La diplomacia vaticana actúa con discreción en escenarios de conflicto, guiada por principios evangélicos y un profundo conocimiento de las realidades locales.
El cardenal Fernando Filoni, Gran Maestre de la Orden Ecuestre del Santo Sepulcro de Jerusalén, ha dedicado gran parte de su carrera a la diplomacia en distintas regiones del mundo, incluyendo Sri Lanka, Irán, Brasil, Hong Kong, Jordania e Irak, sirviendo a tres pontificados antes del Papa León XIV. Según su experiencia, los valores que orientan a los representantes del Papa en el terreno son, en primer lugar, los del Evangelio, complementados por un profundo respeto a las circunstancias concretas donde desarrollan su labor. Además, subraya que el nuncio apostólico no elige su destino, sino que es designado para cumplir su misión en un país determinado.
En una carta reciente dirigida a la Pontificia Academia Eclesiástica, institución encargada de formar a los diplomáticos de la Santa Sede, el Papa León XVI señala que la función principal de la diplomacia es reconstruir "vínculos auténticos". El cardenal Filoni, quien asistió a esta Academia tras el Concilio Vaticano II, explica que el objetivo es establecer relaciones sólidas entre la Santa Sede y los Estados, lo que implica un análisis detallado tanto de la historia nacional como de la Iglesia local en cada contexto.
El cardenal recuerda las enseñanzas de Pablo VI, citando la Sollicitudo omnium ecclesiarum, para enfatizar que la integración en las Iglesias locales no busca reemplazar a los obispos, sino apoyarles en la transmisión de los deseos del Papa y en la comprensión de las expectativas que estas tienen hacia la Santa Sede. Esta colaboración estrecha con los obispos y las instituciones eclesiásticas es fundamental y recae principalmente en la figura del nuncio, quien debe promover un proceso sinodal basado en consultas cuidadosas para elegir a los representantes más adecuados. Filoni advierte que sin este método se pierde la identidad y la capacidad de la Iglesia para ofrecer un mensaje esperanzador.
Durante su servicio en diversos países, el cardenal Filoni valora las experiencias que le han enriquecido cultural y espiritualmente. Destaca especialmente su decisión de permanecer en Bagdad durante la Segunda Guerra del Golfo, a diferencia de otros diplomáticos, una determinación tomada tras dialogar con el Patriarca Caldeo y otros obispos que representan a una minoría cristiana. En sus palabras: «Nos quedamos aquí; somos pastores. No podemos estar ausentes y no debemos tener miedo. El miedo del pueblo es el nuestro. Pero también debemos compartir la esperanza que tenemos».
En relación con Oriente Medio, el cardenal subraya la necesidad de una perspectiva fraternal en medio de la violencia que afecta a la región. Además, alerta sobre la continua reducción de la población cristiana en esa zona durante el último siglo, calificando esta realidad como una tragedia que debe preocupar a todos, dado el valor histórico y espiritual que tiene para la Iglesia y para Tierra Santa.
