La vigilia ecuménica en la Catedral de Santa María la Real de la Almudena cerró la Semana de Oración por la Unidad de los Cristianos 2026 bajo el lema «Un solo Espíritu, una sola esperanza».
El arzobispo de Madrid, cardenal José Cobo, presidió la ceremonia que reunió a representantes de distintas confesiones cristianas, quienes participaron en un acto marcado por los cantos de Taizé y un ambiente de oración y recogimiento. En su intervención inicial, el cardenal dio la bienvenida a los asistentes, describiendo la catedral como un espacio abierto y fraterno que acoge a todos en torno a Jesucristo, señalando que Él es quien debe lograr «que todos sean uno, para que el mundo crea».
Durante la homilía, el reverendo Lars Pferdehirt, perteneciente a la Iglesia Luterana alemana, subrayó la importancia de la convivencia entre miembros con diferentes tradiciones teológicas y prácticas, afirmando que «la unidad de los cristianos es una vocación». Invitó a permitir que el modo de vida de Cristo transforme las intenciones y conduzca a un caminar conjunto, lo cual se manifiesta «escuchando como habla de Dios» y fomentando la confianza, que modifica la percepción hacia las personas y la existencia.
El reverendo destacó que esta unidad se concreta «cuando aprendemos unos de otros y cuando reconocemos los dones del otro como un regalo para toda la Iglesia», generando una unidad real aunque imperfecta. Señaló que esta necesidad es especialmente urgente en un mundo marcado por conflictos armados, polarización política creciente, disputas de intereses y visiones geopolíticas irresponsables.
En este contexto, las iglesias deben superar las buenas intenciones para asumir un compromiso concreto de acompañamiento mutuo, apoyando a los más vulnerables, defendiendo la dignidad humana y superando toda confrontación. El cardenal Cobo afirmó que esta unidad «no nace de estrategias humanas o de buenos deseos formales, sino de la acción de un solo Espíritu, que ora en nosotros y trabaja pacientemente nuestros corazones, y que nos abre a una sola esperanza que no defrauda». Además, recordó la reciente conmemoración de los 1.700 años del Concilio de Nicea y del Jubileo de la Esperanza.
La Semana de Oración en Madrid se desarrolló en diversos templos y comunidades, donde, «con palabras diversas, con cantos distintos, con sensibilidades no idénticas», se reconoció lo esencial: el mismo Espíritu que convoca, la misma fe en Jesucristo que sostiene y la misma esperanza que impulsa a avanzar hacia la unidad que el Señor desea, según destacó el arzobispo.
Para José Cobo, la unidad no es un adorno ni una opción, sino una urgencia que forma parte del núcleo del Evangelio. Comienza en el interior de personas concretas que deciden dejarse transformar por el Espíritu. Esta unidad «nace del corazón de cada uno y de cada una de nuestras comunidades cuando hacemos el compromiso de aceptar la propia fragilidad y la del otro, de renunciar a la autosuficiencia espiritual y dejar espacio a Dios para que actúe».
El arzobispo insistió en que esta unidad «no se fabrica, se recibe». Los cristianos colaboran, pero no controlan el proceso, por lo que deben avanzar con paciencia, humildad y confianza en el tiempo de Dios. No se trata de algo que se posea, sino de una obra del Espíritu que guía a la Iglesia hacia la plenitud de la comunión y que hoy encuentra a la comunidad abierta a su acción.
Ante la persecución de numerosos cristianos, el ecumenismo se presenta como un imperativo que sostiene en el sufrimiento. Es «un camino de verdad y de caridad», pues «cuando los cristianos sirven juntos, la unidad deja de ser un ideal y se vuelve testimonio. Cuando nos inclinamos ante las heridas del mundo, la comunión deja de ser una idea y se convierte en un signo visible de esperanza».
El desafío consiste en «anunciar con humildad y claridad la belleza de la fe y defender la libertad religiosa como un bien para todos. No para encerrarnos, sino para servir; no para imponernos, sino para ofrecer razones de esperanza, cuidar la dignidad de cada persona y proteger la vida en todas sus etapas», afirmó el cardenal.
Finalmente, el arzobispo de Madrid concluyó que la unidad «es el camino mismo de la Iglesia. No es obra nuestra, sino don del Espíritu Santo, que armoniza la diversidad de carismas y nos conduce hacia la comunión plena». Hizo un llamamiento a que la esperanza «nos mantenga firmes en el camino, cerca de Cristo, para así estar cada vez, más cerca unos de otros. Y que así, siendo uno, el mundo crea».
