El arzobispo de San Francisco, Monseñor Salvatore J. Cordileone, aboga por la reconciliación litúrgica inspirada en la visión del Papa Benedicto XVI para superar las divisiones dentro de la Iglesia.
El artículo de Monseñor Salvatore J. Cordileone, publicado en First Things, aborda la necesidad urgente de poner fin a las denominadas "guerras litúrgicas" que han resurgido tras el motu proprio Traditionis Custodes. Según el prelado, este documento papal, que buscaba unificar las prácticas litúrgicas, ha reavivado tensiones al no reflejar la voluntad de los obispos, sino más bien subterfugios dentro de la Curia romana.
Monseñor Cordileone recuerda los tiempos de cambios posteriores al Concilio Vaticano II, cuando la reforma litúrgica generó confusión y disenso, afectando la enseñanza de la Iglesia y provocando un declive en las vocaciones religiosas. El principio lex orandi, lex credendi sigue siendo relevante, y el arzobispo destaca cómo la coexistencia pacífica promovida por el Papa Benedicto XVI a través de Summorum Pontificum permitió un enriquecimiento mutuo entre las formas litúrgicas antiguas y nuevas.
El artículo subraya la importancia del sentido del sagrado en la liturgia, que, según Cordileone, se ha perdido, contribuyendo a la desafección de los jóvenes hacia la Iglesia. Cita estudios que muestran una disminución significativa en la adhesión a la fe católica y señala que muchos jóvenes católicos sienten una atracción por la tradición, evidenciada en su interés por la misa en latín.
Monseñor Cordileone critica la imposición autoritaria de cambios litúrgicos tras el Concilio, abogando por un enfoque que permita un desarrollo orgánico del culto católico. Propone revisitar la visión del Papa Benedicto XVI para sanar la fractura litúrgica, permitiendo que las dos formas del rito romano se influyan mutuamente de manera enriquecedora.
El arzobispo concluye que la reconciliación litúrgica debe surgir de la experiencia vivida de los fieles, confiando en la tradición como una protección contra las arbitrariedades. La tradición, afirma, garantiza la igualdad y continuidad en la fe, preservando la comunión de los santos a través del tiempo.