima de las gafas y dice “yo solo pregunto”, cuando en realidad ya ha dictado sentencia hace tres párrafos. El editorial habla de “parches pseudomísticos”, de “bombardeo emocional”, de secretismo, de posibles derivas y de la necesidad de que todo quede bien tutelado, bien encauzado y, si es posible, bien domesticado por la estructura diocesana.

Ahora bien, aquí conviene afinar, porque no todo vale. La nota doctrinal de la Comisión para la Doctrina de la Fe de la Conferencia Episcopal Española, publicada el 3 de marzo, no era una condena nominal de movimientos concretos, sino un texto de discernimiento sobre el papel de las emociones en el acto de fe. De hecho, la propia Conferencia presenta esas iniciativas de primer anuncio como signos de un “renacer de la fe cristiana”, valora su “creatividad” y dice expresamente que quiere “ayudar al discernimiento y acompañar en la maduración de estas experiencias apostólicas”. Es decir, una cosa es advertir sobre riesgos y otra muy distinta usar el documento como porra mediática.

Y aquí llega lo divertido. Porque cuando algunos medios interpretaron la nota como un ataque directo a movimientos concretos, la reacción fue tan evidente que hasta quedó rastro público de la rectificación. Según recogieron varios medios, la cuenta oficial de la Conferencia Episcopal salió al paso de esa lectura para afirmar que esa interpretación “tergiversa el contenido y el espíritu de la Nota” y que el documento, en realidad, valora estas iniciativas y anima a su maduración. Vamos, que el episcopado tuvo que recordar lo obvio: que una cosa es discernir y otra señalar con el dedo al personal que te cae antipático.

¿Y qué hace Vida Nueva? Pues lo que cabía esperar: sí pone nombres. Emaús, Effetá, Bartimeo. O sea, donde el documento episcopal mantiene una formulación doctrinal y prudencial, la revista opta por la concreción interesada. Qué extraño. Qué inesperado. Qué poquísimo sectario todo. La propia portada del número ya lo deja clarísimo: “Alerta Emaús”, con el subtítulo de que la nota doctrinal de los obispos españoles cuestiona los retiros y métodos de impacto emocional. Más explícito, solo una sirena.

Y no, no compro la coartada de la ingenuidad. Aquí no estamos ante un inocente ejercicio de periodismo interpretativo. Aquí hay una lectura muy concreta, muy cargada y muy reconocible del documento episcopal. Y esa lectura coincide, qué casualidad, con la del ecosistema de medios progresistas eclesiales, entre ellos la propia Vida Nueva y también Religión Digital, que han aprovechado la nota para apretar a realidades que no les resultan precisamente simpáticas. De hecho, Religión Digital llegó a titular relacionando la nota con Effetá, Emaús, Hakuna y Bartimeo, presentándola como un “cortafuegos” frente a ese fenómeno. Más claro, agua.

Y eso sí que conviene decirlo alto: muchos de estos retiros están vinculados, en no pocos casos, a ambientes bastante tradicionales, y además el propio tratamiento de Vida Nueva reconoce que han generado múltiples procesos de conversión. Es decir, no estamos hablando de una excentricidad parroquial sin fruto alguno, sino de iniciativas que han removido conciencias, acercado personas a los sacramentos y despertado vocaciones y regresos. Que luego haya cosas que vigilar, corregir o encauzar, por supuesto. Pero una cosa es discernir y otra ponerse estupenda mientras se reparte sospecha selectiva.

Porque ese es el truco de fondo: se invoca el discernimiento, pero se practica el marcaje. Se habla de acompañamiento, pero con una alegría notable a la hora de señalar siempre a los mismos. Se pide prudencia, pero la prudencia solo rige para unos. Y si además los frutos se han dado en espacios de sensibilidad más clásica, entonces ya ni les cuento el interés repentino por las “dinámicas emocionales”, los “riesgos comunitarios” y el “secretismo”. Vamos, que cuando la gracia de Dios pasa por lugares que no controla el progresismo de sacristía, enseguida aparece una comisión, un dosier o una portada alarmada.

Y, por si todavía faltaba rematar el retrato, el número concluye con un artículo sobre inmigración que lleva por título “Regularización sí, por supuesto”. Nada de matices, nada de prudencia política, nada de complejidad jurídica o social. No. “Por supuesto”. Y además con propina final: “Que los católicos sepan a quién votan”. Qué delicadeza. Qué sutileza. Qué manera tan poco aparatosa de bajar de la reflexión moral al guiño electoral. Luego dirán que no hacen política, sino Evangelio. Claro. Y yo soy la priora de un convento de clausura.

Ahora bien, para que nadie diga que una pierde el sentido de la justicia cuando se pone borde, conviene reconocer también lo bueno. Porque sí, también lo hay, y negarlo sería tan sectario como lo que critico.

En el mismo número hay una pieza sobre el aborto formulada con una pregunta que, en sí misma, ya desdice muchas comodidades contemporáneas: “¿Puede el aborto ser un derecho?”. Y eso, en el panorama actual, no es poca cosa. También se incluye un pliego contra la Teología de la Prosperidad, descrita como “la felicidad a contrapelo del Evangelio”, lo cual supone una defensa muy clara del cristianismo auténtico frente a las caricaturas de autoayuda con estampita. Y en la entrevista a Francisco Conesa aparece una afirmación que merecería colgarse en más de una redacción eclesial: “Sin caridad, todo se resuelve en un sentimentalismo vacío”. Magnífico. Verdadero. Y bastante oportuno, además, visto el resto del número.

Así que no, no estamos ante un panfleto herético sin más. Estamos ante algo quizá más molesto: una publicación que conserva bastantes formulaciones doctrinalmente correctas mientras las envuelve en un marco editorial inequívocamente progresista, con sus manías, sus etiquetas, sus obsesiones y su afición a señalar a los sospechosos habituales. Eso la hace más sutil, no más inocente.

Por eso, después de leer este número, mi impresión es la misma de otras veces: Vida Nueva no suele dar puntada sin hilo, y cuando parece que solo informa, en realidad orienta, encuadra y empuja. Siempre, por supuesto, con esa sonrisa pastoral que tanto gusta en ciertos ambientes. Pero ya nos conocemos el truco.

En fin, aviso a navegantes: quien abra Vida Nueva haría bien en llevar una mano libre para pasar páginas y la otra para sujetar el detector de sesgos.

Iglesia Noticias no se hace cargo de las opiniones de sus colaboradores, que no tienen por qué coincidir con su línea editorial.
Comentarios
0
Eduardo Camacho
8 horas hace
Lo que se esconde tras la fachada de "discernimiento" en Vida Nueva es un ataque directo a la tradición católica. El progresismo eclesial no quiere debatir doctrina, solo descalificar y adaptar el mensaje a las modas de hoy. ¿Hasta cuándo toleraremos esta manipulación de nuestra fe?
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