El Papa León XIV dirigió un llamamiento a las diversas comunidades cristianas durante la celebración de los Segundos Vísperas en la solemnidad de la Conversión de San Pablo, clausurando la 59ª Semana de Oración por la Unidad de los Cristianos.
El tema elegido para esta edición, tomado de la Carta a los Efesios, marcó toda la liturgia con la frase: «Uno solo es el cuerpo, uno solo es el espíritu, como una sola es la esperanza a la que Dios os ha llamado». A la ceremonia asistieron representantes de distintas Iglesias y comunidades eclesiales presentes en Roma, en un ambiente enriquecido por la dimensión coral de la oración cantada. Numerosos cardenales, arzobispos, obispos y monjes benedictinos participaron, con un grupo que respaldó a los dos coros en la interpretación de las antífonas gregorianas, aportando un elemento tradicional que favoreció la oración por su sobriedad.
En su intervención, el Papa León XIV retomó la figura del Apóstol de los gentiles a partir de un autorretrato paulino, en el que Pablo se define como «el más pequeño de los apóstoles» y recuerda su pasado como perseguidor. El Santo Padre destacó que el Apóstol no queda atrapado en la memoria de su culpa, pues la conversión surge de un encuentro que reorienta toda la vida. «Sin embargo, no es prisionero de aquel pasado, sino más bien “prisionero por causa del Señor”», afirmó, vinculando la experiencia de Damasco con el núcleo de la solemnidad actual.
León XIV señaló que la conversión tiene también una dimensión eclesial y misionera. Evocó el paso «de Saulo a Pablo» como símbolo de una transformación profunda: «Por la gracia de Dios, aquel que antes perseguía a Jesús ha sido completamente cambiado y se ha convertido en su testigo». En este sentido, relacionó esta transformación con la tarea actual de los cristianos, que consiste en anunciar y construir el Cuerpo de Cristo: «Cada encuentro auténtico con el Señor (…) ofrece una nueva perspectiva y dirección para cumplir la misión de edificar el Cuerpo de Cristo». La Semana por la Unidad se convierte así en un momento anual para evaluar esta realidad, ya que las divisiones hacen «más opaco» el rostro llamado a reflejar la luz de Cristo en el mundo.
El Papa situó el compromiso ecuménico dentro de una trayectoria histórica más amplia, recordando el 1700º aniversario del Concilio de Nicea y la conmemoración en İznik, donde la recitación conjunta del Credo niceno constituyó una muestra «valiosa e inolvidable» de unidad en Cristo. De este modo, invocó al Espíritu Santo para que conceda «la inteligencia dócil para comunicar con una sola voz la fe» a las personas de nuestro tiempo.
El Santo Padre también destacó el lenguaje presente en la Carta a los Efesios, donde la palabra “uno” aparece como un hilo conductor: «un solo cuerpo, un solo Espíritu, una sola esperanza, un solo Señor, una sola fe, un solo bautismo, un solo Dios». No se trata de un lema, sino de un principio eclesiológico que exige consecuencias prácticas. Citando a su predecesor, recordó que el camino sinodal católico y el ecuménico avanzan entrelazados; y mirando hacia el año 2033, que marcará el 2000º aniversario de la Pasión, Muerte y Resurrección del Señor, animó a profundizar en las prácticas de diálogo y comunicación entre las Iglesias.
En la conclusión de su reflexión, León XIV agradeció al cardenal Kurt Koch y al Dicasterio para la Promoción de la Unidad de los Cristianos, así como a los representantes presentes, entre ellos el Metropolita Polykarpos por el Patriarcado Ecuménico, el Arzobispo Khajag Barsamian por la Iglesia Apostólica Armenia y el Obispo Anthony Ball por la Comunión Anglicana, además de estudiantes y grupos ecuménicos que asistieron al cierre de la Semana.
Un momento especial estuvo dedicado a Armenia, origen de los subsidios de oración de este año. El Papa recordó la testificación cristiana marcada por el martirio y la figura de San Nersès Šnorhali, “el Gracioso”, a quien señaló como maestro de un ecumenismo que involucra a todo el pueblo de Dios y que requiere «la sanación de la memoria». También retomó una afirmación de San Juan Pablo II sobre el sentido último de la unidad, necesaria para la credibilidad del testimonio cristiano en el mundo contemporáneo.
