De las cenizas a la resurrección: una llamada a reconocer el pecado sin evasiones

De las cenizas a la resurrección: una llamada a reconocer el pecado sin evasiones

El inicio de cada periodo litúrgico nos invita a redescubrir con renovada alegría la gracia de ser Iglesia, una comunidad llamada a escuchar la Palabra de Dios.

El profeta Joel convoca a todos a salir del aislamiento y a asumir la conversión como una urgencia tanto personal como colectiva: “Reunid al pueblo, convocad la asamblea santa, juntad a los ancianos, congregad a los niños y a los que maman” (Jl 2, 16). En su llamado incluye a quienes normalmente serían excluidos, como los más vulnerables, y también a los esposos, sacándolos de su intimidad para integrarlos en una comunidad mayor. Los sacerdotes, situados “entre la puerta y el altar” (v. 17), son invitados a llorar y a interceder con palabras adecuadas: “Ten piedad, Señor, de tu pueblo” (v. 17).

El tiempo de Cuaresma sigue siendo un momento comunitario esencial: “Reunid al pueblo, convocad la asamblea santa” (Jl 2, 16). En una época en que resulta cada vez más complejo congregar a las personas y sentirse parte de un pueblo, no desde un nacionalismo agresivo, sino en una comunión donde cada uno ocupa su lugar, se configura un pueblo que reconoce sus pecados. El mal no proviene de enemigos externos, sino que afecta a los corazones y está presente en la vida de cada individuo, por lo que debe afrontarse con valentía y responsabilidad. Esta postura, contraria a la corriente dominante que suele declarar impotencia ante un mundo en crisis, representa una alternativa honesta y atractiva. La Iglesia también existe como profecía para comunidades que admiten sus faltas.

Si bien el pecado es individual, se manifiesta en los entornos reales y virtuales que habitamos, en las actitudes que condicionan nuestras relaciones, y en las “estructuras de pecado” de índole económica, cultural, política e incluso religiosa. La Escritura nos enseña que enfrentar al Dios vivo contra la idolatría implica atreverse a la libertad y recuperarla mediante un éxodo, un camino de transformación. No permanecer paralizados o rígidos en nuestras posturas, sino unidos para avanzar y cambiar. Resulta poco común encontrar adultos que se arrepientan, o instituciones y empresas que reconozcan sus errores.

Precisamente hoy se presenta esta oportunidad. No es casualidad que muchos jóvenes, incluso en contextos secularizados, perciban con mayor claridad el llamado del Miércoles de Ceniza. Son ellos quienes comprenden que es posible un modo de vida más justo y que existen responsabilidades respecto a las deficiencias en la Iglesia y en el mundo. Por ello, es necesario comenzar desde donde se pueda y con quienes estén presentes. “Ahora es el momento favorable, ahora es el día de la salvación” (2 Co 6, 2). Así, la dimensión misionera de la Cuaresma no desvía la atención del trabajo interior, sino que lo abre a personas inquietas y de buena voluntad que buscan un auténtico renacer hacia el Reino de Dios y su justicia.

El profeta plantea una pregunta que actúa como estímulo: “¿Por qué dirán las naciones: ‘¿Dónde está su Dios?’?” (Jl 2, 17). Esta cuestión también refleja las dudas de quienes observan desde fuera al pueblo de Dios. La Cuaresma invita a esas conversiones que son esenciales para la credibilidad del mensaje que se proclama.

Hace sesenta años, semanas después de concluir el Concilio Vaticano II, San Pablo VI quiso hacer visible para todos el rito de la imposición de cenizas durante una Audiencia General en la Basilica de San Pedro. Lo describió como una “ceremonia penitencial severa e impresionante” (Pablo VI, Audiencia general, 23 de febrero de 1966), que desafía el sentido común pero conecta con las inquietudes culturales. Afirmó: “Nosotros, los modernos, podemos preguntarnos si esta pedagogía sigue siendo comprensible. Respondemos afirmativamente, porque es una pedagogía realista. Es un severo recordatorio de la verdad. Nos devuelve la visión correcta de nuestra existencia y destino”.

Esta “pedagogía penitencial” –explicaba Pablo VI– sorprende al hombre moderno en dos aspectos: primero, por su enorme capacidad de ilusión, autosugestión y negación de la realidad; segundo, porque ofrece un camino para recuperar la verdad y la libertad. La imposición de cenizas, símbolo de penitencia y conversión, invita a reconocer el pecado sin evasiones y a abrirse a la esperanza de la resurrección. Así, la Cuaresma se presenta como un tiempo propicio para la renovación espiritual y la preparación para la Pascua, en fidelidad a la tradición de la Iglesia y su misión de guiar a los fieles hacia la santidad.

Comentarios
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José Fuentes
3 horas hace
¿De verdad estamos listos para reconocer nuestros pecados sin excusas? La Cuaresma es un grito de urgencia a convertirnos, no solo individualmente, sino como comunidad, enfrentando el mal que nos rodea y que surge en nuestros corazones. No podemos quedarnos parados; la transformación comienza ahora.
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