El Papa León XIV exhortó en Beirut a las autoridades libanesas y al cuerpo diplomático a ser “artífices de la paz” mediante la esperanza, la reconciliación y el compromiso de permanecer y trabajar por el bien común del Líbano y de todo Oriente Medio.
El Papa León XIV inició su discurso recordando las palabras de Jesús: «Bienaventurados los que trabajan por la paz» (Mt 5,9), y afirmó que en el Líbano la paz es mucho más que una palabra: es un deseo, una vocación, un don y una obra en constante construcción, confiada especialmente a quienes ejercen responsabilidades institucionales. El Santo Padre destacó como primera cualidad de los constructores de paz la capacidad de recomenzar siempre, subrayando la resiliencia del pueblo libanés, “un pueblo que no se rinde”, capaz de renacer con valentía ante las pruebas, incluso en medio de una economía que mata, la inestabilidad global y la radicalización de identidades y conflictos.
León XIV invitó a las autoridades a no separarse de su pueblo y a servirlo en su riqueza cultural y religiosa, hablando una sola lengua, “la lengua de la esperanza”, que permita un constante comenzar de nuevo y convierta el deseo de vivir y crecer juntos en una auténtica polifonía. En este sentido, valoró también el vínculo con los numerosos libaneses dispersos por el mundo. Como segunda característica de los constructores de paz, el Papa León XIV señaló el arduo camino de la reconciliación, que exige sanar heridas personales y colectivas, trabajar la memoria y favorecer el encuentro entre quienes han sufrido agravios e injusticias, porque “la verdad y la reconciliación siempre crecen juntas y sólo juntas”. Explicó que no hay reconciliación duradera sin un objetivo común ni sin instituciones que pongan el bien común por encima de intereses parciales. Recordó que la paz es mucho más que un equilibrio precario entre quienes viven separados bajo un mismo techo: es aprender a convivir como personas reconciliadas y a trabajar codo con codo por un futuro compartido.
Insistió en que el diálogo, incluso en medio de incomprensiones, es el camino hacia la reconciliación porque “la verdad más grande de todas es que estemos juntos insertados en un proyecto que Dios ha preparado para que seamos una familia”, llamados a ampliar el horizonte más allá de vallas y barreras. Como tercera cualidad del constructor de paz, subrayó el valor de quienes se atreven a quedarse o regresar a su país aun en condiciones difíciles. Reconoció así la hemorragia constante de jóvenes y familias que emigran, pero alentó a permanecer y colaborar cada día en la construcción de la “civilización del amor y de la paz”.
Además afirmó que la Iglesia desea que nadie se vea obligado a partir y que quien lo desee pueda regresar con seguridad. Valoró asimismo la movilidad humana como oportunidad para el encuentro y enriquecimiento mutuo sin perder el vínculo especial con la propia tierra, donde la paz crece en un contexto vital concreto marcado por vínculos geográficos, históricos y espirituales. Citando la encíclica Fratelli tutti, del Papa Francisco, recordó: «Hay que mirar lo global, que nos rescata de la mezquindad casera [...] Simultáneamente, hay que asumir con cordialidad lo local [...] Por lo tanto, la fraternidad universal y la amistad social dentro de cada sociedad son dos polos inseparables y coesenciales» (n. 142). Planteó así el desafío de ofrecer a los jóvenes motivos para no emigrar sino para convertirse en protagonistas activos de la paz en su propia tierra.
También llamó a cristianos y musulmanes junto con todos los sectores religiosos y civiles del país a comprometerse en sensibilizar al mundo sobre esta realidad. Destacó además el papel imprescindible de las mujeres en la custodia y construcción de la paz por su capacidad específica para tejer vínculos profundos con la vida, las personas y los lugares. Afirmó que su participación activa en los ámbitos social, político y religioso —unida al impulso renovador de los jóvenes— constituye una fuerza decisiva para sostener este proceso.
