Cuando creíamos haberlo escuchado todo del difunto Papa Francisco —campeón del diálogo sin dogmas, maestro del “¿quién soy yo para juzgar?” y apóstol del consenso global sin contenido sobrenatural—, resurge una de sus frases más letales: “All religions are paths to God”. Todas las religiones llevan a Dios. Así, sin más. Como quien dice que todos los caminos llevan a Roma, pero olvidando que sólo uno pasa por la Cruz.
El arzobispo de Tarragona, Joan Planellas, ha vuelto a hablar. Y lo ha hecho, cómo no, en El País, el púlpito progresista desde el que ciertos prelados se sienten más cómodos predicando que desde un ambón consagrado. El resultado es una entrevista que habría hecho sonrojar a cualquier padre de la Iglesia, pero que hará aplaudir con las orejas a burócratas de la ONU, feministas sin fe y ministros de Interior preocupados por la “inclusividad litúrgica”.
Hay cosas que una ya no sabe si tomar con sorna, con pena o con incienso para exorcizar tanta miseria disfrazada de “opinión”. Hoy domingo, Religion Digital ha decidido arremeter contra el arzobispo de Oviedo, Jesús Sanz Montes, a cuenta de sus declaraciones sobre el islam, la misión y la identidad cristiana. Pero atención a los francotiradores: no son precisamente faros de fidelidad eclesial.
El arzobispo de Oviedo, Mons. Jesús Sanz Montes, ha hecho lo que lleva años faltando en la Iglesia en España: hablar con la libertad de un hijo de Dios, no con el guión de un funcionario del Estado multicultural. Al señalar la falta de reciprocidad religiosa por parte de países islámicos —donde los cristianos son perseguidos, encarcelados o asesinados—, y hacerlo además con lenguaje directo, ha provocado una reacción en cadena de fariseísmo episcopal y berrinche mediático.
Si usted pensaba que la parroquia era el lugar donde un sacerdote enseña, santifica y gobierna al estilo apostólico, despierte. Ha llegado el Consejo Pastoral Obligatorioâ¢, versión madrileña del “caminar juntos” en bucle, impuesto ahora por el cardenal José Cobo para todas las parroquias de su archidiócesis. Porque claro, si lo dice el Sínodo, no se discute: se acata, se aplica, y se aplaude.
La parroquia de San Andrés Apóstol, en Torre del Mar (Málaga), ha trasladado su adoración al Santísimo Sacramento desde el templo parroquial hasta la playa. La iniciativa comenzó el pasado 23 de julio y se celebra cada miércoles hasta finales de agosto, en horario de 21:00 a 22:00, coincidiendo con la puesta de sol. Según los organizadores, la intención es “acercar esta práctica religiosa a un mayor número de personas” y ofrecer una “experiencia espiritual en un entorno natural”. La propuesta, aseguran, ha sido bien recibida por los asistentes.
En El País están de vacaciones... de ideas. Se nota el sopor estival en las redacciones: el Papa no da titulares manipulables, los obispos se han tomado un respiro y el agosto informativo les pesa como una losa. ¿Solución? La de siempre: sacar del congelador un nuevo capítulo de su saga favorita, “abusos en la Iglesia”, aliñada con música triste, voces quebradas y ese aroma dulzón a producción sentimental. Esta vez, el plato viene en formato podcast, con título de culebrón lacrimógeno: “Abusos en la Iglesia y la carta de perdón que nunca llegó”. El contenido se puede escuchar aquí, aunque con el título basta para adivinar el menú: drama de encargo y propaganda editorial.
Voy a escribir un libro. O una trilogía, si la trama da para tanto.
Hoy, 21 de julio, se cumple un aniversario que nadie celebra con alegría pero que todos deberíamos recordar: el día en que la Compañía de Jesús fue suprimida por el Papa Clemente XIV, en 1773. No fue una corrección fraterna, ni una reforma, ni siquiera una depuración espiritual. Fue una ejecución política con sotana. Un crimen institucional disfrazado de prudencia pastoral.
Estoy de veraneo en Asturias, tierra verde y hermosa donde la lluvia no molesta y la sidra se bendice casi sola. Y entre caleyas, montes y fabada, he peregrinado con mi familia al Santuario de Covadonga, lugar que todo católico español debería pisar al menos una vez en su vida. Allí comenzó la Reconquista —la de verdad, no la pastoral inclusiva con globos— y allí sigue resonando, aunque muchos no quieran oírla, la voz de la Virgen que sostiene a España cuando todo lo demás se tambalea.
Esta semana, el arzobispo de Valladolid y presidente de la Conferencia Episcopal Española, Luis Argüello, ha declarado —en tono sereno y pedagógico— que “no se expresa mayor respeto en la comunión por comulgar en la boca que por comulgar en la mano”. Según él, ambas formas, debidamente autorizadas y practicadas según las normas, son igualmente reverentes. También admite que la forma de comulgar en la boca es la normativa universal, pero afirma que, si la Conferencia Episcopal autoriza la comunión en la mano, ambas prácticas son válidas y dignas.
