Yo creo en Dios, en 2026

Yo creo en Dios, en 2026

La noche del 31 de diciembre estuvo marcada por una expectación mundial poco habitual: La Oreja de Van Gogh presentaba un nuevo single y lo hacía, además, con el regreso de Amaia Montero como intérprete.

El anuncio había disparado la nostalgia y la curiosidad a partes iguales. Sin embargo, lo que se esperaba como una celebración unánime se convirtió en sorpresa y debate desde el primer minuto.

Las opiniones no tardaron en dividirse. Hubo quien puso el foco en el uso del playback durante la presentación y quien cuestionó la vestimenta de la artista, interpretándola como una declaración estética o como una simple elección escénica. Pero, más allá de estas discusiones, algo quedó claro: el verdadero peso del lanzamiento no estaba en la forma, sino en el fondo. En el mensaje de la canción, en lo que dice y, sobre todo, en lo que provoca.

El tema plantea una idea de calado: no somos solo materia, somos algo más. La canción lo expresa desde sus primeros versos, cuando afirma: “Somos los dos / polvo de estrellas / misterio, luz, / algo sobrenatural”. No se trata de una metáfora ingenua, sino de una toma de posición: el ser humano no se agota en lo físico ni en lo medible. Hay misterio, hay trascendencia, hay una dimensión que desborda lo puramente material. En ese contexto cobra sentido la frase central del tema, que la canción proclama sin rodeos, literalmente, en su estribillo y parte principal: “yo creo en Dios”.

Ese gesto se refuerza aún más cuando la letra añade: “Allí donde muere el orgullo / hoy nace la fe”. La frase no es casual ni decorativa. Habla de un tiempo en el que la autosuficiencia, el yo absoluto y el orgullo como bandera muestran signos de agotamiento. Cuando esas certezas se resquebrajan, aparece la fe como posibilidad, no como imposición. Que esta afirmación la proclame un grupo mundialmente conocido en su regreso, no es un gesto menor: es un síntoma de cambio social, de preguntas que ya no se esconden.

La canción continúa profundizando en esa fragilidad humana con otra imagen poderosa: “Hoy estamos aquí y mañana ya no / en la noche infinita / un destello de sol / estar vivos es un misterio de ciencia ficción”. En pocas líneas se condensa una verdad incómoda y universal: la fugacidad de la vida. Frente a la noche infinita de la muerte, la existencia aparece como un destello breve, casi inexplicable. Y es precisamente ese misterio —la pregunta por lo que hay más allá, por si ese destello se apaga del todo o continúa de otra forma— el que interpela a todos, creyentes y no creyentes. Nadie es ajeno a esa inquietud.

Con estos ingredientes no han faltado —ni faltarán— las voces críticas que se están preguntando cómo es posible que un grupo de esta categoría y de esta relevancia haga una manifestación pública con expresiones claramente creyentes. Resulta llamativo que algunos se sorprendan y critiquen estas referencias, mientras se tolera sin apenas discusión que haya canciones que recurran al mal gusto, a expresiones malsonantes o incluso a letras degradantes hacia la mujer, todo ello en nombre de la libertad, de la modernidad o de la música actual. A quienes sostienen esa incredulidad se les podría responder, sencillamente, que sí: que la sociedad está cambiando, aunque ellos no lo quieran ver o no lo puedan percibir todavía. Cambia el lenguaje, cambian las inquietudes y cambian también los espacios desde los que se formulan las grandes preguntas.

La propia letra asume esa tensión entre duda y búsqueda cuando afirma: “Todas mis dudas y certezas / caen sobre la humanidad”. Para ellos no hay respuestas fáciles ni dogmatismos cerrados; hay una conciencia compartida de fragilidad, de interrogantes comunes. “Hay más preguntas que respuestas en la aurora boreal”, dice la canción, y esa línea resume bien el espíritu de esta época: una humanidad que pregunta más de lo que afirma, pero que no renuncia a buscar.

Vivimos en una sociedad cansada: cansada de vacíos interiores, de depresiones, de tristezas; cansada de vacíos existenciales que no se llenan con consumo ni con ruido. Ante ese cansancio, la música —como tantas otras manifestaciones culturales y artísticas— actúa como espejo. Refleja lo que el mundo actual pide, incluso cuando no sabe formularlo con precisión. Y lo que pide hoy es sentido. El mundo actual está buscando a Dios; el mundo actual está sediento de Dios.

Sin duda, este año comienza como terminó el anterior, con la fe en lo más alto del debate público y social. Terminó con un éxito mundial del último disco de Rosalía y con una crítica unánime y positiva hacia Los Domingos, una película que refleja con sensibilidad lo que para una chica adolescente puede significar la vocación a una vida religiosa. Y 2026 empieza con un grupo de alcance global diciendo a toda la sociedad, sin complejos: yo creo en Dios. De acuerdo, a su manera, pero cree en Dios.

El mensaje, guste más o menos su envoltorio, parece inequívoco: el mundo está buscando a Dios, el mundo tiene necesidad de Dios, el mundo necesita a Dios en este 2026. Y la música, una vez más, ha puesto palabras —y melodía— a esa búsqueda.


Iglesia Noticias no se hace cargo de las opiniones de sus colaboradores, que no tienen por qué coincidir con su línea editorial.

Comentarios
0
Paula Soler
1 hora hace
La cultura pop siempre ha reflejado las inquietudes de su tiempo, y hoy, la proclamación de fe en una nueva canción de La Oreja de Van Gogh es un indicativo de un cambio profundo en nuestra sociedad. Mientras algunos se aferran a la crítica fácil y el escepticismo, el resurgimiento de preguntas sobre la existencia y la trascendencia nos recuerda que hay ansias humanas que trascienden modas. Esta balada viene a desafiar tanto a quienes reducen la vida a lo material como a quienes ven en la fe un retroceso; al final, todos experimentamos la fragilidad del ser.
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