En una rueda de prensa —de esas que deberían girar en torno a símbolos, ilusión y anuncio— se presenta el logo oficial de la visita de León XIV a España. Todo parece encajar: imagen, mensaje, expectativa. Y, sin embargo, entre los datos ofrecidos, se desliza una idea que pesa más de lo que aparenta.
En estos días, una no deja de escuchar que Torrente presidente “es la de siempre, pero con política”. Lo dicen con esa media sonrisa de quien ya sabe a lo que va. A mí, en cambio, me basta esa frase para decidir que no voy. Y, sobre todo, para inquietarme por otra cosa: la cantidad de católicos que sí irán… sin plantearse siquiera si les conviene.
Una entra en una iglesia y espera encontrar silencio, recogimiento, una lámpara encendida, el rumor de una oración quizá torpe pero sincera. Lo normal. Lo católico. Lo civilizado, incluso. No espera, desde luego, encontrarse con un número de vergüenza ajena servido entre aplausos, capote y contorsión de famoso jubilado, como si el presbiterio fuera una mezcla de plató de sobremesa y verbena con barniz solidario. Pero ya se ve que hay quienes confunden la casa de Dios con un salón de actos al que solo le falta una máquina de humo.
En algún despacho vaticano —papel bien alineado, prosa prudente, misericordia en dosis administradas— alguien ha recordado de pronto que la Iglesia aún sabe escribir frases con sujeto, verbo y doctrina. Y ya era hora.
La escena era de foto oficial, de pasillo enmoquetado, de sonrisas medidas y firmas solemnes para consumo público.
Cayó en mis manos el último número de Vida Nueva y, la verdad, tampoco puedo fingir sorpresa. Una abre la revista con esa mezcla de curiosidad y prevención con la que se mira una cazuela sospechosa en la nevera: quizá esté mejor de lo que parece, pero lo normal es que confirme lo que ya temías. Y sí, las sospechas se confirmaron otra vez. Aviso a navegantes.
Eldiario.es publicó ayer un artículo firmado por Jesús Bastante, redactor jefe de Religión Digital y una de las firmas más veteranas del periodismo religioso en España, con un titular tan rotundo como este: “Los obispos denuncian el ‘bombardeo emocional’ de Hakuna o Emaús que puede acabar en ‘abuso espiritual’”.
Alvise Pérez ha vuelto a hacerlo. El agitador que ha construido su notoriedad a base de acusaciones espectaculares sin demasiada preocupación por las pruebas ha decidido ahora apuntar directamente contra la Iglesia católica.
En la alfombra roja todo brilla. Los focos, las joyas, los trajes imposibles. Y, por lo visto, también el ingenio cuando se trata de hacer un chiste sobre monjas. Porque en la gala de los Goya emitida por RTVE hubo espacio para el rezo convertido en guiño irónico, para el “amén, hermanas” lanzado con esa sonrisa de complicidad que busca la carcajada fácil.
En la estantería principal de una redacción suele descansar, con aire de reliquia, el libro de estilo: ese manual que se cita cuando conviene recordar al público que aquí se trabaja con verificación, contraste y respeto por los hechos. En El País, el compromiso se formula sin ambigüedades: las informaciones relevantes deben confirmarse con varias fuentes independientes, con el listón simbólico de tres como regla prudente.
Recientemente, el obispo de Málaga, José Antonio Satué, ha generado una gran polémica con sus declaraciones sobre la homosexualidad, publicadas en una entrevista con Málaga Hoy. En la misma, afirmó que "ser homosexual no es pecado", lo cual, desde un punto de vista doctrinal, es correcto. La Iglesia siempre ha enseñado que la inclinación homosexual en sí misma no constituye pecado, sino que es la acción, el acto, lo que es moralmente cuestionable.
España ha desarrollado una forma muy cómoda de indignarse: se elige un escenario, se encienden los focos, se adopta el gesto grave y se recita la liturgia reglamentaria. Luego se apaga la iluminación, se pasa página y las víctimas vuelven a quedarse donde estaban: esperando. La conciencia pública, eso sí, queda impecable. En el papel.
Nunca debiste cruzar el Mississippi, Gabi. Te lo advertí y lo desoíste. No es una amenaza —no te pongas paranoico—: es la consecuencia natural de una decisión torpe. Cuando uno se expone, se vuelve vulnerable.
Acaba de publicarse en Religión Digital un artículo firmado por Jesús Bastante que lleva por título Llamados' a 'Despertar': la ultraderecha se cuela en los macroeventos 'católicos. Olé tus perendengues, Bastante, pero creo que hablas de oídas o juegas al teléfono escacharrado.
Ayer, 17 de enero, Vistalegre reunió a más de 6.000 personas —en su mayoría jóvenes— en “El Despertar”, un encuentro articulado con una lógica sencilla y, a la vez, poco frecuente: primero silencio e interioridad, después diálogo público con distintos perfiles y, al final, música y convivencia. No hacía falta compartir cada idea para reconocer lo evidente: allí se juntó gente para escuchar, pensar y debatir, no para corear un eslogan.