El Congreso de los Diputados ha aprobado una proposición de ley impulsada por el PSOE que penaliza con hasta dos años de cárcel a quienes practiquen o faciliten las llamadas "terapias de conversión", es decir, cualquier intento de ayudar a una persona con atracción al mismo sexo o confusión de identidad a vivir en conformidad con su biología o su fe. Padres, médicos, psicólogos o educadores que intenten orientar, acompañar o aconsejar en este sentido podrían enfrentarse a penas de prisión e inhabilitación, incluso para ejercer la patria potestad. El Partido Popular, lejos de oponerse, ha respaldado esta medida junto al PSOE, Sumar, Junts y otros partidos de izquierda, quedando Vox como el único grupo que votó en contra. Esta traición ideológica no se limita al ámbito nacional: en distintos puntos del país, el PP ha demostrado su sintonía con el activismo LGTB, como en Elche, donde recientemente presentó y logró aprobar una moción de apoyo explícito al colectivo LGTBIQA+, con los votos favorables de PSOE y Compromís. Esta deriva del supuesto partido conservador consolida su papel como gestor obediente del consenso progre, perpetuando leyes autonómicas de imposición ideológica en escuelas y centros sanitarios, y participando activamente en la propaganda del "orgullo".
La semana pasada monseñor Luis Argüello —presidente de la Conferencia Episcopal Española— y César García Magán —su portavoz— lanzaron una reflexión que en cualquier foro civil habría pasado desapercibida: un adelanto electoral podría “desbloquear” la situación política en favor de los más vulnerables. Pero Jesús Bastante y Religión Digital convirtieron esa reflexión pastoral en un montaje de “injerencia eclesial”, aliñado con “fuentes cercanas” y “filtraciones exclusivas” que solo sirven al espectáculo progresista de sotana.
La Conferencia Episcopal Española (CEE) ha creado una Oficina de denuncias de delitos de odio y ofensas por motivos religiosos. Esta iniciativa surge en respuesta a la reforma legislativa promovida por el gobierno socialista del PSOE en coalición con Sumar, que busca derogar el artículo 525 del Código Penal, eliminando la protección penal frente a las ofensas contra los sentimientos religiosos. Según el Ejecutivo, esta medida pretende proteger la libertad de expresión y suprimir los llamados "delitos de opinión". Sin embargo, asociaciones religiosas y juristas advierten que esta reforma dejará a los creyentes en una situación de indefensión frente a ataques públicos contra sus símbolos y creencias.
A ver si lo he entendido bien: los obispos españoles abren la boca para decir que, quizá, lo que convendría a España —así, en genérico— es un adelanto electoral, y Félix Bolaños, en un rapto de histeria institucional, les escribe una carta como si fueran una célula terrorista. ¡Peligro! ¡Los mitrados piensan! ¡Opinan! ¡Y lo que es peor: no están de acuerdo con el Gobierno! Qué escándalo.
En la capilla de la Conferencia Episcopal Española —ese discreto oratorio en la sede de Añastro donde nuestros pastores celebran misa en cada plenaria— Cristo resucitado guía la barca de la Iglesia, rodeado de los apóstoles, mientras una red rebosa peces como símbolo de las almas salvadas. Todo bellamente mosaiqueado, todo muy simbólico… todo obra de un tal Marko Ivan Rupnik.
En una entrevista concedida a Alfa y Omega, el cardenal José Cobo —arzobispo de Madrid y hombre de verbo alambicado y pastoral en tecnicolor— ha encargado a los sacerdotes jóvenes “ejercer un cambio”. No ha especificado muy bien de qué cambio se trata, aunque, por el tono general de la pieza, todo apunta a esa misteriosa transformación gaseosa que tanto gusta en ciertos ambientes: una suerte de aggiornamento perpetuo que nunca se sabe hacia dónde va, pero que siempre presume de ir “al encuentro” y “de la mano del Espíritu”.
Durante la Misa del Jubileo de las Familias, de los Niños, los Abuelos y los Mayores, celebrada este domingo 1 de junio de 2025 en la Plaza de San Pedro, el Papa León XIV pronunció una homilía que ha resonado con fuerza entre los fieles. Lejos de ambigüedades y desviaciones doctrinales, el Santo Padre ofreció un mensaje claro, profundamente arraigado en la fe católica, defendiendo la verdad del Evangelio y el papel sagrado de la familia como célula viva de la Iglesia.
El pasado 22 de mayo, el cardenal Juan José Omella participó en una jornada de reflexión en Barcelona en la que abogó por integrar los valores cristianos en la sociedad, combinando contemplación y acción como motor de transformación. Durante el evento, se debatieron estrategias para que las instituciones y las políticas públicas reflejen una supuesta impronta evangélica. La noticia completa sobre el evento puede consultarse en el portal de Iglesia Noticias.
La última cruzada contra monseñor Reig Pla no ha nacido del amor a la verdad ni del respeto a los más vulnerables, sino de una histeria teledirigida que transforma una homilía en munición política. En un clima social donde el analfabetismo teológico se confunde con virtud cívica, toca recordar qué dice realmente la Iglesia... y desmontar, sin contemplaciones, a quienes se atreven a denunciar un catecismo como si fuera un crimen.
La homilía de inicio del pontificado de León XIV ha resonado como un susurro claro en medio del barullo. Donde antes abundaban las consignas difusas y las apelaciones sentimentales, ahora se escucha una voz pausada, seria, cargada de sentido teológico y apostólico. No ha hecho falta que el nuevo Papa haga alusión directa a su predecesor para que se entienda, línea por línea, que estamos ante un cambio de rumbo. Si algo transmite este discurso es el anhelo —y la decisión— de recomponer una Iglesia demasiado acostumbrada a convivir con la disonancia.
Sí, lo leyeron bien. No es clickbait, ni una exageración piadosa. Si se están filtrando detalles del cónclave —votaciones, preferencias, alianzas— entonces hay alguien que ha roto un juramento sagrado. Y eso, en la Iglesia de Cristo, tiene nombre y pena: excomunión latae sententiae. No hace falta juicio, ni notificación. La excomunión cae como un rayo divino sobre el que traiciona la conciencia de la Iglesia reunida ante Dios.
