Adamuz se convirtió en un espacio de unión y consuelo colectivo tras el accidente ferroviario que causó 45 fallecidos.
En la Caseta Municipal, lugar habitual de celebraciones festivas, más de setecientas personas se reunieron para compartir un momento de recogimiento y despedida. La convocatoria no obedeció a una tradición, sino a la necesidad de acompañarse en el duelo, de llorar y decir adiós de forma conjunta.
El obispo de Córdoba, monseñor Jesús Fernández, presidió la misa funeral en memoria de las víctimas, que contó con una numerosa asistencia. Durante la ceremonia, abordó con sinceridad las cuestiones difíciles que plantea la tragedia, señalando que «Dios estaba allí, en los mismos vagones accidentados». Reconoció que esta interrogante sobre el sufrimiento no tiene una respuesta definitiva, pues se responde mejor con presencia que con argumentos.
El prelado añadió que Dios estuvo presente porque muchos lo invocaron en el peligro inminente y aseguró que «a cuarenta y cinco se los llevó en paz, a otros les curó sus heridas y los trasladó a la posada, es decir, al hospital». Destacó también la labor de los «buenos samaritanos», algunos jóvenes de Adamuz, Villafranca y otras localidades, que auxiliaron a los heridos, organizaron el rescate y brindaron primeros auxilios. Subrayó que la presencia divina se manifestó asimismo en hospitales, en el hogar de jubilados de Adamuz y en el Centro Cívico de Poniente en Córdoba, concluyendo con una invitación a llenar el corazón de fe y esperanza para continuar adelante.
A pesar de la aconfesionalidad de España, la fe se manifestó con fuerza en el recuerdo de los familiares. Un ejemplo es Davinchi, un futbolista de 18 años del Getafe, que tras la pérdida de su padre expresó en Instagram: «Jesús es mi fortaleza». Esta frase refleja la esperanza que sostiene a quienes enfrentan la adversidad.
Durante la misa, un joven de 16 años llamado Julio, considerado un héroe por muchos, leyó el salmo responsorial. Su entonación firme y cargada de significado conmovió a los asistentes, que guardaron silencio absoluto. Su intervención simbolizó la voz de la juventud dando expresión al dolor colectivo y a la esperanza naciente en medio del duelo.
La ceremonia evidenció que la fe puede ser un espacio de encuentro más allá de la práctica religiosa habitual. La misa se convirtió en un ámbito que acoge tanto a creyentes como a quienes dudan o permanecen en silencio, donde el sufrimiento encuentra lugar para las preguntas y los gestos de amor.
Adamuz expresó con un lenguaje común, nacido del corazón y la fe, un sentimiento sagrado que trasciende las palabras y las certezas, uniendo a la comunidad en el acompañamiento mutuo y la presencia compartida.
