El subsecretario del Sínodo exige comunión real a los más de 1.300 sacerdotes reunidos en Madrid y alerta contra la ideologización de la fe.
“Quien causa división dentro de la Iglesia no es de Dios, está actuando contra su voluntad”. Con esta advertencia directa y sin matices, el subsecretario del Sínodo de los Obispos, Luis Marín, marcó el tono de su intervención en la segunda jornada de Convivium, la macroasamblea convocada por el cardenal José Cobo que reúne a más de 1.300 sacerdotes de la Archidiócesis de Madrid.
Desde el auditorio de la Fundación Pablo VI, el arzobispo agustino defendió que el sacerdote está llamado a ser “un servidor de la alegría”, pero dejó claro que esa misión exige una conversión concreta. “Necesitamos un presbiterio santo”, afirmó como condición para aterrizar la sinodalidad y hacer de la Iglesia una verdadera “familia de Dios”. Y precisó que no se trata de teorías: “No es algo etéreo ni espiritualismo”.
Marín centró buena parte de su intervención en la urgencia de “cuidar la comunión”, que definió como “opción de amor” y no como uniformidad. En coherencia con el Concilio Vaticano II, advirtió del “peligro de ideologizar la fe, absolutizar expresiones y confundir lo esencial con lo accesorio”.
Su mensaje fue especialmente contundente al denunciar actitudes que, a su juicio, rompen el tejido eclesial: “Si causamos división, envenenamos”. Aclaró que no se refería a la diversidad de opiniones o sensibilidades, sino a algo más profundo: “La ruptura del vínculo del amor; a ver un enemigo en el otro cristiano que no piensa como yo; a despersonalizar, a considerar números a los hijos e hijas de Dios”.
El subsecretario del Sínodo también puso el foco en el ejercicio concreto del ministerio. El sacerdote, dijo, es ante todo “servicio” al estilo del Buen Pastor y no puede actuar al margen de la comunidad. “El pastor no puede desempeñar su misión sin la comunidad”, insistió.
En esa línea, subrayó que el sacerdote está “obligado a escuchar, evaluar y dar explicaciones”, una afirmación que refuerza la exigencia de corresponsabilidad en la vida parroquial.
Como medida inmediata, reclamó que “los consejos pastorales deben existir en todas las parroquias”. Eso sí, rechazó tanto el formalismo vacío —“no es cumplir el expediente ni una reunión de amigos”— como el asamblearismo o el autoritarismo: “No significa que se propugne un régimen asambleario ni tampoco que soy un rey en una cumbre solitaria que dicta decretos”.
En el turno de preguntas, Marín abordó el encaje de métodos de evangelización como Emaús o realidades emergentes como Hakuna. Su postura fue clara: “Siempre que no se sitúen al margen de la Iglesia, bienvenidos sean”, pero advirtió contra el riesgo de convertirse en “grupos que se encierren en sí mismos”.
Respecto al papel de la mujer en la Iglesia, se refirió al informe sobre las diaconisas y señaló que “no es concluyente”, dejando abierta la cuestión.
Con un discurso firme y centrado en la comunión, Marín instó al clero madrileño a abandonar dinámicas de confrontación interna y a asumir una sinodalidad concreta, con escucha real, corresponsabilidad efectiva y rechazo frontal de cualquier forma de división.
