El debate litúrgico que el consistorio no puede esquivar

El debate litúrgico que el consistorio no puede esquivar

Hay reuniones que, aun celebrándose a puerta cerrada, hacen más ruido del que parece. El consistorio que estos días reúne en Roma al Papa León XIV con los cardenales es una de ellas. No por comunicados oficiales —que siempre llegan limpios, prudentes y algo deshidratados—, sino por lo que se filtra en voz baja: la preocupación por la liturgia y, más en concreto, por la herida abierta en torno a la misa tradicional tras los intentos de arrinconarla durante el pontificado anterior.

No es ningún secreto que aquella ofensiva dejó más división que unidad. Y por eso me permito plantear aquí —directamente a los cardenales allí sentados, porque sé que alguno me lee— una tesis sencilla, casi doméstica, pero profundamente eclesial: si quieren desactivar el conflicto litúrgico, empiecen por cortar los abusos en la misa ordinaria.

Porque el problema no empezó en el latín. Ni siquiera en el misal de 1962. El problema empezó cuando una parte del clero decidió que la liturgia era un espacio de creatividad personal. Cuando la misa dejó de ser la misa de la Iglesia para convertirse en mi misa. Y ahí comenzaron los experimentos, las ocurrencias, las adaptaciones sentimentales, los añadidos pedagógicos y las supresiones caprichosas.

Yo no voy a misa para escuchar lo que se le ocurre a un sacerdote concreto esa mañana. Voy a misa para rezar las oraciones de siempre, las que han sido pensadas, purificadas y custodiadas por la Iglesia, no por la imaginación de turno. Voy porque mi madre, la Iglesia, me ofrece un tesoro común, no porque alguien decida “mejorarlo”.

Dicho esto, resulta especialmente llamativo quiénes han reaccionado ante esta deriva. Son los jóvenes. Justo aquellos a quienes durante años se nos dijo que no soportaban el silencio, la solemnidad ni la forma. Los mismos jóvenes que ahora se arrodillan para comulgar, guardan silencio antes y después de la misa, cuidan el gesto y llenan iglesias donde la liturgia se celebra con respeto. Y, sí, también llenan celebraciones de la misa tradicional.

La paradoja es incómoda: cuanto más joven es el fiel, mayor respeto muestra por la liturgia; cuanto más veterano es cierto clero, más tendencia parece tener a pontificar, improvisar y explicar lo inexplicable. No siempre, pero con suficiente frecuencia como para que el fenómeno sea visible.

No es que los jóvenes sean “tradicionalistas” por nostalgia —no tienen edad para ello—. Es que buscan lo sagrado. Buscan el misterio. Buscan algo que no sea una charla, una asamblea ni una dinámica de grupo. Y cuando no lo encuentran en la liturgia ordinaria, lo buscan donde todavía se manifiesta sin complejos.

Aquí conviene decirlo con claridad: la liturgia del Concilio Vaticano II no es el problema. El problema es su banalización. El problema es haber confundido participación con protagonismo, cercanía con vulgaridad y pastoral con ocurrencia. Una misa bien celebrada, fiel a los textos, sobria en los gestos y consciente de que allí sucede algo que nos supera, no empuja a nadie al rito antiguo. Al contrario: lo hace innecesario.

Porque lo que atrae no es el latín en sí —aunque ayuda—, sino la manifestación del misterio. El hecho de que la liturgia no lo explique todo, no lo traduzca todo, no lo domestique todo. Que deje espacio a Dios. Que recuerde que no estamos en el centro.

El latín, en ese sentido, cumple una función que algunos prefieren ignorar: protege el misterio. No es un capricho estético ni una reliquia ideológica, sino un lenguaje que recuerda que la liturgia no es conversación, sino adoración. Y cuando esa conciencia se pierde en la forma ordinaria, no sorprende que muchos busquen refugio donde aún se conserva.

Por eso, antes de legislar contra una forma litúrgica concreta, convendría legislar contra los abusos. Hacer cumplir lo que ya está escrito. Pedir obediencia a los textos. Recordar que la creatividad personal no es una virtud litúrgica. Y asumir, con humildad, que quizá el problema no estaba donde se señaló durante años.

La unidad no se construye prohibiendo, sino custodiando lo que es común. Y la liturgia, precisamente por ser sagrada, no pertenece a nadie en particular. Es de la Iglesia. O se celebra como tal, o seguirá siendo campo de batalla.

Y el misterio, cuando se le deja hablar, suele pacificar más que cualquier decreto.

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Juan Bravo
Ayer
La historia de la Iglesia está marcada por la tensión entre lo sagrado y lo personal, donde las innovaciones litúrgicas a menudo han producido más distancia que cercanía. Si el desafío actual es recuperar el sentido del misterio y la reverencia en la misa, urge que se legislen y respeten las prácticas tradicionales antes que caer en la tentación de la teatralidad. La búsqueda auténtica de los jóvenes por lo sagrado debe ser una lección para quienes confunden el culto con la creatividad.
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