El obispo Athanasius Schneider ha criticado con dureza un informe sobre liturgia elaborado por el cardenal Arthur Roche, al que acusa de basarse en un “razonamiento manipulador” y de “distorsionar la evidencia histórica”.
Athanasius Schneider cuestiona en detalle las bases históricas y teológicas del documento de dos páginas presentado por el cardenal Roche a los miembros del Sagrado Colegio durante el consistorio convocado por el Papa León XIV los días 7 y 8 de enero. Aunque el informe no fue debatido formalmente por falta de tiempo, provocó una fuerte oposición entre clérigos y fieles tras su difusión pública.
El obispo sostiene que el informe no ofrece un análisis objetivo, sino que responde a un enfoque ideológico marcado por lo que denomina “clericalismo rígido”. En particular, rechaza la idea de que la reforma litúrgica de 1970 suponga un desarrollo orgánico del Rito Romano, defendiendo que la forma más fiel al Concilio fue el Ordo Missae de 1965, mientras que el Novus Ordo Missae promulgado por el Papa Pablo VI fue rechazado por el primer Sínodo de Obispos tras el Concilio en 1967.
Además, Schneider critica la interpretación que hace el cardenal Roche de la bula Quo primum de Pío V, negando que la restauración de la liturgia tradicional fuera solo una “concesión” y rechazando la afirmación de que el pluralismo litúrgico “congela la división” en la Iglesia.
En sus declaraciones, el obispo describe el informe como un reflejo de “la lucha desesperada de una gerontocracia enfrentada a críticas serias y cada vez más vocales, que surgen principalmente de una generación más joven, cuya voz esta gerontocracia intenta sofocar mediante argumentos manipuladores y, en última instancia, utilizando el poder y la autoridad como armas”.
En la entrevista concedida, Schneider señala que el documento del cardenal Roche muestra un claro sesgo contra el Rito Romano Tradicional, con la intención de denigrar y eliminar esta forma litúrgica de la vida eclesial. Afirma que el texto carece de objetividad y emplea un razonamiento manipulador, distorsionando la evidencia histórica y sin respetar el principio clásico de un enfoque “sin ira ni celo partidista”.
Respecto a la afirmación del cardenal de que la historia de la liturgia es la historia de una reforma continua en un proceso de desarrollo orgánico, Schneider distingue entre reforma y desarrollo, citando al Papa Benedicto XVI: “En la historia de la liturgia hay crecimiento y progreso, pero no ruptura”. Señala que, desde el siglo XI hasta la reforma de 1970, el Rito Romano no experimentó cambios significativos, y que el Novus Ordo representa una ruptura con esa tradición milenaria.
El obispo apoya esta visión con el testimonio del liturgista Archimandrita Boniface Luykx, quien identificó errores teológicos en la comisión posconciliar que elaboró la reforma, destacando tres principios falsos: la superioridad normativa de la cultura occidental moderna, la ley tiránica del cambio constante aplicada a la liturgia y la primacía de lo horizontal.
En cuanto a la interpretación del Quo primum, Schneider afirma que el cardenal Roche ofrece una lectura selectiva y distorsionada. Recuerda que el documento permite la continuidad legal de ritos usados ininterrumpidamente durante al menos doscientos años, como los ritos ambrosiano y dominicano, que continuaron coexistiendo dentro de la unidad de la Iglesia romana. Cita al experto Dom Alcuin Reid, quien explica que la diversidad litúrgica persistió en la unidad eclesial, con varias iglesias locales y órdenes religiosas manteniendo sus ritos propios.
Sobre la afirmación de que la reforma litúrgica del Concilio Vaticano II está en plena sintonía con la tradición, Schneider considera que esta es solo parcialmente cierta. Reconoce que el Concilio pretendía una reforma en continuidad, según establece la Constitución sobre la Sagrada Liturgia, pero critica el argumento circular del informe y cita a testigos como Joseph Ratzinger, quien en 1976 señaló que el nuevo misal rompía con la historia continua y creaba un libro completamente nuevo, acompañado de una prohibición implícita de lo anterior, algo no previsto por los Padres Conciliares.
