Empezar cosas es fácil. Lo difícil es terminarlas. Y más difícil todavía: entregarse del todo. Ya hablamos de la llamada que irrumpe en la juventud, de ese primer fuego que despierta preguntas grandes. Hoy toca ir un paso más allá. Porque no toda llamada que emociona está lista para convertirse en vida.
Ayer, 17 de enero, Vistalegre reunió a más de 6.000 personas —en su mayoría jóvenes— en “El Despertar”, un encuentro articulado con una lógica sencilla y, a la vez, poco frecuente: primero silencio e interioridad, después diálogo público con distintos perfiles y, al final, música y convivencia. No hacía falta compartir cada idea para reconocer lo evidente: allí se juntó gente para escuchar, pensar y debatir, no para corear un eslogan.
El 14 de diciembre, el excanciller alemán Gerhard Schröder realizó unas declaraciones explosivas en una entrevista en vídeo que ha circulado ampliamente en redes y plataformas alternativas. En ella, formuló cuatro afirmaciones concretas sobre el actual canciller alemán, Friedrich Merz, que —de confirmarse— explicarían buena parte del rumbo político, económico y militar que ha tomado Alemania en los últimos años.
Después de leer esta entrevista en Vida Nueva Digital me quedo, de verdad, patidifusa. No porque el cardenal José Cobo diga algo especialmente escandaloso, sino por algo más desconcertante: por la sensación de que, cuando habla, no lo hace como un pastor de almas, sino como alguien que gestiona un repertorio de conceptos. Y lo que vuelve todo esto aún más llamativo es el lugar donde lo hace. No estamos ante una conversación en un medio generalista- No es una entrevista en el periódico laicista El País, donde quizá hasta se aplaudiría un registro más institucional, más de “proceso”, más de equilibrio y encaje. No. Estamos en una publicación religiosa, en un entorno donde lo natural sería que el corazón del asunto respirara por sí solo. Y, sin embargo, ese corazón apenas late.
No ha sido una reunión para cumplir agenda ni una escenificación de unidad prefabricada. El consistorio extraordinario de los días 7 y 8 de enero, a puerta cerrada en el Vaticano, ha sido otra cosa. Fue gobierno real. La Iglesia pensando en voz alta. Y un Papa que no confunde la autoridad con sordera.
La sed de trascendencia y su vacío
Desde que existe memoria histórica, en todos los pueblos y culturas aparece la huella de una vocación humana hacia la trascendencia, entendida como apertura a un futuro eterno en Dios. La revelación judeocristiana se presenta como el único fundamento coherente de una religión monoteísta que ofrece un acceso directo y personal al Creador.
Me escribe quien firma como “Sergio Gámez” para “agradecer” a los obispos el acuerdo recién firmado con el Gobierno sobre reparación a víctimas de abusos. Agradecer. Porque cuando un sistema se diseña con grietas, el oportunista no se esconde: se presenta, sonríe y aplaude.
Continúo aquí con mis entradas dedicadas a Nabeel Qureshi, uno de los musulmanes conversos más populares en Estados Unidos. Si en la última acababa comentando la decepción que sufrió Nabeel al conocer con más detalle la biografía de Mahoma, algo semejante le ocurrió al ahondar en la del Corán, el libro sagrado del Islam.
Hay reuniones que, aun celebrándose a puerta cerrada, hacen más ruido del que parece. El consistorio que estos días reúne en Roma al Papa León XIV con los cardenales es una de ellas. No por comunicados oficiales —que siempre llegan limpios, prudentes y algo deshidratados—, sino por lo que se filtra en voz baja: la preocupación por la liturgia y, más en concreto, por la herida abierta en torno a la misa tradicional tras los intentos de arrinconarla durante el pontificado anterior.
España es de Reyes Magos, no de Papa Noel. Lo contrario no es una evolución cultural. Es una sustitución. En España los regalos siempre los trajeron los Reyes Magos, y no porque nos faltaran alternativas, sino porque esa era, y es, nuestra tradición. Lo otro es importación. Y además, bastante reciente.
Al final si que han ido a por él, como Maduro le pidió a Trump... De noche, con comandos especiales, aviones y con sigilo. Nicolás Maduro ha sido capturado por fuerzas estadounidenses en su palacio de Miraflores y trasladado fuera de Venezuela. Parece de película, pero es real. El régimen no ha caído, pero sí su cabeza. Un dictador fuera del tablero.
En febrero de este año, el presidente Donald Trump firmó una orden ejecutiva destinada a poner fin a lo que considera un uso ideológico y hostil del aparato del Estado contra el cristianismo. Según denunció, durante la etapa de Joe Biden se habría consolidado una dinámica de acoso a cristianos pacíficos, mientras se minimizaban o ignoraban actos de violencia claramente anticristianos.
