¿Para qué sirve un obispo que no hable de Dios?

¿Para qué sirve un obispo que no hable de Dios?

Aurora Buendía

Columnista de Opinión Crítica

Después de leer esta entrevista en Vida Nueva Digital me quedo, de verdad, patidifusa. No porque el cardenal José Cobo diga algo especialmente escandaloso, sino por algo más desconcertante: por la sensación de que, cuando habla, no lo hace como un pastor de almas, sino como alguien que gestiona un repertorio de conceptos. Y lo que vuelve todo esto aún más llamativo es el lugar donde lo hace. No estamos ante una conversación en un medio generalista- No es una entrevista en el periódico laicista El País, donde quizá hasta se aplaudiría un registro más institucional, más de “proceso”, más de equilibrio y encaje. No. Estamos en una publicación religiosa, en un entorno donde lo natural sería que el corazón del asunto respirara por sí solo. Y, sin embargo, ese corazón apenas late.

El titular ofrece una frase magnífica para colgar en una pared: “Una Iglesia que descuida su dimensión profética se queda coja.” Suena solemne, incluso heroica. Pero en cuanto una avanza por el texto, empieza a sospechar que esa “dimensión profética” funciona aquí como un perfume: huele fuerte al principio, impresiona, y luego va perdiendo fuerza. Porque cuando el entrevistador le propone la imagen espiritual de “navegar en las tormentas”, la respuesta no entra en ninguna tormenta; la evapora. Cobo afirma que “No se puede hablar de tormenta, en singular” y prefiere hablar de “actitudes” en lugar de “realidades concretas”. Y yo, como lectora, solo puedo preguntarme: ¿de qué profecía hablamos si, en el momento de nombrar la tempestad, se opta por la bruma?

La profecía bíblica no se reconoce por el tono grave, sino por el filo. El profeta no está para administrar palabras bonitas ni para presentar un marco general que deje a todo el mundo cómodo; está para llamar a la conversión, para señalar dónde se ha roto la fidelidad, para poner delante la verdad cuando incomoda. Por eso, cuando leo que hay que ser valientes, que hay que mantenerse fieles a la verdad revelada y vivir la comunión, pero todo queda formulado como un conjunto de máximas que no se concretan, me da la impresión de que el discurso se protege a sí mismo. Es una manera muy eficaz de sonar profundo sin molestar demasiado.

Ese mismo deslizamiento se repite cuando se le pregunta si hay vida en la Iglesia, si hay espacio para “aquello que nace”. La pregunta pide carnaza. La respuesta, en cambio, se abre con una frase que a mí me parece un síntoma: “Más que hablar de realidades que están naciendo…”. A partir de ahí, el texto se llena de continuidad, de Magisterio, de Vaticano II, de “procesos evangelizadores”, de sinodalidad. Todo suena formalmente impecable, todo queda dentro de lo correcto, todo tiene la textura de un documento bien encuadernado. Pero yo no estaba buscando encuadernación: estaba buscando Evangelio, o al menos un eco de él. Y me encuentro con un lenguaje que tiende a lo institucional como si lo institucional, por sí solo, bastara para sostener el alma.

Lo más llamativo es que esta conversación se da en un medio religioso, no en un espacio donde el obispo necesite “traducirse” a un público que no comparte la fe. Por eso me parece inevitable insistir: si incluso aquí el tono es predominantemente organizativo, algo falla. Un obispo puede hablar de estructuras, sí. Pero si habla como si la Iglesia fuera ante todo estructura, termina sonando como lo que no debería ser: una institución que se explica a sí misma, en lugar de una fe que se transmite.

Y para que nadie me diga que esto es solo una impresión subjetiva, he intentado medir algo muy concreto. He analizado únicamente las respuestas de José Cobo, excluyendo titulares, entradillas, destacados y las preguntas.  Solo las respuestas. En esas contestaciones no aparece ni una sola mención literal a seis palabras que, tratándose de un obispo en una publicación religiosa, deberían ser casi inevitables si de verdad se está hablando desde el centro de la fe: Cristo, Virgen, Mandamientos, Sacramentos, oración y sacrificio. Cero. Ninguna.

Es cierto que hay algunas referencias espirituales explícitas, pero aparecen como chispas sueltas: “Dios” se menciona dos veces (por ejemplo, en “pueblo de Dios” y “nos aproxima de Dios”), aparece una vez “revelada” en la expresión “verdad revelada”, una vez “sagrado” en “lo sagrado”, y una vez “Santo” por “Santo Padre”. Y conviene puntualizar algo importante: la expresión “El Señor…” está en la pregunta, en una cita del entrevistador, no en la respuesta de Cobo. Hasta el entrevistador hace más referencias sobrenaturales que el obispo entrevistado.

Con ese criterio estricto, las respuestas suman 403 palabras. Si considero “lenguaje espiritual” únicamente cuando aparecen literalmente “Dios”, “sagrado” o “revelada”, el total de palabras espirituales es 4. Eso da un 0,99%. Si además incluyo “Santo” por “Santo Padre”, serían 5 palabras, un 1,24%. No es una cuestión de exigir un rosario de términos piadosos; es una cuestión de centro. Porque cuando el lenguaje explícitamente espiritual ronda el uno por ciento, lo que queda no es silencio contemplativo: lo que queda es un predominio abrumador de vocabulario institucional, magisterial y organizativo.

A mí esto me lleva a una conclusión incómoda, pero bastante simple: si una entrevista en un medio religioso a un cardenal puede transcurrir casi entera sin que asome con claridad el núcleo de la fe, entonces no estamos ante un simple “estilo” neutro, sino ante un modo de hablar que desplaza el centro. Y cuando el centro se desplaza, lo demás se convierte en administración de palabras.

Además, yo no puedo evitar pensar —y lo digo como impresión personal, no como dato estadístico— que este mismo patrón aparece también en sus homilías. Ese tono de “comunicado” correcto, de prudencia institucional, de marco general, de frase redonda sin concreción espiritual. Y una homilía no debería sonar a comunicado: debería sonar a alimento. Por eso, cuando una suma entrevista más homilías y percibe la misma música, se le escapa una frase que quizá sea mordaz, pero que es sincerísima: un poco más de Dios y un poco menos de oficina.

Y al final vuelvo a la pregunta que me ha acompañado desde el primer párrafo, porque es la que lo resume todo sin necesidad de dramatizar nada: si un obispo no habla de Dios cuando le dan espacio para hacerlo, si no nombra a Cristo, si en una publicación religiosa su lenguaje se queda casi por completo en lo institucional, ¿qué pastoreo transmite? ¿Para qué necesito un obispo que no hable de Dios? Porque de la abundancia del corazón habla la boca (Lucas 6, 45).

Iglesia Noticias no se hace cargo de las opiniones de sus colaboradores, que no tienen por qué coincidir con su línea editorial.
Comentarios
1
Pilar León
54 minutos hace
Un obispo que evita hablar de Dios en un medio religioso es como un cocinero que no menciona los ingredientes en una receta: suena a vacío. ¿Qué hace falta para que la Iglesia recupere el pulso espiritual en lugar de convertirse en solo una burocracia?
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