
Ayer, 17 de enero, Vistalegre reunió a más de 6.000 personas —en su mayoría jóvenes— en “El Despertar”, un encuentro articulado con una lógica sencilla y, a la vez, poco frecuente: primero silencio e interioridad, después diálogo público con distintos perfiles y, al final, música y convivencia. No hacía falta compartir cada idea para reconocer lo evidente: allí se juntó gente para escuchar, pensar y debatir, no para corear un eslogan.
Sin embargo, El País prefirió hacer lo que mejor se le da cuando el hecho se le queda grande: encajarlo a presión en una etiqueta, afirmando que la derecha joven que impacta en las redes congrega a más de 6.000 fieles en Madrid. El titular no cuenta; sentencia. La fórmula “la derecha joven” actúa como llave maestra: una vez colocada, todo lo demás se interpreta en automático, como si 6.000 asistentes hubieran acudido a recibir instrucciones y no a vivir un formato híbrido que el propio periódico describe por partes.
Ahí aparece el verdadero problema: no la información, sino el encuadre. Cuando un medio decide que un rótulo basta para explicarlo todo, deja de informar y empieza a adiestrar. El lector ya no entra en Vistalegre, sino en la vitrina que le han preparado desde la prensa laicista. Y en esa vitrina, por definición, nadie respira: solo se exhibe.
El mecanismo se nota todavía más en el vocabulario. El mismo texto recurre a expresiones como “fieles” para referirse a los asistentes y subraya una supuesta dimensión “mística” por la intervención inicial de Jacques Philippe. Es un truco viejo: si el encuentro incluye silencio y referencias cristianas, se le coloca un collar semántico para que suene a “movilización religiosa” y no a reflexión. La palabra guía más que el dato. La intención guía más que el hecho.
Y, sin embargo, la apertura del evento no invitó a la obediencia, sino a la responsabilidad personal: apagar el móvil, cortar el ruido y volver a preguntas esenciales. Jacques Philippe lo formuló con claridad: “Está bien la diversión, y están bien las distracciones, a condición de no mantenernos siempre en esa actitud porque huimos de las cuestiones esenciales, porque rehuimos del contacto con nosotros mismos”. Y remató: el silencio “es el fundamento de la revelación”. Se podrá discutir el enfoque, pero resulta difícil convertirlo, sin forzar la máquina, en una consigna política.
Luego llegó el bloque de conversación con nombres conocidos —Antonini de Jiménez, Juan Soto Ivars, Jano García, René ZZ, Izanami Martínez, Juan Manuel de Prada, Ana Iris Simón— y, como en cualquier mesa abierta, aparecieron frases polémicas. Un medio puede citarlas, por supuesto. Lo discutible es convertir esas frases en el resumen moral de toda la tarde, como si el objetivo fuera fabricar un espantapájaros reconocible para el lector ya convencido.
El País, además, incurre en una contradicción reveladora: reconoce el formato del proyecto (ponencia, debate y encuentro social) y admite que ha tenido perfiles diversos en otras ocasiones; pero, aun así, insiste en el rótulo monolítico. El matiz queda como decoración; el marco manda. La crónica se vuelve una demostración práctica de cómo un titular puede imponerse a lo que el propio texto admite.
La guinda es el tono de superioridad implícita -la altivez moral de la que hace gala constantemente este diario- con el que se observa a los asistentes. Se les mira como si hiciera falta explicarles quiénes son, por qué han ido y qué “representan”. Como si reunirse para hablar, escuchar y convivir fuera sospechoso cuando no ocurre bajo los códigos culturales correctos. En 2026, esa es una de las formas más eficaces de desprecio: no insultar, sino etiquetar.
Conviene recordarlo: 6.000 jóvenes pasaron la tarde sentados, atentos y discutiendo ideas. El mínimo exigible a un gran diario sería tratar ese hecho con respeto, aunque le incomoden los ponentes o el clima espiritual del arranque. Un periódico no tiene obligación de aplaudir nada; sí tiene obligación de no confundir crónica con catequesis ideológica.
Porque, al final, lo llamativo no es que exista una juventud conservadora o crítica con el clima cultural dominante. Lo llamativo es que El País parezca incapaz de narrar un fenómeno sin reducirlo a un espécimen. Cuando el medio se empeña en “explicar” a los jóvenes desde la condescendencia, el problema deja de ser Vistalegre: el problema es el periodismo que renuncia a contar y se conforma con aleccionar.
