El texto entregado por el cardenal Roche sitúa la reforma litúrgica como un rasgo constante de la vida eclesial, desde los orígenes hasta el Concilio Vaticano II, y la vincula a la necesidad de preservar la unidad sin convertir la Tradición en una “colección de cosas muertas”. A partir del ejemplo de San Pío V y de los principios de Sacrosanctum Concilium, sostiene que el rito, marcado por elementos culturales cambiantes, exige un desarrollo orgánico que conjugue “mantener la tradición sólida” con “abrir el camino al progreso legítimo”. En esta línea, recuerda palabras del Papa Francisco para afirmar que, sin reforma litúrgica, no hay reforma de la Iglesia, subraya la falta de formación —también en
1.- La Liturgia ha experimentado reformas a lo largo de la historia de la Iglesia. Desde la Didaché hasta la Traditio Apostolica; del uso del griego al latín; de los libelli precum a los Sacramentarios y los Ordines; de los Pontificales a las reformas franco-germánicas; de la Liturgia secundum usum romanae curiae a la reforma tridentina; y de las reformas parciales post-tridentinas a la reforma general del Concilio Vaticano II. Podríamos afirmar que la historia de la Liturgia es la historia de un continuo «reformar» en un proceso de desarrollo orgánico.
2.- Al afrontar la reforma de los libros litúrgicos en cumplimiento del mandato del Concilio de Trento (cf. Sesión XXV, Decreto General, cap. XXI), San Pío V actuó con el propósito de preservar la unidad de la Iglesia. La bula Quo primum (14 de julio de 1570), que promulgó el Misal Romano, afirma que “como en la Iglesia de Dios hay una sola manera de recitar los salmos, así conviene que haya un solo rito para celebrar la Misa” (cum unum in Ecclesia Dei psallendi modum, unum Missae celebrandae ritum esse maxime deceat).
3.- La necesidad de reformar la Liturgia está estrechamente ligada al componente ritual, a través del cual — per ritus et preces (SC 48) — participamos en el misterio pascual: el rito está caracterizado por elementos culturales que varían en el tiempo y en los lugares.
4.- Además, dado que la “Tradición no es la transmisión de cosas o palabras, una colección de cosas muertas”, sino “el río vivo que nos une a los orígenes, el río vivo en el que los orígenes están siempre presentes” (Benedicto XVI, Audiencia General, 26 de abril de 2006), podemos afirmar que la reforma litúrgica promovida por el Concilio Vaticano II no solo está en plena sintonía con el verdadero sentido de la Tradición, sino que constituye una forma singular de servir a la Tradición, entendida como un gran río que nos conduce a las puertas de la eternidad (ibíd.).
5.- En esta perspectiva dinámica, “mantener la tradición sólida” y “abrir el camino al progreso legítimo” (SC 23) no pueden entenderse como acciones separadas: sin un “progreso legítimo” la tradición se reduciría a una “colección de cosas muertas” no siempre saludable; sin la “sana tradición” el progreso corre el riesgo de convertirse en una búsqueda patológica de novedad, incapaz de generar vida, como un río cuyo cauce está bloqueado y separado de sus fuentes.
6.- En el discurso dirigido a los participantes en la Plenaria del Dicasterio para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos (8 de febrero de 2024), el Papa Francisco expresó lo siguiente:
“A sesenta años de la promulgación de la Sacrosanctum Concilium, las palabras que leemos en su introducción, con las que los Padres declararon el propósito del Concilio, no dejan de entusiasmar. Son objetivos que describen un deseo preciso de reformar la Iglesia en sus dimensiones fundamentales: hacer que la vida cristiana de los fieles crezca cada día más; adaptar mejor a las necesidades de nuestro tiempo las instituciones sujetas a cambio; fomentar todo lo que pueda promover la unión entre todos los que creen en Cristo; fortalecer lo que sirve para llamar a todos al seno de la Iglesia (cf. SC 1). Es una tarea de renovación espiritual, pastoral, ecuménica y misionera. Y para llevarla a cabo, los Padres conciliares sabían por dónde debían empezar, sabían que había razones particularmente urgentes para emprender la reforma y la promoción de la liturgia” (Ibíd.). Es como decir: sin reforma litúrgica, no hay reforma de la Iglesia”.
7.- La reforma litúrgica se elaboró sobre la base de una “investigación teológica, histórica y pastoral precisa” (SC 23). Su alcance era hacer más plena la participación de los fieles en el misterio pascual y adaptar la liturgia a las circunstancias cambiantes, sin perder la unidad esencial del rito.
