El musical Godspell ha recalado en Madrid en una versión dirigida por Antonio Banderas, que recupera el clásico de Broadway de los años 70 y lo reinterpreta para el público actual. La propuesta se presenta como una aproximación escénica a la figura de Jesucristo a través de parábolas, incorporando también pasajes de la pasión, muerte y resurrección.
El propio Banderas ha acotado el alcance religioso del montaje. En una entrevista con EFE, el actor sostiene que “La obra no podía convertirse en una especie de acto de evangelización, porque no lo es, no toca los dogmas de fe”, enmarcando la producción como teatro musical inspirado en el Evangelio, pero no como una pieza concebida para la predicación o la catequesis.
Desde un ámbito informativo católico, Vida Nueva ha defendido que esta revisión no desvirtúa el núcleo del relato evangélico. En su editorial sobre la llegada del espectáculo a Madrid, la publicación afirma que la adaptación no “traiciona” el original y que no “edulcora ni manipula” el mensaje evangélico, situando el interés del montaje en su capacidad para reconectar con el presente sin vaciar el contenido esencial del texto de referencia.
La puesta en escena introduce un marco contemporáneo marcado por el ruido de la guerra, con una atmósfera de violencia latente que sirve de telón de fondo para el desarrollo dramático. El relato se articula mediante una comunidad de personajes que dialoga y reconstruye un horizonte de sentido desde las parábolas, en una apuesta que subraya el contraste entre el conflicto y un mensaje de fraternidad.
En el terreno de la crítica cultural, las valoraciones se han centrado más en la eficacia teatral que en el contenido doctrinal. La Razón ha apuntado que el armazón argumental del musical, nacido en el “off” de Broadway en 1971, resulta endeble, aunque destaca el interés de la recuperación y la voluntad de Banderas de imprimir su visión como director sobre una versión previa del espectáculo.
Otras reseñas han sido más severas con el equilibrio entre ligereza formal y densidad simbólica, al considerar que el montaje busca agradar y enseñar, pero corre el riesgo de trivializar elementos de gran peso dramático —incluida la representación de Jesús y algunos símbolos centrales— al no dotarlos de suficiente profundidad emocional en escena.
En conjunto, el debate que despierta Godspell en clave católica no gira tanto en torno a una acusación pública de heterodoxia como a su enfoque: una obra inspirada en el Evangelio que se define a sí misma como no evangelizadora, con una lectura teatral que pretende dialogar con el tiempo presente, y que recibe, al mismo tiempo, aplausos por su intención de actualizar el mensaje y reparos por el tono y la intensidad con que lo traslada al escenario.
