La celebración del Bautismo del Señor marca el fin del tiempo litúrgico de Navidad, destacando la manifestación de Jesús como salvador y su introducción en la realidad humana de pecado.
Con la celebración del Bautismo del Señor concluyó el tiempo litúrgico de Navidad, periodo en el que la Iglesia destacó la manifestación del Hijo de Dios como salvador de israelitas y gentiles. A lo largo de estos días se recordó cómo el Niño Jesús recibió la visita y la adoración de pastores y Magos, en un itinerario que subrayó la importancia del encuentro con el Salvador para creer en Él. Aunque entre la Epifanía y el bautismo en el Jordán mediaron muchos años, la liturgia conmemoró un mismo comienzo: el inicio de la salvación de Dios, ahora con particular énfasis en su condición de Mesías.
Daniel Escobar, delegado episcopal de Liturgia, reflexionó sobre el pasaje del bautismo de Jesús, presente en los tres evangelios sinópticos, si bien solo Mateo recogió un diálogo entre Jesús y Juan Bautista. En ese intercambio, Jesús explicó que su bautismo era necesario para "cumplir toda justicia", es decir, para mostrar que Dios, como el justo, justifica a quienes confían en Él. Este gesto de inmersión simbolizó la entrada de Jesús en la realidad humana de pecado y abrió a los hombres la participación en su vida divina. La obediencia de Jesús al Padre aparece como una constante a lo largo de su vida, tal como reflejan los Cánticos del Siervo de Isaías.
El Evangelio culminó con la manifestación del Espíritu Santo sobre Jesús en forma de paloma y con la voz que proclamó: "Este es mi Hijo amado, en quien me complazco". Jesús recibió la unción del Espíritu Santo, que le confirió la misión de introducir a los creyentes en el conocimiento de Dios y ofrecerles acceso a la vida divina mediante el nuevo bautismo, inaugurado por su muerte y resurrección. En la fiesta del Bautismo del Señor, los cristianos recordaron su propio bautismo, participaron en la misión de Cristo y recibieron, también ellos, la unción del Espíritu Santo.