La noche del 31 de diciembre estuvo marcada por una expectación mundial poco habitual: La Oreja de Van Gogh presentaba un nuevo single y lo hacía, además, con el regreso de Amaia Montero como intérprete.
La Puerta del Sol iluminada, un concierto, jóvenes cantando y, de pronto, la vieja tentación de explicar lo religioso como si fuese una conspiración política. En “Hakuna o el regreso del cristofascismo”, publicado en Religión Digital y firmado por Rafael Narbona el 29 de diciembre de 2025, el autor convierte el concierto de Hakuna en prueba de una supuesta alianza entre religión y poder, encuadra al movimiento en el “integrismo católico”, lo arrastra a categorías ideológicas de fuerte carga histórica, sugiere vínculos de origen con el Opus Dei, lo contrapone a planteamientos sociales atribuidos al pontificado de Francisco y remata con el veredicto: “cristofascismo”.
El arzobispo de Tarragona, Joan Planellas, ha reclamado que la Iglesia “asuma plenamente el marco democrático” y ha insistido en que “debe aceptar y ver que estamos en un país democrático”, evitando a la vez cualquier deriva de “política partidista”. El planteamiento pretende fijar un criterio de prudencia institucional. Sin embargo, la credibilidad de ese mensaje se resiente cuando se acompaña de una enmienda pública al presidente de la Conferencia Episcopal Española.
Ayer celebramos la fiesta de la Sagrada Familia. Una fiesta entrañable que nos recuerda la belleza que hay en el seno de la familia.
Cada año, cuando se acercan los días de Navidad, reaparecen sentimientos encontrados en muchas personas. Mientras unos esperan con ilusión las luces, los encuentros familiares y los villancicos, otros confiesan con sinceridad: «No me gusta la Navidad». Las razones suelen ser comprensibles y profundamente humanas: la ausencia de un ser querido, una ruptura familiar, una enfermedad, la distancia del hogar que fue, o un dolor que el paso del tiempo no ha logrado cerrar.
Cuando se quiere alterar el orden de la realidad, el primer objetivo no suelen ser las leyes ni las costumbres, sino algo más elemental y eficaz: el lenguaje. Las palabras empiezan a desplazarse, a significar otra cosa, a perder precisión. No es un fenómeno espontáneo ni ingenuo. Es una operación calculada. Si se logra que los términos ya no nombren la realidad, la discusión queda desactivada antes incluso de comenzar.
Hoy no ha tocado. Ni el Gordo, ni el quinto, ni siquiera la pedrea. Y entonces aparece la frase-refugio, dicha con media sonrisa y resignación cristiana; al menos tenemos salud.
Hace apenas 95 años surgió en la Iglesia Católica una realidad que vino a renovar en profundidad la forma de vivir la fe en la vida cotidiana: el Opus Dei. Su aparición es signo de la vitalidad de la Iglesia, al ofrecer un modelo que recupera el espíritu de los primeros cristianos.
Quién lo diría: un arzobispo menciona la Constitución —¡sí, la intocable, la sacrosanta, la que ellos mismos manosean cuando les conviene!— y el Gobierno entra en modo niño con rabieta. Luis Argüello, presidente de la Conferencia Episcopal Española, osa decir en voz alta lo que murmura medio país entre cafés y rosarios: que esto está bloqueado, que esto no tira, y que a lo mejor, solo a lo mejor, habría que considerar las salidas legales que contempla la Constitución: elecciones, moción de censura, cuestión de confianza. ¡Herejía democrática!
El tercer domingo de Adviento, llamado Gaudete, no es un descanso emocional en mitad del camino. Es una provocación. La Iglesia se atreve a hablar de alegría cuando una herida sigue abierta y el mundo no ha dejado de dar golpes. Y lo hace sin rubor, porque la alegría cristiana no nace de que todo vaya bien, sino de que Cristo ya ha entrado en lo que va mal.
El Premio Lolo de periodismo joven se presenta como un reconocimiento a profesionales comprometidos con los valores cristianos, inspirados en la figura del beato Manuel Lozano Garrido. Lolo fue un comunicador que escribió desde el dolor, pero nunca desde la ambigüedad; desde la fe, pero no desde el acomodo. Por eso resulta legítimo preguntarse qué queda hoy de ese espíritu cuando el galardón se concede a perfiles cuya producción periodística no solo no clarifica la doctrina de la Iglesia, sino que contribuye activamente a diluirla.
