El cardenal Secretario de Estado del Vaticano, Pietro Parolin, celebró una misa en la concatedral de la Sagrada Familia en Kuwait, durante su visita oficial iniciada el 14 de enero.
Tras mantener conversaciones con el primer ministro de Kuwait, jeque Ahmad Abdullah Al-Ahmad Al-Sabah, el cardenal presidió la Eucaristía con motivo del 65º aniversario de la consagración de la concatedral, transmitiendo los «cordiales saludos» y la «cercanía espiritual» del Papa León XIV. En su homilía, definió este templo como un «lugar de encuentro para el diálogo ecuménico e interreligioso, un puerto seguro y un espacio de paz y armonía», que sostiene la vida espiritual de numerosos fieles provenientes de diversas partes del mundo, atraídos por la esperanza de un futuro mejor.
Pietro Parolin destacó la singular ubicación geográfica de Kuwait, situada entre el desierto y el mar, elementos que simbolizan respectivamente el «silencio» y la «guía». Sobre el desierto, señaló que no es solo un «espacio físico de soledad», sino un lugar donde Dios condujo a su pueblo para establecer una alianza y manifestar su cercanía, invitando al silencio y a la escucha. Recordó que desde el desierto se alzó la voz de Juan Bautista, quien «sigue invitándonos a abrir nuestros corazones para que Jesucristo pueda entrar en el templo de nuestra vida».
En relación con el mar, el cardenal explicó su gran significado para las sociedades del Golfo Arábigo, a menudo llamado «el espejo del desierto». En la antigüedad, se aprendía a orientarse con las estrellas para no perderse en las arenas y se respetaba el mar, considerado un «desierto azul» que exige respeto, valor y dependencia del Creador. Además, recordó que el mar fue escenario de episodios evangélicos como el encuentro de Jesús con sus discípulos, la pesca milagrosa y su caminar sobre las aguas durante la tormenta.
La concatedral, situada entre la inmensidad del desierto y el horizonte del Golfo, representa una «estrella espiritual» que guía a quienes viven lejos de su hogar o navegan por el mar, con la mirada puesta en la vida eterna. Este templo es un símbolo de la luz que Dios hace brillar sobre los pueblos, un refugio de paz donde la fe actúa como brújula y Jesucristo es el puerto seguro para toda la humanidad. El cardenal concluyó subrayando la diversidad de las comunidades cristianas que se reúnen en la concatedral, integrando fieles de distintos ritos de Oriente y Occidente, reflejo de la catolicidad de la Iglesia como «unidad en la diversidad».
En un encuentro posterior con el clero y religiosos del Vicariato Apostólico de Arabia Septentrional, celebrado también en la concatedral, Parolin transmitió nuevamente el saludo del Papa León XIV, quien «sigue con gran atención la actividad de la Iglesia misionera» en la región. Citando las palabras del Santo Padre durante el Jubileo de los sacerdotes, el cardenal animó a vivir el ministerio desde el amor y no desde la búsqueda de la «perfección», con alegría y conciencia de ser «elegidos y amados por el Señor».
En el Año Santo dedicado a la vida consagrada, recordó la exhortación del Papa a superar el «individualismo religioso», proponiendo vivir la misión a través de tres verbos: pedir, reconociendo la propia insuficiencia; buscar, descubriendo la voluntad de Dios en cada acción; y llamar, implorando al Señor para que sea el «todo» de cada uno.
Parolin también insistió en no dejarse vencer por el «derrotismo» y continuar la misión hacia las «periferias», especialmente en la península arábiga, donde las comunidades cristianas están compuestas por fieles de distintos ritos y lenguas, siendo un signo de la universalidad de la Iglesia. Recordó el testimonio de santos que promovieron la paz y la unidad, entre ellos San Francisco de Asís, san Carlos de Foucauld, santa Josefina Bakhita y san Daniel Comboni.
