Volver a Dios sin aplazarlo: la lección olvidada de la Navidad

Volver a Dios sin aplazarlo: la lección olvidada de la Navidad

Un texto de reflexión navideña invita a emprender un retorno a Dios, siguiendo la luz de la estrella como los Reyes Magos y afrontando las dificultades del camino.

El mensaje propone volver a Dios sin aplazar la decisión: “Nunca dudemos de emprender este viaje, tenemos que ponernos en camino”. Presenta ese regreso como una respuesta a las señales que, “como la estrella”, conducen a contemplar su gloria y a reconocer que, pese a la ciencia, el dinero y las prisas, existe “un vacío que sólo lo llena Dios”.

La reflexión advierte de que este retorno no se desarrolla sin obstáculos. Señala que el camino está “lleno de riesgos y dificultades” porque “el enemigo” intenta separar de Dios y ofrecer “otros conceptos de felicidad”, y pide cautela ante quienes la “venden” a bajo precio: “Ninguna felicidad verdadera es barata”. También describe la falta de comprensión del entorno hacia la vida cristiana. Indica que no hay que sorprenderse si aparecen problemas al seguir a Dios, ya que “el mundo se burla de la fe, ataca la fe y la siente como un estorbo para desbordarse en sus ambiciones”.

Como imagen de ese contraste, recuerda a los Reyes Magos: seguían la luz de la estrella mientras a su alrededor había oscuridad, “como el deleznable asesinato de inocentes bebés”; buscaban la bondad de Dios y, a la vez, constataban “la maldad de los hombres”, como en su encuentro con Herodes; y percibían la intensidad de la llamada mientras descubrían “la indiferencia de los más cercanos”. En esa línea, el texto anima a no condicionar la búsqueda de Dios a cambios ajenos: no esperar a que los padres se conviertan, a que los hijos sean buenos, a que el mundo “se lo merezca”, a que el otro tome la iniciativa para amar, a que el prójimo cambie para hacerle el bien o a que la Iglesia sea perfecta para empezar a amarla.

La reflexión sitúa la Navidad como un tiempo de regreso “a nuestras raíces” al contemplar al Niño Jesús. Afirma que, en abrazos, lágrimas, deseos, regalos, oraciones, celebraciones y gestos solidarios y fraternos, se vuelve a lo esencial; y añade que el Niño Jesús hace a las personas “más sensibles, más tiernos y delicados”, y ayuda a valorar lo que antes se despreciaba. Según el texto, en esas raíces hay “seguridad”, “futuro” y “esperanza”. Sostiene que estar bien arraigados y reconocer quiénes somos y de dónde venimos permite crear condiciones para alcanzar lo que se desea y una felicidad que se niega cuando se recorren “caminos falsos” siguiendo “las pasiones de este mundo”. En este marco, cita a Chesterton: “La felicidad no es sólo una esperanza sino también de alguna manera extraña un recuerdo… todos somos reyes exiliados”. A partir de ahí, subraya que la felicidad no se encuentra en el mañana cuando se logren dinero, fama, prestigio y comodidad, sino en una mirada que devuelve a las raíces y a “lo que perdimos”, descrita como “la añoranza del paraíso”.

El texto explica que se busca la felicidad por la nostalgia de lo perdido —“la inocencia, la amistad con Dios, la paz”— y afirma que no está en las cosas ni en una persona, sino en Dios. En ese punto, recoge una cita de Gustave Thibon: «La felicidad no se sueña. Está en todas partes, a condición de acogerlo todo como don de Dios».

Asimismo, señala que en estos días el Niño Jesús hace experimentar emociones profundas y deseos de ser mejor, salir adelante y regresar a Dios, “casi místicas”. Pide no desviar esos buenos deseos hacia supersticiones, sino encauzarlos “por el camino de la fe”. Si aumenta la ansiedad por no alcanzar la felicidad, el texto propone entenderlo como una llamada de Dios a las raíces, y presenta esa idea como “la lección de la Navidad”. Añade que, si la ansiedad lleva a temer el futuro, se recuerde que Dios “ya está ahí en el futuro esperándonos”.

De cara al nuevo año, invita a ser conscientes del cariño, los detalles, el sacrificio y la paciencia con los que muchas personas quieren a los demás. Al reconocer que no se merece tanto amor de parte de Dios y de muchas personas, incorpora una reflexión atribuida a Víctor Hugo: «La felicidad suprema en la vida es tener la convicción de que nos aman por lo que somos, o mejor dicho, a pesar de lo que somos».

El texto concluye con un llamamiento a esforzarse por vivir en paz y desear la dicha a los semejantes, sin dejarlo “a la suerte”, haciendo “lo que nos corresponde”. En ese tono, propone una felicitación personal: “No sólo te deseo que seas feliz en este año, sino que haré todo lo que pueda para que lo seas de verdad. Te comprenderé, te apoyaré, multiplicaré mis gestos de ayuda. Me esforzaré para que nuestra convivencia sea más feliz”. Finalmente, recoge unas palabras de San Charles de Foucauld como síntesis de los bienes espirituales deseados: “Que Jesús te guarde, querido hermano. Que te dé un Santo año, Santa vida y el cielo”.

Comentarios
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Julia Rubio
2 dias hace
A lo largo de la historia, muchos han buscado respuestas en lo espiritual ante el vacío que deja una sociedad materialista. En esta época navideña, sería prudente recordar que el camino hacia Dios no está exento de dificultades, y que la búsqueda auténtica de la felicidad se encuentra más allá de las distracciones mundanas. Es momento de abrazar esa búsqueda sin esperar perfección en nuestro entorno.
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