El Papa León XIV celebró la misa vespertina en una parroquia romana, subrayando que los mandamientos divinos representan una vía hacia la libertad y el desarrollo personal.
La Eucaristía de las 17:00 horas tuvo lugar tras tres intervenciones dirigidas a distintos grupos parroquiales en Santa Maria Regina Pacis, situada en Ostia Lido.
Al meditar sobre el pasaje evangélico del día (Mateo 5:17-37), el Papa León explicó que, mediante el Decálogo, después del éxodo de Egipto, Dios estableció un pacto con su pueblo, brindándole un proyecto vital y un camino hacia la salvación. Estas “Diez Palabras” deben interpretarse en el marco del proceso de liberación que convirtió a un conjunto de tribus divididas y sometidas en una comunidad unida y libre.
Durante la travesía por el desierto, los mandamientos se presentan como una guía luminosa; su cumplimiento no se limita a una observancia formal, sino que se vive como un acto de amor y una respuesta agradecida y confiada al Señor del pacto. Por ello, la ley otorgada por Dios no contradice la libertad del pueblo, sino que constituye la base para su desarrollo pleno.
La primera lectura, extraída del libro de Sirácida (cf. 15, 16-21), junto con el Salmo 118, que acompañó la respuesta cantada, invitan a percibir los mandamientos divinos no como una norma opresiva, sino como una enseñanza destinada a quienes buscan la plenitud y la libertad.
Al centrarse en las palabras de Cristo sobre la ira y el lenguaje ofensivo (Mateo 5:21-22), el Papa León señaló que Jesús “señala la fidelidad a Dios, fundamentada en el respeto y el cuidado hacia los demás en su inviolable sacralidad, como el camino hacia la realización humana, que debe cultivarse primero en el corazón, antes que en acciones y palabras”.
El Santo Padre añadió que “es en el corazón donde nacen los sentimientos más nobles, pero también las profanaciones más dolorosas: la cerrazón, la envidia, los celos, de modo que quienes albergan malos pensamientos hacia su hermano, guardando sentimientos negativos, es como si ya lo mataran en su interior”.
Al concluir su homilía, recordó los orígenes de la parroquia: hace ciento diez años, el Papa Benedicto XV decidió dedicar esta comunidad a Santa María Reina de la Paz, en plena Primera Guerra Mundial, con la intención de que fuera un rayo de luz en un cielo sombrío por el conflicto. Sin embargo, con el paso del tiempo, persisten muchas sombras en el mundo, debido a la difusión de ideologías contrarias al Evangelio, que exaltan la supremacía del más fuerte, fomentan la arrogancia y alimentan la seducción de la victoria a cualquier precio, ignorando el sufrimiento y la indefensión.
Frente a esta realidad, el Papa invitó a contrarrestar esas tendencias con la fuerza desarmada de la mansedumbre, perseverando en la petición de la paz y acogiendo y cultivando este don con tenacidad y humildad. Citó a San Agustín, quien enseñó que “Es más difícil alabar la paz que poseerla… Si deseamos poseerla, podemos hacerlo sin el menor esfuerzo” (Sermón 357, 1). Esto se debe a que nuestra paz es Cristo, que se conquista dejándonos ganar y transformar por Él, abriendo el corazón y, con su gracia, también a quienes pone en nuestro camino.
El Papa concluyó exhortando a la comunidad a practicar este compromiso diariamente, unidos y con la ayuda de María, Reina de la Paz, para que ella, Madre de Dios y de todos, los guarde y proteja siempre. Amén.
