Mons. Goyarrola comparte anécdotas inéditas con dos Papas

Mons. Goyarrola comparte anécdotas inéditas con dos Papas

El obispo de Helsinki, Mons. Raimo Goyarrola, compartió en una charla en el CEU en Madrid, el 28 de noviembre, detalles desconocidos de su nombramiento episcopal, de su trato cercano con el Papa Francisco y con el actual Papa León XIV, y explicó cómo su formación como médico configura su mirada sobre la vida, el sufrimiento y la enfermedad, en una Iglesia finlandesa que apenas dispone de medios económicos.

Durante su intervención en el salón de actos del CEU, el obispo de Helsinki comenzó describiendo la intensidad de sus jornadas pastorales y la emoción que le producen las largas filas de fieles que se acercan al término de la misa para saludarle, pedir la bendición o confiarle sus preocupaciones. Confesó que, ante esos gestos de afecto, «por dentro lloro de agradecimiento a Dios por el cariño de la gente», dando a entender que ese trato directo con las personas es uno de los aspectos que más marcan su ministerio cotidiano.

A continuación relató el momento en que conoció su nombramiento episcopal, cuando el nuncio apostólico lo citó en Estocolmo para hablar de un supuesto “asunto” y, sin preámbulos, le comunicó: «El Papa Francisco te ha nombrado obispo de Helsinki». Contó que su reacción espontánea fue una cadena de negativas —«no, no, no»— hasta que el nuncio le mostró el decreto ya firmado. Recordó después el juramento realizado en Roma ante el entonces cardenal Prevost, hoy Papa León XIV, y la audiencia en la que el Papa Francisco le manifestó un afecto inmediato que él correspondió desde el primer momento.

Entre las anécdotas más llamativas destacó la historia de su anillo episcopal. Explicó que el Papa Francisco, tras llamar a su secretario y hacer traer varios anillos, escogió uno, se lo colocó personalmente y le dijo: «Hasta ayer era mío; ahora es tuyo. Pero no lo vendas». Más tarde, un experto le confirmó que se trataba del anillo personal que el Papa Francisco había recibido cuando era cardenal, una pieza que le regaló en su día san Juan Pablo II. El propio pontífice corroboró este origen en un encuentro posterior, al reconocer que aquel anillo había sido suyo.

El obispo evocó también un momento especialmente conmovedor junto al actual Papa León XIV durante una gran adoración eucarística con jóvenes, en la que cientos de obispos permanecieron arrodillados en silencio ante el Santísimo. Relató que muchos lloraban y que, en ese clima de oración, comprendió con claridad el mensaje central del pontificado: la primacía absoluta de Jesucristo en la vida de la Iglesia, por encima de opiniones personales o proyectos humanos, como criterio para la unidad eclesial y para toda auténtica renovación espiritual.

En un cambio de registro, Mons. Goyarrola habló desde su identidad de médico, anterior incluso a su ordenación sacerdotal. Señaló que su formación científica le lleva a contemplar el inicio de la vida humana con plena certeza biológica: «Cuando el elemento femenino y el masculino se unen, surge una célula con ADN propio. Eso es un ser vivo». Recordó que al mes ya late el corazón y que a los tres meses el cuerpo del niño está completamente formado. Subrayó que estos hechos pertenecen al terreno de la ciencia y del sentido común, y lamentó que el debate sobre la vida se haya desplazado hacia ideologías que oscurecen la razón y la honradez intelectual.

Al referirse a la enfermedad grave y al final de la vida, el obispo explicó que está concluyendo una tesis doctoral en cuidados paliativos, convencido de que el sufrimiento profundo de muchas personas mayores o solas es, sobre todo, de carácter espiritual. Afirmó que hoy el dolor físico puede controlarse, pero que la verdadera herida es la falta de sentido, la soledad y el miedo. Por ello reivindicó la figura humanista del médico que acompaña, escucha y permanece al lado del enfermo, frente a una visión puramente técnica que reduce a la persona a un conjunto de órganos o síntomas.

En la parte final de su intervención, Mons. Goyarrola abordó la situación material de la Iglesia católica en Finlandia, que definió como muy delicada. Explicó que el Estado entrega únicamente cinco euros al año por cada católico registrado, una cantidad que ironizó comparándola con «un café aguado y frío en una terraza de Helsinki». Con ese ingreso simbólico, la diócesis debe sostener a decenas de empleados, afrontar facturas de calefacción muy elevadas por el clima y mantener parroquias que con frecuencia apenas pueden cubrir sus gastos ordinarios.

Como ejemplo de esta fragilidad económica, relató un episodio reciente en el que, la víspera del pago de salarios, su ecónomo le comunicó que no había dinero suficiente. Contó que fue entonces a la capilla y le dijo al Señor que aquel “chiste” no tenía ninguna gracia. Ese mismo día llegó una ayuda inesperada que permitió abonar las nóminas, aunque advirtió de que la situación sigue siendo frágil y que la diócesis necesita apoyos estables para poder sostener su actividad pastoral y los proyectos que se están poniendo en marcha.

El obispo quiso compartir también experiencias muy concretas de ecumenismo vivido, como las procesiones conjuntas con obispos ortodoxos por las calles de Helsinki, en las que se porta un icono bizantino y la imagen de la Virgen de Fátima, o el hecho de que Finlandia haya sido sede de un primer encuentro oficial entre líderes católicos y pentecostales. Presentó estos gestos como signos esperanzadores de una búsqueda sincera de unidad entre cristianos, basada en la oración y en el respeto mutuo.

La conferencia concluyó con una anécdota que, según dijo, le impresionó de manera particular. Tres jóvenes no bautizadas entraron en la sacristía tras la misa y le dijeron que querían confesarse. Ninguna había recibido formación cristiana, pero sentían la necesidad de pedir perdón. Mons. Goyarrola les explicó el camino hacia el bautismo, que borra los pecados, y describió esa visita inesperada como una intuición misteriosa de la gracia: «No supieron decirme por qué habían venido, pero querían encontrarse con Cristo». Al despedirse, agradeció la acogida recibida en Madrid y pidió oraciones por una Iglesia pequeña y con escasos recursos, pero llena de historias, encuentros y una singular combinación de fe, ciencia y humanidad que, según afirmó, sigue guiando cada día su vida como obispo y como médico.

Comentarios
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Naiara Ballesteros
9 horas hace
La historia del obispo Goyarrola muestra una desconexión preocupante entre el espiritualismo de la Iglesia y la dura realidad económica en Finlandia. Su formación médica debería impulsar a la Iglesia a integrar la atención espiritual en la salud. ¿Qué va a hacer el Episcopado para abordar la soledad y el sufrimiento real de la gente?
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