Después de leer esta entrevista en Vida Nueva Digital me quedo, de verdad, patidifusa. No porque el cardenal José Cobo diga algo especialmente escandaloso, sino por algo más desconcertante: por la sensación de que, cuando habla, no lo hace como un pastor de almas, sino como alguien que gestiona un repertorio de conceptos. Y lo que vuelve todo esto aún más llamativo es el lugar donde lo hace. No estamos ante una conversación en un medio generalista- No es una entrevista en el periódico laicista El País, donde quizá hasta se aplaudiría un registro más institucional, más de “proceso”, más de equilibrio y encaje. No. Estamos en una publicación religiosa, en un entorno donde lo natural sería que el corazón del asunto respirara por sí solo. Y, sin embargo, ese corazón apenas late.
Me escribe quien firma como “Sergio Gámez” para “agradecer” a los obispos el acuerdo recién firmado con el Gobierno sobre reparación a víctimas de abusos. Agradecer. Porque cuando un sistema se diseña con grietas, el oportunista no se esconde: se presenta, sonríe y aplaude.
Hay reuniones que, aun celebrándose a puerta cerrada, hacen más ruido del que parece. El consistorio que estos días reúne en Roma al Papa León XIV con los cardenales es una de ellas. No por comunicados oficiales —que siempre llegan limpios, prudentes y algo deshidratados—, sino por lo que se filtra en voz baja: la preocupación por la liturgia y, más en concreto, por la herida abierta en torno a la misa tradicional tras los intentos de arrinconarla durante el pontificado anterior.
La Puerta del Sol iluminada, un concierto, jóvenes cantando y, de pronto, la vieja tentación de explicar lo religioso como si fuese una conspiración política. En “Hakuna o el regreso del cristofascismo”, publicado en Religión Digital y firmado por Rafael Narbona el 29 de diciembre de 2025, el autor convierte el concierto de Hakuna en prueba de una supuesta alianza entre religión y poder, encuadra al movimiento en el “integrismo católico”, lo arrastra a categorías ideológicas de fuerte carga histórica, sugiere vínculos de origen con el Opus Dei, lo contrapone a planteamientos sociales atribuidos al pontificado de Francisco y remata con el veredicto: “cristofascismo”.
El arzobispo de Tarragona, Joan Planellas, ha reclamado que la Iglesia “asuma plenamente el marco democrático” y ha insistido en que “debe aceptar y ver que estamos en un país democrático”, evitando a la vez cualquier deriva de “política partidista”. El planteamiento pretende fijar un criterio de prudencia institucional. Sin embargo, la credibilidad de ese mensaje se resiente cuando se acompaña de una enmienda pública al presidente de la Conferencia Episcopal Española.
Cuando se quiere alterar el orden de la realidad, el primer objetivo no suelen ser las leyes ni las costumbres, sino algo más elemental y eficaz: el lenguaje. Las palabras empiezan a desplazarse, a significar otra cosa, a perder precisión. No es un fenómeno espontáneo ni ingenuo. Es una operación calculada. Si se logra que los términos ya no nombren la realidad, la discusión queda desactivada antes incluso de comenzar.
Quién lo diría: un arzobispo menciona la Constitución —¡sí, la intocable, la sacrosanta, la que ellos mismos manosean cuando les conviene!— y el Gobierno entra en modo niño con rabieta. Luis Argüello, presidente de la Conferencia Episcopal Española, osa decir en voz alta lo que murmura medio país entre cafés y rosarios: que esto está bloqueado, que esto no tira, y que a lo mejor, solo a lo mejor, habría que considerar las salidas legales que contempla la Constitución: elecciones, moción de censura, cuestión de confianza. ¡Herejía democrática!
El Premio Lolo de periodismo joven se presenta como un reconocimiento a profesionales comprometidos con los valores cristianos, inspirados en la figura del beato Manuel Lozano Garrido. Lolo fue un comunicador que escribió desde el dolor, pero nunca desde la ambigüedad; desde la fe, pero no desde el acomodo. Por eso resulta legítimo preguntarse qué queda hoy de ese espíritu cuando el galardón se concede a perfiles cuya producción periodística no solo no clarifica la doctrina de la Iglesia, sino que contribuye activamente a diluirla.
Hay lanzamientos políticos que una contempla con la misma mezcla de fastidio y déjà vu que provoca ver a alguien empeñado en encajar dos piezas que jamás fueron hechas para juntarse. La nueva plataforma de Jóvenes Cristianos Socialistas-PSOE es exactamente eso: otro intento, tan torpe como pretencioso, de disfrazar de armonía lo que en esencia es una contradicción flagrante. Y lo irritante no es que pretendan mezclar cristianismo y socialismo moderno —allá cada cual con sus alquimias— sino que pretendan hacerme creer que semejante mezcla es natural, lógica y hasta “esperanzadora” para los jóvenes. A mí, que todavía mantengo dos dedos de frente y un mínimo de memoria.
A veces una piensa que ya lo ha visto todo en este país nuestro, tan dado a los sobresaltos legales y a las invenciones morales. Y de pronto llega Vitoria-Gasteiz, un juzgado, veinte y tantas personas con rosarios en el bolsillo y un fiscal convencido de que ha descubierto una nueva modalidad de delincuencia silenciosa. No es exageración: han sentado en el banquillo a ciudadanos cuyo gran atrevimiento consistió en rezar a la puerta de una clínica. Rezar. Ni empujar, ni increpar, ni levantar pancartas apocalípticas. Rezar en voz baja —alguno, incluso, con ese pudor antiguo que ya casi no se usa— y sostener un cartel que decía: “No estás sola, estamos aquí para ayudarte”. Qué violencia tan insoportable.