También recuerda las palabras del Archimandrita Boniface Luykx, quien afirmó que la continuidad preconciliar se interrumpió tras el Concilio por las comisiones posconciliares y que el Novus Ordo no es fiel a la Constitución sobre la Sagrada Liturgia, sino que supera sus parámetros, sacrificando el misterio central de la celebración.
Respecto a la idea de que el pluralismo litúrgico “congela la división” en la Iglesia, el obispo la califica de manipuladora y deshonesta, pues contradice la práctica bimilenaria que considera la diversidad de ritos como un enriquecimiento. Señala ejemplos históricos de intolerancia, como la coerción sufrida por los cristianos de Santo Tomás en India en el siglo XVI y la reforma litúrgica rusa del siglo XVII, que provocó un cisma al imponer la uniformidad litúrgica.
Para Schneider, el apego a la forma más antigua del Rito Romano no genera división, sino que es “una justa aspiración a la que la Iglesia garantiza respeto”, citando al San Juan Pablo II. La coexistencia pacífica de ambas formas del Rito Romano demostraría la preservación de la tolerancia y continuidad litúrgica, mientras que el documento del cardenal Roche refleja un clericalismo intolerante que rechaza el auténtico compartir entre tradiciones litúrgicas.
En relación con la afirmación del cardenal de que el uso de los libros litúrgicos anteriores fue una mera “concesión” sin intención de promoverlos, Schneider responde con la opinión del Archimandrita Boniface Luykx, quien defiende la pluriformidad litúrgica como una ayuda para la Iglesia occidental, recordando la restauración de la Misa Tridentina por el San Juan Pablo II en 1988.
También cita un mensaje del San Juan Pablo II en 2001, que destaca la belleza y profundidad de las oraciones del Misal Romano de San Pío V y otras liturgias orientales, como expresión de la esencia misma de la liturgia. Estas evidencias muestran que la restauración de los libros litúrgicos antiguos no fue una concesión renuente, sino una expresión legítima de pluriformidad dentro de la vida litúrgica.
Schneider señala que la falta de formación litúrgica entre obispos y cardenales dificulta el discernimiento adecuado de estos temas, y sugiere que en futuros consistorios el Papa podría nombrar expertos para presentar documentos más fundamentados. Recuerda dos hechos importantes: primero, que la verdadera reforma de la Misa según el Concilio fue el Ordo Missae de 1965, que conservó la esencia de la Misa tradicional con cambios limitados, y segundo, que el Novus Ordo presentado en 1967 fue rechazado por la mayoría de los Padres Sinodales.
Finalmente, propone a los cardenales recordar estos hechos históricos, subrayar los principios teocéntricos y contemplativos del culto divino según el Concilio, y afirmar que la diversidad litúrgica no afecta la unidad de la fe, citando la declaración conciliar que reconoce y quiere conservar todos los ritos legítimos con igual derecho y dignidad.
Apela a que el Papa León XIV aproveche la oportunidad para restablecer la justicia y la paz litúrgica, otorgando a la forma antigua del Rito Romano la misma dignidad y derechos que la forma ordinaria, mediante una ordenanza pastoral que ponga fin a las disputas y a la discriminación hacia quienes la practican, especialmente jóvenes y familias.
Para concluir, Schneider cita nuevamente al Archimandrita Boniface Luykx, quien recuerda el apoyo del cardenal Ratzinger a la antigua Misa como parte integral de la tradición católica y su contribución a la renovación litúrgica, y advierte que sin reverencia la adoración se reduce a un mero entretenimiento social, perjudicando a los más pequeños y sencillos de la Iglesia.
Afirma que ningún jerarca puede inventar nada, pues todos son guardianes de la Sagrada Tradición, responsables de la continuidad en enseñanza, culto, sacramentos y oración. El documento del cardenal Roche refleja la resistencia de una gerontocracia frente a las voces jóvenes, que intentan silenciar con argumentos manipuladores y autoridad.
Sin embargo, la belleza y fe de la liturgia tradicional prevalecerán, y el sensus fidei percibe esta realidad especialmente entre los “pequeños” de la Iglesia. Por ello, Schneider recomienda al cardenal Roche y a otros clérigos mayores reconocer los signos de los tiempos que Dios ofrece a través de los fieles más jóvenes, deseosos de la doctrina católica y la liturgia tradicional.
