El Papa agradeció la acogida de Canarias, pidió mirar a cada persona más allá de las apariencias y advirtió contra quienes convierten el sufrimiento humano en negocio.
Último boletín
León XIV presidió este viernes la Santa Misa en la dársena del puerto de Santa Cruz de Tenerife, cierre de su viaje apostólico a España. Miles de fieles asistieron a la celebración, que se desarrolló junto al océano Atlántico en un escenario diseñado para evocar tanto la belleza del mar como el drama de la ruta migratoria atlántica.
El Pontífice llegó a Santa Cruz procedente de Gran Canaria a primera hora de la mañana, tras visitar el centro de acogida de Las Raíces y participar en un encuentro sobre integración de migrantes en la Plaza del Cristo de La Laguna. Antes de la Eucaristía recorrió parte del recinto portuario en papamóvil para saludar a los asistentes congregados a lo largo del trayecto.
La celebración reunió a peregrinos llegados desde La Palma, La Gomera, El Hierro y Tenerife, muchos de ellos ataviados con los trajes tradicionales de sus respectivas islas. El altar estuvo presidido por el Cristo de La Laguna y la Virgen de Candelaria, patrona de las Islas Canarias, dos de las devociones más significativas del archipiélago que rara vez se muestran juntas en una misma celebración.
Los cayucos situados junto al área litúrgica se erigieron en uno de los símbolos más relevantes de la jornada. Las embarcaciones evocaban a las miles de personas que han alcanzado Canarias tras atravesar una de las rutas migratorias más peligrosas del mundo y permanecieron visibles durante toda la celebración.
León XIV expresó durante la homilía su gratitud hacia quienes hacen de Tenerife un espacio de acogida y fraternidad. «Gracias por lo que son y por lo que hacen, convirtiendo a esta isla en un lugar donde encontrar al corazón de Cristo en el rostro amigo y hospitalario de personas y comunidades fraternas», afirmó.
El Pontífice instó a prestar atención a todos los sectores de la sociedad, desde los jóvenes hasta los mayores, desde los más favorecidos hasta los más vulnerables. «Todos ellos necesitan ser conocidos con una mirada que ve más allá de las apariencias y reconoce la profundidad de sus corazones inquietos, que no pocas veces ya está orientado, quizás inconscientemente, hacia el Reino de Dios y su justicia», señaló.
El Santo Padre evocó palabras de Francisco sobre la prisa constante que lleva a muchas personas a vivir atropelladamente, sin valorar adecuadamente a quienes tienen a su alrededor. Desde esa reflexión, conectó el mensaje con la realidad de Tenerife como destino turístico internacional.
León XIV planteó varias preguntas sobre las aspiraciones más profundas del ser humano y subrayó la necesidad de no reducir toda actividad al beneficio económico. «¿Qué busca el corazón humano? ¿Cómo responder a su sed de manera no engañosa? Qué importante es, especialmente para quien se deja orientar por el Evangelio, no reducir todo a comercio y beneficio», afirmó.
La explotación de la desesperación también ocupó un lugar central en su reflexión. El Pontífice denunció a quienes obtienen provecho del sufrimiento ajeno y recordó que la respuesta cristiana debe inspirarse en la misericordia de Cristo. «Frente a quien especula con la desesperación, como cristianos no sólo podemos ofrecer un reflejo del Señor que dice: “Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré”», manifestó. El Pontífice añadió además que «la gracia más grande es que nos dejemos evangelizar por aquellos a quienes socorremos», una idea que ya había desarrollado durante su estancia en Canarias al referirse al encuentro entre quienes ayudan y quienes necesitan ser acogidos.
La Eucaristía concluyó en un clima de recogimiento, emoción y alegría compartida. Tras impartir la bendición final y despedirse de los fieles presentes, León XIV se dirigió al aeropuerto de Tenerife Norte para emprender su regreso a Roma, cerrando así su viaje apostólico a España.
