El secretario general de la ONU, António Guterres, advierte sobre la amenaza de un colapso financiero en la organización si los Estados miembros no abonan sus contribuciones a tiempo.
Desde Ginebra, donde el arzobispo Ettore Balestrero desempeña su labor como Observador permanente de la Santa Sede ante la Oficina de las Naciones Unidas y otras entidades internacionales, se ha difundido una alerta sobre la delicada situación económica que atraviesa la ONU. António Guterres ha señalado que la crisis financiera, ya advertida en un informe presentado a la Asamblea General a finales del año anterior, se ha agravado, generando incertidumbre que afecta la ejecución de los programas de la organización.
El secretario general manifestó que, aunque no desea que la ONU llegue a la quiebra, la crisis estructural es cada vez más evidente. Actualmente, los principales problemas se relacionan con los retrasos en las operaciones, el apoyo a la implementación de programas, la continuidad de las misiones de mantenimiento de la paz, el pago de salarios y la contratación de nuevo personal. Se prevé un recorte del 15 % en el presupuesto destinado a estas operaciones, mientras que la ayuda humanitaria, ya reducida considerablemente, podría sufrir disminuciones aún más severas. Además, la excesiva dependencia de unos pocos actores contribuye a agravar la falta de liquidez.
Esta crisis financiera refleja, en opinión del arzobispo Balestrero, un síntoma de la profunda crisis del multilateralismo. La parálisis de las instituciones multilaterales frente a conflictos bélicos, la nueva carrera armamentística y la desintegración del sistema de desarme establecido tras la Segunda Guerra Mundial son ejemplos de esta situación. El vencimiento del tratado Nuevo START el 5 de febrero, que regulaba la reducción de armas nucleares entre Estados Unidos y Rusia, ejemplifica este deterioro. Asimismo, se observa una erosión del Estado de derecho en favor de la ley del más fuerte y el auge de políticas económicas proteccionistas. Tras ocho décadas desde el fin de la Segunda Guerra Mundial, el equilibrio de poder global ha cambiado, y las Naciones Unidas representan un orden mundial que ya no corresponde a la realidad actual, lo que dificulta su capacidad para afrontar los retos globales contemporáneos.
El arzobispo también destaca que la crisis del multilateralismo se intensifica debido a la transformación en el equilibrio de poder y las relaciones internacionales. La confianza en el bien común se ha erosionado, y las relaciones entre países se perciben cada vez más como un juego de suma cero. La creencia en que las normas multilaterales benefician a todos se debilita, mientras que la seguridad y el desarrollo se buscan de manera individual. Esta situación se agrava por las crecientes desigualdades sociales y económicas tanto dentro de los países como entre ellos, lo que genera una percepción de exclusión frente a la globalización y una sensación de que las normas multilaterales favorecen a unos pocos en detrimento del bien común.
En cuanto a la posición de la Santa Sede sobre el multilateralismo, el arzobispo recuerda las palabras del Papa León XIV en su discurso ante el cuerpo diplomático. El Santo Padre subrayó que, en un mundo con desafíos complejos, las organizaciones internacionales deben promover el diálogo y contribuir a la construcción de un planeta más justo. La ONU debería centrarse en políticas que fomenten la unidad de la familia humana, en lugar de defender ideologías o intereses unilaterales a corto plazo. La Santa Sede entiende el multilateralismo como un espacio para que las naciones dialoguen y busquen consensos, pero advierte que, si las palabras pierden contacto con la realidad y esta se vuelve cuestionable, el entendimiento se vuelve inviable.
Respecto a la reforma de la ONU, el arzobispo señala que corresponde a los Estados miembros asumir esta responsabilidad, siendo esencial la buena voluntad y el compromiso con el bien común. La distribución del poder debe ir acompañada de una responsabilidad compartida y un compromiso efectivo para garantizar la eficacia y legitimidad de la organización en el mundo actual.
